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Ciencia

Las primeras estrellas del universo ya no existen desde hace miles de millones de años. Pero el James Webb podría haber encontrado el rastro más claro hasta ahora de cómo eran

Un punto diminuto en una imagen podría ser el cúmulo estelar más primitivo jamás observado. Si se confirma, estaríamos viendo por primera vez una huella directa del amanecer cósmico.
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Hay objetos en astronomía que no son difíciles de observar por falta de tecnología, sino porque simplemente ya no están ahí. Las primeras estrellas del universo pertenecen a esa categoría. Nacieron cuando el cosmos apenas comenzaba a organizarse, vivieron poco tiempo y desaparecieron sin dejar rastros directos. Durante décadas, los científicos han tenido que reconstruir su existencia a partir de modelos teóricos, simulaciones y señales indirectas. Nunca las hemos visto. Y, en sentido estricto, probablemente nunca lo hagamos.

Sin embargo, eso no significa que no podamos acercarnos a ellas.

Un tipo de estrella que ya no puede existir hoy

Las llamadas estrellas de población III ocupan un lugar especial en la historia del universo. Fueron las primeras en formarse tras el Big Bang, en un entorno radicalmente distinto al actual. En aquel momento, el cosmos estaba compuesto casi exclusivamente por hidrógeno y helio. No existían elementos más pesados, los llamados “metales” en el lenguaje astronómico, porque aún no había habido generaciones anteriores de estrellas que los produjeran.

Eso hacía que estas estrellas fueran diferentes desde su origen. Se cree que eran extremadamente masivas, mucho más que el Sol, y que alcanzaban temperaturas enormes. Su vida, en consecuencia, fue breve. Consumieron rápidamente su combustible y explotaron, sembrando el universo con los primeros elementos pesados que permitirían la formación de galaxias, planetas y, eventualmente, vida.

El problema es que, después de ese proceso, el universo cambió para siempre. Las generaciones siguientes de estrellas ya nacieron en entornos enriquecidos con esos elementos, lo que hace prácticamente imposible que hoy se formen estrellas como aquellas primeras.

Un punto diminuto que podría cambiar esa historia

Las primeras estrellas del universo ya no existen desde hace miles de millones de años. Pero el James Webb podría haber encontrado el rastro más claro hasta ahora de cómo eran
© Adolf Schaller / STScI.

La dificultad para observar estas estrellas ha hecho que cualquier posible rastro sea extraordinariamente valioso. Y ahí es donde entra en escena un objeto detectado por el telescopio espacial James Webb que ha despertado el interés de la comunidad científica.

Apodado “Hebe”, aparece como un punto minúsculo en una imagen, casi insignificante a simple vista. Pero su análisis revela algo mucho más interesante. La luz que emite proviene de una época en la que el universo tenía apenas unos 400 millones de años, es decir, alrededor del 3% de su edad actual. Es una ventana directa a una fase en la que el cosmos todavía estaba saliendo de su oscuridad inicial.

Los datos disponibles muestran características que encajan sorprendentemente bien con lo que se espera de un cúmulo de estrellas de población III. No se detectan metales en su entorno, lo que sugiere una composición extremadamente primitiva. Además, las señales indican una fuente de radiación muy energética, propia de estrellas masivas y calientes.

Lo que lo hace distinto de otros candidatos

No es la primera vez que se propone un posible rastro de estas estrellas. En el pasado, varios candidatos parecían prometedores, pero siempre aparecía algún detalle que los descartaba: trazas de metales, tamaños incompatibles o explicaciones alternativas más plausibles.

Hebe, en cambio, reúne varios de los criterios clave al mismo tiempo. Su tamaño compacto descarta que se trate de una galaxia completa, mientras que sus propiedades espectrales no encajan bien con fenómenos como núcleos galácticos activos o agujeros negros en formación.

Eso no significa que la confirmación sea definitiva. Los propios estudios, aún en proceso de revisión, reconocen que se necesitan más observaciones. Pero sí coloca a este objeto en una categoría distinta: la de los candidatos realmente serios.

Un universo que todavía no era transparente

Hay otro detalle que hace especialmente interesante este hallazgo. Hebe habría existido en una época en la que el universo aún no era completamente transparente a la luz ultravioleta. Tras el Big Bang, el espacio estaba lleno de hidrógeno neutro que absorbía gran parte de la radiación, manteniendo el cosmos en una especie de penumbra.

Las primeras estrellas jugaron un papel clave en cambiar esa situación. Su energía comenzó a ionizar ese hidrógeno, iniciando el proceso conocido como reionización, que acabaría por hacer el universo transparente tal como lo vemos hoy.

Observar un objeto de esa época no es solo mirar al pasado, sino intentar reconstruir cómo se produjo esa transición. Cómo se encendieron las primeras luces en un entorno que todavía no estaba preparado para dejarlas pasar.

Más que un descubrimiento, una puerta

Si Hebe se confirma como un cúmulo de estrellas de población III, el impacto será considerable. No se trataría únicamente de añadir un nuevo objeto al catálogo astronómico, sino de acceder por primera vez a una evidencia directa de la primera generación estelar.

Eso permitiría contrastar teorías, refinar modelos y entender mejor cómo evolucionó el universo en sus primeras etapas. Desde la formación de estructuras hasta la distribución de materia y energía, muchas piezas del puzzle dependen de lo que ocurrió en ese periodo.

Y hasta ahora, esa etapa ha sido, en gran medida, una reconstrucción teórica.

La historia que el universo todavía está dispuesto a contar

La astronomía tiene algo particular: cuanto más lejos mira, más atrás en el tiempo observa. Cada punto de luz es, en realidad, un mensaje antiguo que tarda millones o miles de millones de años en llegar. En ese sentido, el James Webb no solo está ampliando nuestra capacidad de ver, sino también nuestra capacidad de recordar. Hebe podría ser uno de esos recuerdos.

No una imagen directa de las primeras estrellas, porque esas ya desaparecieron hace mucho, sino una huella lo suficientemente clara como para empezar a entender cómo fueron. Cómo nacieron, cómo brillaron y cómo cambiaron el universo para siempre.

Y si ese rastro se confirma, lo que estaremos viendo no será solo un objeto lejano. Será el eco de la primera vez que el universo se iluminó.

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