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Ciencia

La luz acaba de romper nuestro mapa de la realidad. Han creado fotones que solo pueden describirse en 37 dimensiones

No es una metáfora ni un truco matemático: estos fotones realmente necesitan 37 “direcciones” distintas para ser explicados. Un experimento acaba de empujar la física cuántica a un territorio tan extraño que incluso los expertos hablan de la punta del iceberg.
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La física cuántica nos ha ido quitando el suelo bajo los pies. Primero fue la idea de que una partícula puede estar en dos lugares a la vez. Luego, que dos partículas separadas por kilómetros pueden comportarse como si fueran una sola. Ahora, la luz acaba de hacer algo nuevo y profundamente desconcertante: existir en 37 dimensiones a la vez.

No, no es ciencia ficción. Y no, no es una metáfora poética. Es un resultado experimental publicado en Science Advances por un equipo internacional que logró crear fotones cuya descripción completa requiere 37 dimensiones independientes.

Mientras nosotros vivimos cómodamente en tres dimensiones espaciales (y una cuarta que es el tiempo), estas partículas de luz se mueven en un espacio matemático tan grande que directamente rompe la intuición.

Qué significa realmente “37 dimensiones”

La luz acaba de romper nuestro mapa de la realidad. Han creado fotones que solo pueden describirse en 37 dimensiones
© Zheng-Hao Liu et al.

Antes de que el cerebro entre en modo pánico: no, no quiere decir que haya 37 dimensiones espaciales escondidas como en las teorías de cuerdas. Lo que significa es que el estado cuántico del fotón vive en un espacio de 37 grados de libertad independientes. Cada uno es una “dirección” distinta en la que puede variar.

Dicho de otra forma: para describir completamente cómo es ese fotón, no alcanza con tres ejes. Necesitas 37.

Es como si una sombra necesitara 37 paredes para proyectarse.

Zheng-Hao Liu, uno de los autores del estudio, lo dijo sin rodeos: “Este experimento muestra que la física cuántica es más no-clásica de lo que muchos de nosotros pensábamos. Podría ser que, cien años después de su descubrimiento, todavía estemos viendo solo la punta del iceberg”.

Y esa frase no es marketing. Es casi una advertencia.

El origen del delirio: una paradoja imposible

Todo esto nace de una vieja pesadilla de la física llamada paradoja de Greenberger-Horne-Zeilinger (GHZ). Apareció en 1989 y es famosa por mostrar que, en el mundo cuántico, las matemáticas pueden llevar a contradicciones lógicas directas. En su forma más extrema, te permite escribir ecuaciones donde 1 = -1.

No es un error. Es una consecuencia real de asumir que las partículas tienen propiedades definidas antes de ser medidas. Spoiler: no las tienen.

Durante décadas, esta paradoja fue una curiosidad teórica. Algo bonito en pizarras. Algo incómodo para filósofos de la ciencia. Hasta que este equipo decidió hacer algo radical: construir la versión más simple y más extrema posible de esa paradoja… usando luz real.

Cómo se fabrica una rareza cuántica

Para lograrlo, los investigadores usaron una idea poco común en física experimental: grafos matemáticos. Básicamente, mapas de relaciones que les permitieron diseñar sistemas cuánticos con el mínimo número de “contextos” posibles.

En cuántica, un contexto es el conjunto de propiedades que se miden juntas. Cuantos menos contextos necesitas para que aparezca una paradoja, más brutal es la violación de la intuición clásica.

Con ese diseño, alimentaron un procesador fotónico especializado con luz coherente (misma longitud de onda, misma fase) y manipularon los fotones resultantes para que reprodujeran exactamente las probabilidades imposibles predichas por la paradoja GHZ… pero ahora en 37 dimensiones.

El resultado, según Liu, fue literalmente: “los efectos más no-clásicos en el mundo cuántico jamás creados”. No es una frase ligera. En cuántica, “no-clásico” es sinónimo de “esto no debería pasar en ningún universo razonable”.

Por qué esto es tan raro (incluso para la cuántica)

La luz acaba de romper nuestro mapa de la realidad. Han creado fotones que solo pueden describirse en 37 dimensiones
© Gizmodo.

En la física clásica, las cosas tienen propiedades. Una pelota está aquí, se mueve así, pesa esto. Tu miras y listo. En el mundo cuántico, las propiedades no existen hasta que las medís. Antes de eso, solo hay probabilidades. Superposiciones. Posibilidades abiertas.

Es como si la realidad estuviera en borrador.

Este experimento lleva esa idea al extremo: un fotón que no solo está en varios estados, sino que necesita 37 dimensiones para describir todas sus posibilidades a la vez. Es una cantidad de información que no entra en ninguna intuición cotidiana. Einstein llamaba a estas cosas “acción fantasmal a distancia”. Hoy podríamos llamarlas directamente “acción incomprensible a escala humana”.

La parte que entusiasma a los ingenieros (y a las empresas)

Hasta acá suena a delirio académico. Pero hay una razón muy concreta por la que esto importa: computación cuántica. En términos simples, cuanto más “extraño” es un sistema cuántico, más potente puede ser. Más estados. Más combinaciones. Más operaciones simultáneas.

Un sistema de alta dimensionalidad puede, en teoría, procesar información de formas imposibles para un ordenador clásico. Resolver problemas que hoy llevarían millones de años en segundos. Optimizar rutas, simular moléculas, romper cifrados.

Este tipo de fotones podría ser materia prima para ventajas cuánticas mucho más fuertes que las actuales. Los propios autores lo dicen sin disimulo: esperan que estos hallazgos se usen para construir sistemas cuánticos con capacidades aún más extremas.

La sensación inquietante: no entendemos ni lo básico

Hay algo casi incómodo en todo esto. No es solo que hayamos creado un fotón raro. Es que la física cuántica sigue sorprendiendo un siglo después. Cada vez que creemos tener el mapa, aparece un territorio nuevo. Cada vez que creemos entender la regla, aparece una excepción.

37 dimensiones no estaban en ningún manual escolar. Ni en ningún documental de Netflix. Ni en la imaginación popular. Y, sin embargo, ahí están.

La luz ya no es solo luz

La luz acaba de romper nuestro mapa de la realidad. Han creado fotones que solo pueden describirse en 37 dimensiones
© Zheng-Hao Liu et al.

Durante siglos, la luz fue una cosa simple: algo que ilumina, calienta, se refleja. Luego fue onda. Luego partícula. Luego ambas. Ahora, además, es un objeto que vive en espacios matemáticos de 37 dimensiones.

No al mismo tiempo que ilumina tu habitación, claro. Pero sí en el laboratorio, bajo condiciones controladas, empujando los límites de lo que creemos posible.

La luz ya no es solo luz. Es una puerta.

La frase que queda flotando

Zheng-Hao Liu cerró el estudio con una idea que, leída con calma, da un poco de vértigo: “Podría ser que, cien años después de su descubrimiento, todavía estemos viendo solo la punta del iceberg”.

Traducido: si esto es la punta… no queremos saber qué hay debajo.

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