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Ciencia

Lo que ocurrió justo después del Big Bang parecía imposible de tocar. Un grupo de físicos acaba de recrear en laboratorio uno de los efectos cuánticos más extraños del Universo primitivo

Usando un gas ultrafrío de helio y pulsos láser extremadamente precisos, los investigadores lograron amplificar fluctuaciones del vacío cuántico hasta volverlas visibles. El resultado no solo confirma una vieja predicción: también ofrece una especie de “mini Universo” dentro del laboratorio.
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Hay ideas en física que suenan casi ofensivas para el sentido común. Una de ellas dice que el vacío no está vacío. Que incluso cuando parece no haber nada, en realidad siguen ocurriendo cosas. Minúsculas. Inestables. Casi fantasmas.

Durante décadas, eso fue sobre todo una afirmación teórica: el vacío cuántico como un lugar inquieto, lleno de pequeñas fluctuaciones imposibles de ver directamente. Ahora, un grupo de investigadores ha conseguido algo mucho más tangible: hacer que una parte de ese comportamiento deje de ser abstracto y aparezca en un experimento real.

Y lo más interesante no es solo que hayan observado el fenómeno. Es que el mecanismo que han reproducido recuerda a uno de los capítulos más desconcertantes de la historia del cosmos: los primeros instantes del Universo.

La clave del experimento no fue “crear algo de la nada”, sino amplificar lo que ya estaba escondido

Lo que ocurrió justo después del Big Bang parecía imposible de tocar. Un grupo de físicos acaba de recrear en laboratorio uno de los efectos cuánticos más extraños del Universo primitivo
© Shutterstock / Ezphoto.

En física cuántica, el vacío no es un espacio muerto ni silencioso. Es más bien un fondo vibrante, atravesado por fluctuaciones diminutas que aparecen y desaparecen constantemente.

Normalmente, esas oscilaciones son tan pequeñas que quedan enterradas bajo el ruido del mundo real. Pero existe una manera de empujarlas justo en el momento adecuado para que crezcan.

Los físicos llaman a esto amplificación paramétrica, y aunque el nombre suene intimidante, la idea puede imaginarse de forma bastante simple: como un columpio al que se le da impulso con el ritmo exacto. Si sincronizas bien cada empujón, el movimiento se vuelve cada vez mayor. En este caso, el “columpio” no era un objeto visible. Eran fluctuaciones cuánticas invisibles.

Para hacerlo, los científicos llevaron un gas de helio a un estado extremo donde la materia deja de comportarse como solemos esperar

El experimento utilizó un gas de átomos de helio enfriado a una temperatura absurdamente baja, muy cerca del cero absoluto. En ese rango, la materia entra en un régimen donde la física clásica empieza a quedarse corta y dominan los efectos cuánticos.

Ese gas fue mantenido en su lugar mediante haces láser, que actuaban como una especie de trampa óptica. Luego, los investigadores hicieron algo crucial: modularon periódicamente la intensidad de uno de esos láseres.

Ese cambio rítmico no era decorativo. Era el equivalente al impulso repetido del columpio. Cada oscilación del láser añadía energía al sistema en el momento preciso, y con ello ciertas fluctuaciones comenzaron a amplificarse. Hasta ahí, el fenómeno ya era llamativo. Pero todavía faltaba resolver una duda importante.

Porque no bastaba con ver “algo”: había que demostrar que ese algo venía realmente del vacío cuántico

Lo que ocurrió justo después del Big Bang parecía imposible de tocar. Un grupo de físicos acaba de recrear en laboratorio uno de los efectos cuánticos más extraños del Universo primitivo
© V. Gondret et al., 2025 American Physical Society.

Cuando el sistema respondió a esa excitación periódica, aparecieron en el gas unas perturbaciones conocidas como fonones. Son pequeñas ondas de energía que se propagan en el medio y que, en física, se tratan como cuasipartículas.

Dicho más simple: el experimento generó entidades observables que se comportan como partículas emergentes dentro del gas. El problema era que no todas esas excitaciones tienen por qué nacer del vacío cuántico. Algunas también pueden aparecer por el calor residual del sistema, incluso si el gas está increíblemente frío. Y ahí entró la parte más elegante del hallazgo.

La pista decisiva fue encontrar pares de excitaciones “conectadas” de una forma que la física clásica no puede explicar

Para demostrar que esas excitaciones provenían efectivamente de las fluctuaciones del vacío, los investigadores buscaron una firma muy concreta: entrelazamiento cuántico.

Lo que observaron fue que los fonones no aparecían de manera aleatoria o independiente, sino en pares fuertemente correlacionados. Sus propiedades estaban ligadas entre sí de una forma imposible de describir con una explicación clásica normal. Ese detalle cambia mucho las cosas.

Porque significa que no estaban viendo solo una vibración térmica cualquiera ni una simple respuesta mecánica del sistema. Estaban observando la huella de un proceso cuántico mucho más profundo: fluctuaciones del vacío amplificadas hasta volverse medibles. Y eso, precisamente, era lo que la teoría llevaba tiempo anticipando.

Lo fascinante es que este experimento no solo sirve para estudiar átomos fríos: también funciona como una maqueta del cosmos

Lo que ocurrió justo después del Big Bang parecía imposible de tocar. Un grupo de físicos acaba de recrear en laboratorio uno de los efectos cuánticos más extraños del Universo primitivo
© Shutterstock / MeshCube.

Aquí es donde la historia se vuelve todavía más interesante. Este tipo de procesos no importan solo a quienes trabajan en laboratorios de óptica cuántica. También interesan muchísimo a los cosmólogos. ¿Por qué? Porque mecanismos parecidos podrían haber ocurrido en el Universo temprano, poco después del Big Bang.

En aquella etapa extrema, el espacio mismo se estaba expandiendo de forma violenta. Y según varias teorías, esa expansión pudo amplificar pequeñas fluctuaciones cuánticas iniciales hasta convertirlas en estructuras físicas reales: partículas, campos, e incluso las semillas que más tarde ayudarían a formar galaxias. Es decir, lo que en este experimento ocurre dentro de un gas atrapado por láseres podría parecerse, a escala diminuta y controlada, a un proceso que ayudó a moldear el Universo entero.

En el fondo, el hallazgo no trata solo de partículas. Trata de cómo la realidad puede emerger desde algo que parecía no tener forma

Ese es quizá el detalle más potente de este trabajo. No solo confirma una predicción teórica importante. También ofrece una plataforma experimental para explorar un territorio donde la física cuántica y la cosmología dejan de parecer disciplinas lejanas y empiezan a tocarse.

A medida que los investigadores logren generar más de estas excitaciones y estudiar cómo interactúan entre sí, podrían abrirse nuevas ventanas para entender comportamientos colectivos que hoy siguen siendo difíciles de describir. Y ahí aparece una idea bastante vertiginosa. Que quizá algunas de las estructuras más complejas del Universo (desde partículas hasta patrones cósmicos) empezaron del mismo modo: como pequeñas oscilaciones casi invisibles en algo que parecía vacío.

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