El cerebro humano tiene una capacidad sorprendente que durante mucho tiempo se creyó imposible: puede generar nuevas neuronas incluso en la edad adulta. Este proceso, conocido como neurogénesis, ocurre principalmente en el Hippocampus, una región clave para la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional. La pregunta que ha ocupado a muchos investigadores en las últimas décadas no ha sido si esta “fábrica neuronal” existe, sino qué factores pueden activarla o potenciarla. Y una de las respuestas más claras que ha encontrado la neurociencia es también una de las más simples: mover el cuerpo.
El ejercicio físico, especialmente el aeróbico moderado, desencadena una cascada de procesos biológicos que transforman literalmente el entorno químico del cerebro. Cuando una persona corre, pedalea o camina a buen ritmo, el organismo incrementa la liberación de moléculas como el BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro) y el VEGF (factor de crecimiento endotelial vascular).
Estas proteínas actúan como una especie de fertilizante neuronal: estimulan la plasticidad sináptica, favorecen la supervivencia de nuevas neuronas y promueven la formación de vasos sanguíneos que nutren el tejido cerebral. En conjunto, crean el escenario perfecto para que el hipocampo amplíe sus circuitos neuronales.
El cerebro cambia físicamente cuando nos movemos

La relación entre ejercicio y cerebro no es solo una hipótesis bioquímica. Estudios realizados con resonancia magnética funcional han mostrado cambios estructurales reales en personas que mantienen actividad física regular. Uno de los hallazgos más consistentes es el aumento del volumen del hipocampo, acompañado de mejoras en la memoria espacial, la capacidad de aprendizaje y la velocidad de procesamiento cognitivo. Estos efectos resultan especialmente relevantes con el paso de los años, cuando el declive cognitivo comienza a hacerse más evidente.
De hecho, diversos trabajos sugieren que mantener una rutina de ejercicio aeróbico puede convertirse en una estrategia preventiva frente a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer’s disease. Al estimular la neurogénesis y mejorar la vascularización cerebral, la actividad física contribuye a preservar las redes neuronales que sostienen la memoria y otras funciones cognitivas complejas.
Un impacto que también se nota en el estado de ánimo
El efecto del ejercicio sobre el cerebro no se limita a la memoria o al aprendizaje. Los circuitos neuronales relacionados con el estado de ánimo también responden a la actividad física. Diversos estudios clínicos han mostrado que el ejercicio regular puede reducir los síntomas de ansiedad y depresión, en algunos casos con resultados comparables a los de ciertos tratamientos farmacológicos.
Parte de este efecto se explica por la liberación de neurotransmisores asociados al bienestar, como la serotonina o la dopamina, pero también por el propio proceso de neurogénesis, que refuerza la plasticidad de las redes cerebrales implicadas en la regulación emocional.
Ni demasiado poco ni demasiado extremo

El hecho de que el ejercicio actúe como motor de la neurogénesis no significa que cualquier tipo de entrenamiento produzca los mismos resultados. El sedentarismo prolongado tiene efectos negativos claros sobre el cerebro, pero el extremo contrario tampoco resulta ideal. Entrenamientos excesivamente intensos, sin periodos adecuados de recuperación, elevan los niveles de estrés fisiológico y pueden neutralizar parte de los beneficios neurobiológicos.
La evidencia científica apunta a un punto intermedio bastante claro: alrededor de 45 a 60 minutos diarios de actividad aeróbica moderada parecen suficientes para activar de forma eficaz los mecanismos que favorecen la creación de nuevas neuronas.
Un beneficio que podría transmitirse a la siguiente generación

Una de las líneas más sorprendentes de esta investigación tiene que ver con la epigenética, el conjunto de procesos que regulan cómo se activan o silencian ciertos genes. Experimentos publicados en PNAS mostraron que el ejercicio realizado por los padres puede influir en la biología de sus descendientes.
En esos estudios, la actividad física paterna aumentaba la neurogénesis y la actividad mitocondrial en las crías, incluso cuando estas llevaban una vida sedentaria. Investigaciones posteriores sugieren que estos efectos podrían mantenerse durante varias generaciones, lo que abre una perspectiva fascinante sobre cómo los hábitos de una generación pueden influir en la siguiente.
Un cerebro diseñado para moverse
La conclusión que emerge de todo este campo de investigación es bastante clara: el cerebro humano parece haber evolucionado para funcionar mejor en movimiento. La actividad física no solo mejora la salud cardiovascular o muscular, sino que también modifica la biología del sistema nervioso y estimula su capacidad de regeneración.
Cada paso, cada carrera o cada paseo rápido activa mecanismos moleculares que favorecen la plasticidad cerebral y la creación de nuevas neuronas. En otras palabras, el ejercicio no es únicamente una herramienta para mantener el cuerpo en forma. También es uno de los motores más eficaces que conocemos para mantener el cerebro vivo, adaptable y capaz de seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida.