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Ciencia

Alegrarse un poco del fracaso ajeno no te convierte en mala persona. La psicología explica por qué esa emoción incómoda aparece cuando la autoestima, la comparación y la justicia entran en juego

Sentir una breve satisfacción cuando otra persona fracasa puede generar culpa, pero no es una rareza ni una señal automática de crueldad. La psicología lo llama schadenfreude: una emoción humana vinculada a la comparación social, la autoestima y la sensación de que alguien “recibió lo que merecía”.
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Hay frases que suenan terribles porque dicen en voz alta algo que casi nadie quiere admitir. En la serie Se tiene que morir mucha gente, el personaje de Bárbara, interpretado por Anna Castillo, le suelta a una amiga una idea brutal: que verla mal la hace sentir mejor. La comedia creada por Victoria Martín se estrenó el 21 de mayo de 2026 en Movistar Plus+ y, según informó El País, fue renovada para una segunda temporada tras colocarse entre los contenidos destacados de la plataforma.

La frase funciona porque incomoda. Nadie quiere reconocerse ahí, pero casi todo el mundo puede encontrar algún recuerdo parecido: una compañera que presumía demasiado y se equivocó en público, un exjefe arrogante que perdió poder, una persona que parecía tenerlo todo y de pronto tropezó. No es elegante decirlo, pero a veces el fracaso ajeno produce una satisfacción pequeña, silenciosa y bastante humana.

Según explica a CuerpoMente la psicóloga Leticia Martín Enjuto, directora del centro que lleva su nombre, esa reacción suele generar culpa porque muchas personas la interpretan como una prueba de egoísmo o crueldad. Sin embargo, no siempre tiene que ver con desear el mal. En muchos casos responde a una emoción compleja que aparece en contextos sociales donde están en juego la autoestima, la comparación y la sensación de equilibrio.

Esa emoción tiene nombre y no es tan rara como parece

El término alemán schadenfreude se utiliza para describir el placer ante la desgracia ajena. De acuerdo con un trabajo publicado en Frontiers in Psychology, esta emoción puede aparecer en situaciones cotidianas, desde rivalidades deportivas y políticas hasta conflictos entre amigos, familiares o compañeros, y suele relacionarse con factores como la justicia, la imagen social, la rivalidad o la aversión hacia otra persona.

La clave está en distinguirlo de otras cosas más graves. No es lo mismo sentir un alivio momentáneo porque alguien que nos intimidaba se equivocó que provocar activamente daño o disfrutar de forma constante del sufrimiento ajeno. El propio modelo publicado en Frontiers in Psychology diferencia la schadenfreude de emociones cercanas como el sadismo o el regodeo competitivo: en la schadenfreude, la persona no causa directamente la desgracia ni necesariamente derrota al otro en una competencia directa.

Por eso Leticia Martín Enjuto insiste a CuerpoMente en que sentirlo de forma puntual no convierte automáticamente a nadie en mala persona. Puede ser una reacción incómoda, contradictoria y poco agradable de admitir, pero forma parte del repertorio emocional humano.

La comparación social es el primer disparador

Alegrarse un poco del fracaso ajeno no te convierte en mala persona. La psicología explica por qué esa emoción incómoda aparece cuando la autoestima, la comparación y la justicia entran en juego
© Unsplash / Tom Pumford.

Uno de los motores más importantes detrás de esta emoción es la comparación social. Las personas no evaluamos nuestros logros en el vacío: los medimos frente a quienes nos rodean. Qué hemos conseguido, cuánto valemos, dónde estamos parados o cuánto nos falta parece más claro (o más doloroso) cuando miramos a alguien que sentimos por encima.

Ahí aparece el primer mecanismo. Si alguien que percibimos como más exitoso fracasa, la distancia simbólica se reduce. No necesariamente nos alegra su dolor, sino lo que ese tropiezo hace con nuestra propia posición imaginaria: nos sentimos menos lejos, menos insuficientes, menos derrotados.

La investigación psicológica va en esa dirección. Un estudio de Wilco W. van Dijk y otros autores, publicado en Emotion, encontró que la autoestima se relaciona negativamente con la schadenfreude: las personas con menor autoestima tendían a experimentar más placer ante la desgracia de alguien exitoso, y esa relación estaba mediada por la amenaza que esa persona suponía para la propia imagen.

