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Ciencia

La Tierra esconde dos “burbujas” a 3.000 kilómetros de profundidad. No las vemos, pero podrían explicar por qué nuestro campo magnético es tan estable

La combinación de datos sísmicos, paleomagnetismo y modelos por supercomputador revela el papel inesperado del manto profundo en la dinámica del escudo magnético terrestre.
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Sabemos más sobre la superficie de Marte que sobre lo que ocurre a miles de kilómetros bajo nuestros pies. El interior de la Tierra sigue siendo, en gran parte, un territorio inferido por ondas sísmicas, modelos físicos y mucha paciencia científica. Pero ese mundo invisible es el que mantiene en marcha uno de los mecanismos más importantes para la vida en la superficie: el campo magnético.

Ahora, nuevas investigaciones apuntan a que su estabilidad no depende únicamente del núcleo líquido, sino también de dos enormes estructuras calientes escondidas en el manto profundo.

Dos anomalías gigantes bajo África y el Pacífico

El campo magnético de la Tierra no depende solo del núcleo. Dos gigantescas estructuras ocultas bajo el manto llevan millones de años influyendo en él
© ESA/AOES Medialab.

Las ondas sísmicas que atraviesan el manto terrestre revelan zonas donde viajan más despacio. Es una pista indirecta de que allí la roca es distinta: más caliente, de composición diferente o ambas cosas a la vez. Dos de estas regiones destacan por su tamaño colosal y su ubicación cercana al ecuador, bajo África y el océano Pacífico.

No son cavidades ni “bolsas” de material fundido, sino volúmenes de roca sólida con propiedades anómalas respecto al manto circundante. Por su escala, estas estructuras llevan millones de años allí, evolucionando lentamente, al ritmo casi inmóvil de la dinámica del manto.

El vínculo inesperado con el campo magnético

El campo magnético terrestre nace en el núcleo externo, donde el hierro líquido en movimiento genera una especie de dinamo planetaria. Para que ese sistema funcione de forma sostenida, el calor debe fluir desde el núcleo hacia el manto. Es esa pérdida de energía la que mantiene en marcha los movimientos del metal fundido.

Aquí es donde entran en juego las regiones calientes del manto, según lo publicado en Nature. Si en determinados puntos el manto absorbe menos calor del núcleo, el flujo térmico se vuelve irregular. Eso significa que algunas zonas del núcleo se enfrían y se agitan menos, mientras que otras siguen alimentando la dinamo con mayor intensidad. El resultado es un campo magnético con “personalidad”: no completamente uniforme, sino con patrones que varían según la longitud del planeta.

Las rocas como archivo del magnetismo antiguo

El campo magnético de la Tierra no depende solo del núcleo. Dos gigantescas estructuras ocultas bajo el manto llevan millones de años influyendo en él
© Nature.

Una de las formas de comprobar este efecto es mirar al pasado geológico. Cuando las rocas ígneas se enfrían en la superficie, quedan “imantadas” según la orientación del campo magnético en ese momento. Analizando rocas de cientos de millones de años, los investigadores detectan que la estructura del campo no era idéntica en todas las longitudes, especialmente en latitudes bajas.

Esa huella coincide sorprendentemente bien con lo que se obtiene en simulaciones por ordenador cuando se introduce un patrón desigual de flujo de calor desde el núcleo hacia el manto, con regiones que actúan como “aislantes térmicos”.

Un efecto estabilizador a escala planetaria

Las simulaciones sugieren algo más: estas regiones calientes del manto podrían contribuir a que el campo magnético de la Tierra sea más estable a largo plazo. Al limitar el enfriamiento del metal líquido en ciertas zonas del núcleo, se crean regiones menos activas en la generación de campo magnético. Es como si partes del núcleo quedaran “apagadas”, amortiguando los cambios bruscos del sistema global.

Eso podría explicar por qué, pese a las inversiones de polos y a periodos de mayor debilidad magnética, la Tierra ha mantenido durante miles de millones de años un campo suficientemente fuerte como para proteger su atmósfera del viento solar. En otras palabras: esas estructuras profundas podrían haber jugado un papel silencioso en la habitabilidad del planeta.

Un recordatorio de lo poco que conocemos nuestro propio interior

La idea de que el manto profundo influye directamente en el escudo magnético terrestre cambia la forma en que entendemos la dinámica interna del planeta. Ya no es solo una cuestión de núcleo activo y manto pasivo, sino un sistema acoplado donde el intercambio de calor, la composición de las rocas y la lenta circulación del interior condicionan algo tan “visible” como el campo magnético que guía nuestras brújulas.

Aún queda mucho por descubrir sobre estas enormes estructuras ocultas. Pero si su papel en la estabilidad del campo magnético se confirma, habrá que sumarles un mérito inesperado: llevar millones de años contribuyendo, desde las profundidades, a que la Tierra siga siendo un planeta habitable.

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