Durante seis horas, un barco navegó en círculos por el golfo de Maine mientras detrás de él aparecía una enorme mancha de agua roja. La escena parecía la de un vertido químico fuera de control. En realidad, estaba ocurriendo exactamente lo contrario: cada litro había sido calculado, el experimento había pasado más de un año bajo revisión regulatoria y varios barcos, robots submarinos y sensores estaban siguiendo prácticamente cada movimiento de aquella nube.
El 13 de agosto de 2025, investigadores de la Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI) liberaron en la cuenca de Wilkinson unos 16.500 galones (aproximadamente 62.500 litros) de una solución de hidróxido de sodio al 50%, más conocido como sosa cáustica. Fue el primer ensayo de aumento de alcalinidad oceánica en aguas abiertas estadounidenses realizado con un permiso específico de la EPA.
Y había una razón para utilizar una sustancia tan agresiva en tierra: los científicos querían comprobar si hacer el océano ligeramente más alcalino podía aumentar su capacidad natural para retirar CO₂ de la atmósfera.
La sosa cáustica no puso rojo el océano: los científicos lo hicieron a propósito

La imagen más espectacular del experimento también es la más fácil de malinterpretar. El hidróxido de sodio utilizado por WHOI es incoloro. El rojo procedía de rodamina, un colorante trazador añadido para que los científicos pudieran saber exactamente dónde estaba el agua modificada a medida que las corrientes la mezclaban con el Atlántico.
La mancha llegó a alcanzar aproximadamente 800 metros de diámetro durante el vertido. Detrás navegaba el R/V Connecticut, midiendo continuamente alcalinidad, pH, CO₂ y concentración del colorante, mientras cuatro vehículos submarinos autónomos, planeadores, boyas y satélites ayudaban a seguir el experimento.
La química detrás de todo esto parte de un problema conocido. El océano ya absorbe grandes cantidades del dióxido de carbono emitido por los humanos. Cuando ese CO₂ se disuelve, modifica el equilibrio químico del agua y contribuye a su acidificación.
Añadir alcalinidad cambia ese equilibrio. En teoría, permite convertir una mayor cantidad del carbono disuelto en formas químicas estables como bicarbonato y carbonato, reduciendo la presión parcial de CO₂ del agua. El océano puede entonces absorber CO₂ adicional del aire para recuperar el equilibrio. WHOI denomina a la técnica Ocean Alkalinity Enhancement o OAE.
Cinco días después, la mancha había desaparecido. Lo interesante es lo que ocurrió con el carbono

Los primeros resultados se presentaron en febrero de 2026 y son prometedores, aunque todavía preliminares. WHOI confirmó que el pH y la concentración del trazador regresaron a sus niveles de fondo dentro del periodo previsto, mientras que las mediciones mostraron que el área tratada había creado las condiciones necesarias para aumentar la absorción de carbono atmosférico. El equipo continúa trabajando en la cuantificación precisa y prepara una publicación revisada por pares.
También había una pregunta más delicada: ¿qué le hizo semejante alteración química a los organismos que estaban viviendo allí?
Durante los días monitorizados, los investigadores no detectaron diferencias estadísticamente significativas entre el interior y el exterior de la mancha en concentraciones de bacterias y fitoplancton, salud fotosintética, zooplancton ni abundancia de larvas de peces y langostas. Eso no demuestra que aplicar esta técnica a una escala gigantesca sea inocuo: WHOI señala expresamente que los efectos dependen de la concentración y del tiempo de exposición, y que todavía faltan estudios sobre ecosistemas y pesquerías.

La propia EPA había reducido antes del experimento el volumen permitido en un 75%, desde los 66.000 galones inicialmente contemplados hasta 16.500, después de nuevas simulaciones, revisiones técnicas y periodos de comentarios públicos. Y ese es quizá el punto más interesante del experimento. Nadie está proponiendo simplemente llenar el océano de sosa cáustica: WHOI incluso advierte que no respalda este compuesto concreto como solución comercial a gran escala.
Lo que aquella enorme cicatriz roja intentaba responder era algo mucho más básico. Sabemos que el océano puede tragarse parte de nuestro CO₂. La pregunta ahora es hasta dónde podemos empujar esa capacidad sin alterar el mismo ecosistema que queremos proteger.