Dicho de otra forma: cuanto más amenazada está nuestra autoestima, más fácil es que el tropiezo ajeno funcione como una pequeña compensación psicológica.

No siempre es crueldad: a veces es una defensa de la autoestima

La autoestima cumple un papel central porque esta emoción rara vez aparece de forma aislada. Suele surgir cuando alguien toca una zona vulnerable: una comparación que duele, una rivalidad no resuelta, una inseguridad personal o una sensación persistente de estar quedándonos atrás.

Martín Enjuto lo plantea así: cuando una persona atraviesa momentos de inseguridad o siente amenazado su valor personal, el fracaso de alguien que percibe como rival puede operar como una compensación. No porque quiera necesariamente destruir a esa persona, sino porque su caída alivia, aunque sea durante unos segundos, la sensación de inferioridad.

Un trabajo de Marco Brambilla y Paolo Riva publicado en el European Journal of Social Psychology también exploró esa relación entre imagen personal y schadenfreude. El estudio planteó que experimentar placer ante la desgracia ajena puede reforzar temporalmente necesidades psicológicas básicas vinculadas a la autoestima, el control, la pertenencia y la sensación de importancia personal.

Ese es el punto incómodo: a veces no disfrutamos exactamente del daño ajeno, sino del alivio que produce sentir que nuestra propia imagen sale un poco menos golpeada.

Cuando el fracaso parece “merecido”, la emoción se vuelve más intensa

Hay otro ingrediente que vuelve esta reacción más probable: la percepción de justicia. No sentimos lo mismo cuando fracasa alguien vulnerable que cuando tropieza una persona arrogante, abusiva o beneficiada por ventajas injustas. En ese segundo caso, la emoción puede mezclarse con una idea de reparación: “por fin le tocó”.

La literatura psicológica lo ha estudiado de forma específica. Un trabajo clásico de Van Dijk y colegas sobre deservingness (la percepción de merecimiento) puso a prueba la hipótesis de que la schadenfreude aparece con más fuerza cuando la desgracia se interpreta como merecida.

Esto explica por qué ciertos fracasos públicos generan tanta satisfacción colectiva. No se trata solo de que alguien caiga, sino de que esa caída parezca corregir una desigualdad previa. Si una persona obtuvo reconocimiento sin mérito, trató mal a otros o actuó con soberbia, su tropiezo puede sentirse como una restauración del equilibrio.

Ese mecanismo también aparece con fuerza en redes sociales, donde el fracaso ajeno se vuelve espectáculo. El estudio de Frontiers in Psychology encontró casos de schadenfreude vinculados a aversión, injusticia, identificación y compensación, lo que muestra que no hay una sola forma de disfrutar del tropiezo ajeno: a veces nace de la rivalidad, otras de la sensación de justicia y otras de la necesidad de no sentirse el único que pierde.

La pregunta importante no es si aparece, sino cuánto domina

Sentir una satisfacción breve ante el fracaso ajeno no elimina la empatía. Las emociones humanas no funcionan como interruptores limpios. Una persona puede sentir primero un alivio pequeño y después compasión. Puede reírse internamente durante un segundo y, al mismo tiempo, saber que no quiere realmente que el otro sufra.

El matiz importante está en la frecuencia y la intensidad. Si aparece de forma ocasional, pasajera y casi automática, no tiene por qué indicar nada preocupante. Pero si la alegría por el sufrimiento de otros se vuelve una fuente constante de placer, si aparece como deseo recurrente de daño o si desplaza por completo la empatía, entonces puede señalar conflictos más profundos relacionados con inseguridad, hostilidad o autoestima dañada.

Por eso la frase “que estés mal me hace sentir mejor” funciona tan bien como humor negro: porque exagera una verdad incómoda. A veces el tropiezo del otro nos devuelve una versión menos castigada de nosotros mismos. No es bonito, pero tampoco es necesariamente monstruoso. Lo importante no es negar esa emoción, sino entender qué está intentando proteger cuando aparece.

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