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Ciencia

La Sábana Santa acaba de revelar el archivo biológico que acumuló durante siglos. El ADN no demuestra que envolviera a Jesús, pero sí delata manos humanas, microbios, cultivos modernos y antiguas reparaciones

Un nuevo estudio reconstruyó la mezcla de material genético conservada en muestras recogidas en 1978. El resultado no resuelve la autenticidad del lienzo, aunque muestra hasta qué punto las exposiciones, los traslados y las restauraciones alteraron su superficie.
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La Sábana Santa de Turín ha sido observada con microscopios, fotografiada con distintas longitudes de onda, sometida a análisis químicos y fechada mediante radiocarbono. Ahora, un grupo internacional de investigadores ha decidido tratarla de una forma completamente diferente: no como una imagen religiosa que debe ser autenticada, sino como una superficie que lleva siglos acumulando rastros de todo aquello que la rodeó.

El estudio, publicado en Scientific Reports, analizó ADN conservado en muestras oficiales recogidas durante el examen de 1978. Los científicos encontraron material genético humano, microorganismos asociados con la piel, hongos, plantas cultivadas y animales domésticos. Sin embargo, la mezcla es tan amplia y está tan contaminada que no permite identificar al supuesto individuo que estuvo originalmente en contacto con el tejido (ni establecer cuándo ocurrió).

La principal conclusión, por tanto, no es que el ADN haya resuelto el misterio. Es casi la contraria: después de siglos de manipulación, exhibiciones y restauraciones, cada nueva huella se superpuso a las anteriores hasta convertir el lienzo en un archivo biológico extremadamente difícil de ordenar.

El ADN más abundante conducía a una persona, pero no era quien muchos esperaban

La Sábana Santa acaba de revelar el archivo biológico que acumuló durante siglos. El ADN no demuestra que envolviera a Jesús, pero sí delata manos humanas, microbios, cultivos modernos y antiguas reparaciones
© Shutterstock / Paolo Gallo.

Los investigadores no tomaron muestras nuevas directamente de la Sábana. Utilizaron filamentos de lino, partículas aspiradas y un pequeño fragmento conservados desde la campaña científica realizada durante la noche del 8 al 9 de octubre de 1978 por el médico Pierluigi Baima Bollone. El material fue procesado en salas limpias mediante secuenciación metagenómica de nueva generación, sin la amplificación PCR empleada en investigaciones anteriores.

Entre las secuencias humanas apareció de manera predominante el linaje mitocondrial K1a1b1a, presente en poblaciones judías asquenazíes. Tomado de manera aislada, el dato podría alimentar interpretaciones extraordinarias. El análisis del genoma completo reveló, no obstante, una explicación mucho más cercana: coincidía con el propio Baima Bollone, responsable de recoger las muestras en 1978.

También se identificaron variantes relacionadas con los linajes H1b, habitual en Eurasia occidental, y H33, poco frecuente pero presente en poblaciones de Oriente Próximo, especialmente entre los drusos. El problema es que esas señales no pueden fecharse ni vincularse con una persona concreta. Podrían proceder de cualquiera de las numerosas personas que tocaron el tejido, participaron en ceremonias religiosas, lo trasladaron o trabajaron en su conservación.

El propio estudio concluye que la coexistencia de múltiples variantes hace prácticamente imposible aislar un supuesto “ADN original”. Además, la presencia de queratinas y proteínas de la piel revela que parte del material fue recogido con precauciones muy inferiores a las utilizadas actualmente para trabajar con ADN antiguo.

La Sábana funciona como un ecosistema donde quedaron atrapados siglos de contaminación

La Sábana Santa acaba de revelar el archivo biológico que acumuló durante siglos. El ADN no demuestra que envolviera a Jesús, pero sí delata manos humanas, microbios, cultivos modernos y antiguas reparaciones
© Shutterstock / Paolo Gallo.

El mapa biológico no termina en el ADN humano. Los investigadores reconstruyeron una comunidad de bacterias asociadas con la piel, entre ellas especies de Cutibacterium, Staphylococcus y Corynebacterium. También encontraron el hongo Malassezia restricta, habitual en la piel y el cuero cabelludo, junto con mohos del género Aspergillus.

Aparecieron además microorganismos capaces de vivir en ambientes secos o con mucha sal. Los autores plantean que podrían estar relacionados con antiguos procesos de fabricación del lino, condiciones de almacenamiento o exposiciones ambientales posteriores. Sin embargo, esos organismos tampoco funcionan como un sello geográfico: su presencia no demuestra por sí sola que la tela permaneciera en un lugar concreto.

El listado de plantas y animales es todavía más desconcertante. Se detectó ADN atribuido a trigo, zanahoria, maíz, tomate, patata, pimiento, cacahuete, plátano y naranja, además de vacas, cerdos, gallinas, gatos y perros. También destacó la presencia de coral rojo mediterráneo.

Algunas de esas especies llegaron a Europa después de la Edad Media. El maíz, el tomate, la patata y el cacahuete, por ejemplo, proceden de América, por lo que sus rastros solo pudieron depositarse después de los viajes transatlánticos. La zanahoria identificada se parecía más a variedades europeas desarrolladas entre los siglos XV y XVI que a formas antiguas. Lejos de demostrar un recorrido de 2.000 años, estos datos documentan contaminaciones relativamente recientes.

Dos hilos sí pudieron fecharse, pero no pertenecían al tejido original

El equipo también aplicó radiocarbono a dos hilos encontrados dentro del relicario. El primero fue fechado entre 1451 y 1622, un intervalo compatible con las reparaciones realizadas en 1534 tras el incendio de Chambéry de 1532. El segundo arrojó una fecha comprendida entre 1642 y 1800, coherente con nuevos trabajos de estabilización efectuados alrededor de 1694.

Esas fechas no sustituyen la datación realizada en 1988 sobre el propio lino, que situó su fabricación entre 1260 y 1390. Los dos hilos procedían del relicario y probablemente formaban parte de remiendos o materiales añadidos durante las restauraciones; por ello, no sirven para determinar cuándo fue tejida la Sábana original.

La metagenómica tampoco puede resolver esa cuestión. Los autores reconocen que el ADN representa una superposición acumulativa de contactos y contaminaciones, sin una estratigrafía que permita ordenar cada rastro cronológicamente. Una secuencia procedente de Oriente Próximo podría llevar siglos en el tejido o haber llegado mediante una persona moderna: el análisis no puede distinguirlo.

El nuevo estudio no demuestra que la Sábana sea auténtica, pero tampoco fue diseñado para responder a esa pregunta. Su aportación es más terrenal y quizá igualmente fascinante: mostrar que un objeto venerado, trasladado y tocado durante generaciones termina conservando no una única historia, sino miles de pequeñas historias biológicas mezcladas entre sus fibras.

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