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Ciencia

Las personas que hablan poco suelen ser malinterpretadas: su silencio puede revelar una cualidad subestimada

En una conversación, las palabras suelen llevarse toda la atención. Sin embargo, ciertos silencios pueden revelar una forma de relacionarse que merece una mirada distinta y que a menudo interpretamos mal.
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Al terminar la jornada, un compañero te pregunta qué harás el fin de semana. Empiezas a contarle que visitarás un mercado de segunda mano o que aprovecharás para tomar un café al aire libre. Pero, antes de que termines, te interrumpe: él tiene una cena con un chef reconocido en un castillo privado, seguida de una visita exclusiva a su bodega.

La pregunta parecía una invitación a conversar. En realidad, era el comienzo de una historia que tu interlocutor estaba esperando contar sobre sí mismo. Tu respuesta apenas tuvo espacio.

Escenas como esta ayudan a entender por qué hablar mucho no siempre equivale a comunicarse mejor. También invitan a revisar una asociación habitual: pensar que alguien que interviene poco necesariamente es tímido o carece de confianza.

El silencio puede tener distintos significados. En algunas personas, refleja una disposición a observar, procesar lo que escuchan y elegir cuándo aportar algo. Para comprender esa cualidad, primero conviene mirar qué sucede cuando una conversación gira constantemente alrededor de quien habla.

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© Gizmodo.com

La pregunta que parece interesarse por ti, pero termina hablando de otro

Este comportamiento tiene un nombre: boomerasking. El término combina las palabras inglesas boomerang y asking, y describe una pregunta que termina regresando hacia quien la formuló. Su objetivo es abrir una oportunidad para contar una experiencia propia, muchas veces con la intención de destacar.

La psicóloga Alison Wood Brooks, de la Universidad de Harvard, ha estudiado y dado visibilidad a este mecanismo. Lo interesante es que no siempre aparece como una interrupción evidente. Puede comenzar con una muestra de interés aparentemente sincera, aunque después la respuesta del otro quede relegada.

Según la explicación recogida por especialistas, existen tres variantes. Una busca presumir mediante anécdotas o experiencias que proyectan una imagen favorable. Otra sirve para introducir una queja y hablar de una situación desagradable. La tercera permite compartir información más neutral sobre la vida cotidiana.

El patrón es similar: alguien pregunta, escucha lo necesario para enlazar su relato y convierte su propia experiencia en el centro del intercambio.

Eso no significa que contar algo personal sea un problema. Compartir vivencias forma parte de cualquier relación. La diferencia está en el espacio que dejamos para los demás y en si nuestra curiosidad se mantiene después de recibir una respuesta.

Por qué nos resulta tan fácil llevar la conversación hacia nosotros mismos

Hablar de lo que sentimos, pensamos o vivimos suele resultar agradable. Por eso, una conversación puede desplazarse hacia nuestra propia experiencia casi sin que lo advirtamos.

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© Unsplash / Andrej Lišakov.

El Wall Street Journal recoge estimaciones según las cuales entre el 40 % y el 60 % de lo que decimos en una conversación se relaciona con nuestros sentimientos, opiniones y experiencias personales. En las redes sociales, esa proporción podría alcanzar el 80 %.

Estas cifras ayudan a contextualizar el boomerasking: la inclinación a hablar de uno mismo no es excepcional. Lo que cambia es cómo se gestiona y cuánto margen queda para escuchar.

En ese escenario, las personas discretas pueden parecer menos participativas simplemente porque no intentan ocupar cada pausa. Sin embargo, intervenir con menor frecuencia no permite concluir, por sí solo, que exista inseguridad.

A veces, esa reserva responde a una atención más cuidadosa. La persona escucha, observa y organiza su respuesta antes de expresarla. Su aportación tarda un poco más en llegar, pero puede ser más precisa.

La cualidad que suele pasar inadvertida es precisamente esa capacidad de escucha. No se mide por la cantidad de palabras pronunciadas, sino por la atención que recibe lo que el otro está diciendo.

El silencio también puede hacer que una idea deje más huella

Las pausas suelen percibirse como una incomodidad que debemos resolver rápidamente. Basta con que una charla se detenga unos segundos para que alguien busque una pregunta, una anécdota o un comentario que rellene el vacío.

Sin embargo, el silencio también puede cumplir una función comunicativa. Una investigación de 2010, citada por Psychologies, señala que las palabras pronunciadas después de una pausa se recuerdan mejor, porque el oyente presta más atención y moviliza su memoria.

Desde esta perspectiva, callar antes de intervenir puede actuar como un filtro: permite seleccionar qué decir y darle mayor peso a la respuesta. Esto no convierte cada silencio en una señal de reflexión ni descarta que pueda existir timidez. Sí cuestiona la costumbre de interpretar toda reserva como una carencia.

Ante una persona que habla poco, dejar unos segundos de margen puede facilitar que encuentre su momento para participar. En una reunión o una conversación grupal, respetar esas pausas también abre espacio a quienes necesitan procesar lo escuchado.

Escuchar exige algo más que esperar el turno para hablar. A veces, empieza por aceptar que una conversación no necesita estar llena de palabras para tener contenido.

 

[Fuente: Presse-citron]

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