Irritación, fatiga, problemas de sueño, enrojecimiento de la piel, náuseas... y hasta cáncer. Los colectivos antiantenas lo llaman hipersensibilidad electromagnética o EHS, y es la base de una de las patrañas pseudocientíficas más elaboradas y persistentes de los últimos años: la de que las antenas de telefonía perjudican la salud.

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No importa que los supuestos síntomas causados por las antenas de telefonía no tenga un cuadro clínico definido, ni que no exista ningún estudio científico serio que haya logrado vincularlos a los campos electromagnéticos (CEM) generados por las antenas GSM. Por suerte para quienes les gustan quemar en la hoguera cualquier tecnología que no entienden bien, Internet está lleno de estudios abiertos a la interpretación y páginas que no dudan en alentar la psicosis por hipersensibilidad electromagnética.

El origen del mal

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Parte de la confusión la causó la propia Organización Mundial de la Salud, la OMS, que publicó una primera nota informativa hace ya diez años en la que reconocía que había personas que aseguraban estar sufriendo diferentes síntomas que asociaban con los campos electromagnéticos. En esa nota (texto completo en español aquí) se decía lo siguiente:

La EHS se caracteriza por una diversidad de síntomas no específicos, los cuales las personas afligidas atribuyen a la exposición a los campos electromagnéticos. [...] El conjunto de síntomas no es parte de ningún síndrome reconocido.

Existen también algunas indicaciones de que estos síntomas podrían ser debidos a condiciones psiquiátricas preexistentes, así como a reacciones de estrés como resultado de la preocupación acerca de los efectos en la salud de los campos electromagnéticos, más que la exposición a ellos en si misma.

La EHS se caracteriza por una variedad de síntomas no específicos que difieren de persona a persona. Los síntomas son ciertamente reales y pueden variar ampliamente en la severidad. Cualquiera sea su causa, la EHS puede ser un problema de incapacidad para la persona afectada. La EHS no tiene criterios de diagnóstico claros y no existe una base científica para vincular los síntomas de EHS con la exposición a campos electromagnéticos. Además, la EHS no es un diagnóstico médico ni es claro que represente un único problema médico.

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Pese a sembrar la duda, la OMS reconoció hace ya 10 años que no hay causa médica probada, tan solo un conjunto de síntomas reales sin diagnóstico claro. Aún así, esta primera nota ha sido utilizada por muchos como un reconocimiento por parte de la OMS de que la EHS tiene alguna base científica.

De la irritación al cáncer

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Una cosa es que las antenas de telefonía provoquen irritación, fatiga, problemas de sueño, y otra muy distinta que sean la causa de una de las enfermedades más temidas de la actualidad: el cáncer. Para empeorar las cosas, la OMS volvió a meter la pata en 2011. En un documento que ha hecho más mal que bien, la organización decidió incluir las ondas electromagnéticas en el grupo 2B de sustancias o factores ambientales que podrían ser causa de cáncer.

¿Qué quiere decir esto? Pues que los científicos de la OMS han recomendado mantener vigiladas las ondas electromagnéticas por si efectivamente acaba por demostrarse que provocan cáncer, algo que aún no se ha logrado demostrar todavía. En el documento, los 31 científicos firmantes reconocen que:

Las pruebas fueron revisadas críticamente y en general evaluadas como limitadas entre los usuarios de teléfonos celulares para el glioma y el neuroma acústico, e inadecuadas para llegar a conclusiones para otros tipos de cánceres.

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Por pruebas limitadas de carcinogenicidad, el propio documento entiende lo siguiente: “se ha observado una asociación positiva entre la exposición al agente y el cáncer, para la cual el Grupo de Trabajo considera creíble una interpretación causal, aunque no puede descartar con seguridad razonable el azar, el sesgo o la confusión”.

En cuanto al significado de pruebas inadecuadas de carcinogenicidad, la OMS explica que “los estudios disponibles son de insuficiente calidad, consistencia o potencia estadística como para permitir llegar a una conclusión respecto a la presencia o ausencia de una asociación causal entre la exposición y el cáncer, o no hay datos disponibles sobre el cáncer en los seres humanos”. Es decir, no se puede concluir absolutamente nada sobre el impacto de las ondas electromagnéticas generadas por las antenas de telefonía y una enfermedad como el cáncer.

La Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) tiene muy clara su postura. En declaraciones remitidas a Gizmodo en Español asegura que no hay teorías fundamentadas ni resultados concluyentes:

Ante la falta de resultados concluyentes en los estudios realizados hasta la fecha, la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), como interlocutor responsable con la sociedad, no puede alarmar ni magnificar teorías no fundamentadas en una buena base científica.

En el caso de que estas teorías se confirmasen y finalmente se demostrara que los CEM son causa directa del desarrollo del cáncer, la AECC no dudará en alertar sobre este tema, y promoverá todas aquellas acciones que considere oportunas para proteger la salud de la población.

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De igual manera se pronuncia la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). En declaraciones a Gizmodo en Español, la SEOM se ha mostrado tajante:

No hay ninguna prueba científica fehaciente de que las señales débiles de radiofrecuencia tengan efectos adversos en la salud.

