Cada fin de año ocurren dos cosas inevitables: miramos atrás para ordenar el pasado reciente y la arqueología nos recuerda que el pasado remoto sigue cambiando bajo nuestros pies. Historia National Geographic eligió su descubrimiento del año, y el ganador no proviene ni de Egipto ni de los Andes —dos pilares habituales del imaginario arqueológico—, sino de un rincón del sudeste asiático que acaba de demostrar que su historia funeraria es muchísimo más antigua de lo que creíamos.
Un giro inesperado en la cronología de la momificación

Durante más de un siglo, los manuales situaron los orígenes más antiguos de la momificación en dos grandes tradiciones: las prácticas egipcias de hace 4.500 años y las momias de Chinchorro, en Chile, fechadas en torno a los 7.000 años. Ese binomio, África–América, parecía sólido y prácticamente incuestionable.
Todo cambió en septiembre de 2025, cuando un equipo de la Australian National University anunció un hallazgo que alteró ese mapa histórico. En once yacimientos del sudeste asiático, los investigadores identificaron restos humanos conservados mediante un proceso de deshidratación por humo, una técnica que, según su análisis, podría remontarse a más de 12.000 años.
El descubrimiento no solo amplía la cronología: la duplica. Y al hacerlo, desafía la geografía histórica tradicional, obligando a mirar hacia una región que rara vez se colocaba en el centro de la discusión arqueológica global.
El porqué de su impacto: descentralizar la historia
Una de las razones por las que este hallazgo se lleva el reconocimiento de Historia National Geographic es su capacidad para desplazar el foco. Durante décadas, la narrativa arqueológica predominante ha estado anclada en el Mediterráneo, el Valle del Nilo o los Andes —regiones con enorme peso histórico pero también con mayor visibilidad mediática y académica.
Las momias de 12.000 años del sudeste asiático fuerzan a reconsiderar esa mirada. Sugieren que las prácticas funerarias avanzadas no surgieron únicamente en los centros civilizatorios “clásicos”, sino también en comunidades que habitaron bosques tropicales, cuevas húmedas y entornos difíciles de preservar.
Esa reestructuración del mapa mental no es menor: implica reconocer que la creatividad humana, incluso en rituales vinculados a la muerte, es más diversa, más antigua y más distribuida de lo que asumíamos.
Un año arqueológico excepcional… y un vencedor claro

La elección no fue sencilla. En 2025, la arqueología ofreció descubrimientos que podrían haber sido titulares del año por sí solos:
- un monumento maya que reveló un mapa del cosmos de hace 3.000 años;
- un barco medieval de enormes dimensiones encontrado durante obras urbanas en Barcelona;
- un fresco en Pompeya que apunta a un culto desconocido.
Todos fueron finalistas. Pero ninguno alteró un marco teórico tan profundo como el hallazgo asiático.
Lo que distingue a estas momias es su capacidad de reorganizar el relato histórico. El hallazgo obliga a revisar libros, ajustar cronologías, cuestionar teorías y recordar algo esencial: la ciencia avanza precisamente cuando se enfrenta a lo inesperado.
Reescribir el origen de la momificación
Quizá el aspecto más transformador de este descubrimiento sea la forma en que obliga a repensar la evolución cultural humana. Durante décadas se asumió que la momificación era una innovación relativamente tardía y geográficamente localizada. Ahora sabemos que no fue así.
Al duplicar la antigüedad de estas prácticas y situarlas en un entorno inesperado, la arqueología debe preguntarse de nuevo cómo, cuándo y por qué surgió la idea de preservar a los muertos. ¿Fue una invención aislada? ¿Una tradición transmitida entre grupos? ¿O una respuesta universal a necesidades simbólicas compartidas?
Lo que está claro es que la historia de la momificación es más larga, más compleja y más global de lo que creíamos.