Durante años, Venus fue visto como el gemelo hostil de la Tierra: mismo tamaño, misma densidad, misma cercanía al Sol… pero una superficie tan ardiente y aplastante que pulveriza cualquier sonda en cuestión de horas. Y, sin embargo, bajo su infernal atmósfera, el planeta más brillante del cielo nocturno guarda un enigma que ni siquiera el radar pudo resolver del todo: sus coronas, unas estructuras gigantes con forma de anillo que cubren buena parte de su superficie y que no se parecen a nada conocido en el resto del Sistema Solar.
Hoy, un nuevo estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) ha dado un paso crucial hacia su explicación. El secreto podría estar en una capa oculta del manto venusiano, una especie de “techo de cristal” que retiene el calor como un domo subterráneo, deformando lentamente la corteza y creando estas formaciones circulares.
Un misterio geológico en el planeta sin placas

En la Tierra, los volcanes, las cordilleras y los océanos se explican gracias a un sistema dinámico de placas tectónicas que se desplazan sobre un manto semilíquido. Pero Venus no tiene esa suerte: su corteza es continua, rígida y sin fracturas globales. Por eso, los científicos se han preguntado durante décadas cómo pueden formarse allí estructuras tan grandes y simétricas.
Las coronas de Venus, detectadas por primera vez en los años 80 con los radares de las sondas Magellan, pueden alcanzar más de mil kilómetros de diámetro. Algunas parecen cicatrices circulares, otras, flores de piedra. Pero lo que las une es su forma: una elevación central rodeada de un anillo hundido, como si el planeta hubiera inhalado y exhalado a la vez.
La nueva investigación, liderada por Madeleine Kerr, del Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de San Diego, propone un modelo que revoluciona la idea de cómo “respira” Venus. Según el equipo, el calor ascendente del manto no consigue atravesar la corteza, sino que queda atrapado bajo una capa rígida que se comporta como un vidrio volcánico colosal. Con el tiempo, esta presión acumulada empuja la superficie hacia arriba y luego colapsa, formando los característicos anillos.
Why Venus? Scientists believe that Venus once resembled Earth and may have even been habitable, but now it's unbearably hot and covered in clouds of sulfuric acid. What happened? DAVINCI+ and VERITAS aim to find out.
📷: @NASAGoddard Conceptual Image Lab pic.twitter.com/NwCOM0XSGZ
— NASA Solar System (@NASASolarSystem) June 2, 2021
Un planeta que se ahoga en su propio calor
Venus es, literalmente, un horno. Su superficie supera los 460 °C y su presión atmosférica es más de 90 veces la de la Tierra. Bajo esas condiciones, el calor no se libera fácilmente. Kerr y su equipo creen que esa retención térmica genera ciclos lentos de ascenso y descenso del material del manto, creando deformaciones que, vistas desde el espacio, parecen coronas.
Este mecanismo no solo explicaría su morfología, sino también por qué existen distintos tipos de coronas: las más grandes se originarían en corrientes profundas del manto, mientras que las más pequeñas surgirían de burbujas locales de calor. El proceso, según los científicos, puede durar millones de años, una escala temporal que convierte a Venus en un laboratorio natural para estudiar cómo podría terminar la Tierra si sus placas tectónicas dejaran de moverse algún día.
700 coronas y una historia de evolución planetaria

Hasta el momento, se han cartografiado más de 700 coronas en Venus. Ninguna es idéntica a otra. Algunas son tan vastas que podrían albergar todo un país; otras parecen encadenarse como si fueran cicatrices conectadas.
“Comprender cómo se formaron no solo nos habla de Venus, sino de la evolución térmica de los planetas rocosos”, explica Kerr. La idea del “techo de cristal” podría ser una pieza faltante en el rompecabezas de la geología planetaria: una alternativa a las placas tectónicas, capaz de modelar un mundo entero sin fracturarlo.
El hallazgo también sugiere que Venus no está tan muerto geológicamente como se pensaba. A diferencia de Marte, donde los volcanes llevan dormidos millones de años, Venus podría seguir en movimiento, liberando energía a través de estos lentos pulsos del manto.
Un espejo ardiente de la Tierra
Si los científicos tienen razón, las coronas de Venus no son simples reliquias del pasado, sino la manifestación de un planeta que aún late bajo la superficie. Un mundo que, sin tectónica pero con un corazón en ebullición, se deforma, se repara y se transforma, respirando a través del calor.
Y, en ese espejo volcánico que flota a 40 millones de kilómetros, quizá podamos leer una advertencia: la Tierra también podría volverse así, si algún día deja de liberar su energía interior y se sella bajo su propio peso.
Venus, el gemelo que se quemó, sigue enseñándonos —desde su infierno silencioso— hasta dónde puede llegar la vida geológica de un planeta antes de romperse.