Tipos de radiación

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Llegamos a la actualidad. Basta hacer una simple búsqueda en Google por “antenas de telefonía” o “antenas celulares y cáncer” para obtener decenas de artículos en los que se asegura que las antenas de telefonía y los móviles sí son peligrosos para la salud. Uno de los documentos de referencia más extendidos para justificar la histeria colectiva en torno a las antenas es un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Warwick de Gran Bretaña y el Instituto Internacional de Biofísica Neuss-Holzheim, Alemania. El informe alertaba sobre los posibles efectos nocivos (térmicos) de la radiación no ionizante que emiten las antenas de telefonía.

En enero de este mismo año, la revista Forbes se hacía eco de un estudio publicado en la revista Journal of Microscopy and Ultrastructure en el que se decía que la radiación de microondas afecta en mayor medida a los niños de corta edad ya que sus tejidos absorben más radiación.

¿Preocupante? ¿Cierto?

Aquí hay que comenzar distinguiendo entre radiación ionizante (la que es capaz de ionizar un átomo y arrancarle un electrón o provocar mutaciones en el ADN) y no ionizante. Al primer grupo pertenecen los rayos X o los rayos gamma y algunos tipos de radiación ultravioleta. Someterse a este tipo de radiación en altas dosis o durante largos períodos sí está demostrado que puede llegar a causar cáncer.

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El segundo tipo de radiaciones son las no ionizantes. Como su propio nombre indica, no son capaces de ionizar átomos. Los routers WiFi, los teléfonos móviles o las antenas de telefonía emiten este tipo de energía. Descartado el efecto carcinógeno de estas últimas, sí que existe un cierto efecto térmico derivado de su frecuencia que, al hacer oscilar las moléculas de agua, incrementan su temperatura. Es el mismo principio que calienta la comida en el microondas y, efectivamente, no parece muy buena idea vivir rodeados de esas ondas. Sin embargo, su intensidad es tan baja que ninguno de los estudios ha confirmado que tengan el más mínimo efecto sobre el ser humano. De nuevo la OMS, en un amplio documento sobre campos magnéticos (texto completo en español aquí) dice:

En los últimos 30 años, se han publicado aproximadamente 25.000 artículos sobre los efectos biológicos y aplicaciones médicas de la radiación no ionizante. A pesar de que algunas personas piensan que se necesitan más investigaciones, los conocimientos científicos en este campo son ahora más amplios que los correspondientes a la mayoría de los productos químicos. Basándose en una revisión profunda de las publicaciones científicas, la OMS concluyó que los resultados existentes no confirman que la exposición a campos electromagnéticos de baja intensidad produzca ninguna consecuencia para la salud. Sin embargo, los conocimientos sobre los efectos biológicos presentan algunas lagunas que requieren más investigaciones.

Algunas personas han atribuido un conjunto difuso de síntomas a la exposición de baja intensidad a campos electromagnéticos en el hogar. Los síntomas notificados incluyen dolores de cabeza, ansiedad, suicidios y depresiones, nauseas, fatiga y pérdida de la libido. Hasta la fecha, las pruebas científicas no apoyan la existencia de una relación entre estos síntomas y la exposición a campos electromagnéticos. Al menos algunos de estos problemas sanitarios pueden deberse al ruido o a otros factores del medio, o a la ansiedad relacionada con la presencia de tecnologías nuevas.

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En resumen: 25.000 estudios y ninguno ha encontrado nada.

De manera similar se pronuncia un amplio estudio médico realizado por el Servicio Vasco de Salud (Osakidetza) en el que se pasa revista a todas las fuentes de radiación en el hogar, desde los router WiFi a las antenas de telefonía y hasta lo secadores de pelo. No hay datos concluyentes que vinculen la exposición a estos campos electromagnéticos con dolencias como el cáncer ni de otro tipo que no estén en la cabeza del enfermo.

Sin resultados concluyentes

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En octubre de 2014, la Organización Mundial de la Salud emitió una nueva nota informativa sobre salud y campos electromagnéticos producidos por la telefonía móvil (texto completo en español aquí) en la que se lee:

Los móviles se comunican entre sí emitiendo ondas de radio a través de una red de antenas fijas denominadas «estaciones base». Las ondas de radiofrecuencia son campos electromagnéticos pero, a diferencia de las radiaciones ionizantes, como los rayos X o gamma, no pueden escindir los enlaces químicos ni causar ionización en el cuerpo humano.

En los dos últimos decenios se ha realizado un gran número de estudios para determinar si los teléfonos móviles pueden plantear riesgos para la salud. Hasta la fecha no se ha confirmado que el uso del teléfono móvil tenga efectos perjudiciales para la salud. En 2016, la OMS realizará una evaluación formal de los riesgos a partir de todos los resultados de salud estudiados en relación con campos de radiofrecuencias.

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Podríamos seguir analizando estudios y declaraciones de médicos, oncólogos y físicos, pero el resultado sería el mismo: a día de hoy no hay ninguna evidencia científica que concluya que las ondas emitidas por las antenas de telefonía dañan tu salud.

Quizá en 2016 la OMS ofrezca más datos o descarte los actuales. De momento, y ateniéndonos a la física actual, la hipersensibilidad electromagnética es como la posesión satánica o el vudú, una cuestión de fe. Una fe a la que algunos tratan de sacar provecho.

Fotos: hin255 / Ivan Smuk / unaplus / Shutterstock

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