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Ciencia

Descubrieron una nueva especie de pez «peludo» en el Pacífico que lleva décadas escondiéndose a simple vista: mide 34 milímetros, se camufla entre algas rojas y lo bautizaron como el personaje de Barrio Sésamo al que nadie más veía

Un equipo de investigadores australianos describió formalmente una nueva especie de pez pipa fantasma en el Journal of Fish Biology. El Solenostomus snuffleupagus, bautizado en honor al personaje lanudo de Barrio Sésamo, habita arrecifes de coral del Pacífico suroccidental desde la Gran Barrera de Coral hasta Tonga. Había sido confundido con otra especie durante décadas gracias a un camuflaje que imita casi a la perfección las algas rojas filamentosas entre las que vive
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Desde 2003, buceadores y fotógrafos submarinos venían registrando en plataformas de ciencia ciudadana un pequeño pez cubierto de filamentos que parecía, más que un animal, un mechón de alga enredado en el arrecife. Nadie lo había descrito formalmente. Durante más de dos décadas, los pocos especímenes que llegaron a manos de científicos fueron catalogados como una especie conocida. Esta semana, un equipo de investigadores australianos publicó en el Journal of Fish Biology la descripción oficial de lo que es, en realidad, una especie completamente nueva para la ciencia.

Su nombre científico es Solenostomus snuffleupagus. El epíteto hace referencia a Mr. Snuffleupagus, el personaje lanudo y de largo hocico de Barrio Sésamo, aquel al que solo Big Bird podía ver y que el resto del vecindario ignoraba durante años. La elección no es solo un guiño: captura con precisión dos rasgos del animal. Su aspecto desgreñado y filamentoso. Y el hecho de que, aunque estaba ahí, nadie lo estaba viendo.

Un pez que parece una pelusa de arrecife

Los peces pipa fantasma pertenecen a la familia Solenostomidae, un grupo de peces crípticos emparentados con los caballitos de mar y las agujas. Todas las especies del grupo son maestras del camuflaje: imitan algas, pastos marinos, crinoideos o corales blandos tanto en forma como en coloración. Pero el recién descubierto S. snuffleupagus lleva esa estrategia a un nivel distinto.

Lo que lo diferencia de sus parientes es la presencia de abundantes filamentos tegumentarios, prolongaciones de la piel que cubren todo el cuerpo con especial densidad en el hocico, las mandíbulas, la cabeza y los extremos de las aletas. No son pelos en sentido biológico, sino extensiones cutáneas que reproducen con notable fidelidad la textura de las algas rojas filamentosas entre las que el animal vive. El resultado es un camuflaje casi perfecto: desde arriba, el pez desaparece en el sustrato.

El animal es pequeño, apenas 34 milímetros en los ejemplares adultos medidos. Vive en arrecifes de coral del suroeste del Pacífico, entre 5 y 31 metros de profundidad, con la mayoría de observaciones registradas entre 10 y 30 metros. Su distribución conocida abarca el noreste de Australia, incluyendo la Gran Barrera de Coral y el Mar del Coral, además de Papúa Nueva Guinea, Nueva Caledonia, Fiyi y Tonga.

Cómo se confirmó que era una especie nueva

La distinción respecto a Solenostomus paegnius, la especie con la que había sido confundido durante décadas, no fue solo visual. Los investigadores utilizaron microtomografía computarizada, una técnica de imagen tridimensional de alta resolución que permite examinar la anatomía interna sin dañar los especímenes, para identificar diferencias osteológicas concretas.

La nueva especie posee dos huesecillos modificados con forma de ancla en las bases de las aletas dorsales blandas y anal, mientras que S. paegnius tiene tres. También se encontró un dimorfismo sexual invertido en la cresta supraoccipital, una estructura ósea en la parte superior del cráneo: en los machos de S. snuffleupagus esa cresta es pronunciada y elevada, mientras que en las hembras es más baja y redondeada. En S. paegnius ocurre exactamente al revés. Además, la nueva especie tiene 36 vértebras, más que cualquier otra especie del género, que tiene entre 32 y 34.

El análisis genético terminó de cerrar el argumento. La distancia genética entre S. snuffleupagus y S. paegnius, medida a partir del ADN mitocondrial de dos ejemplares, es del 22%. Aplicando un reloj molecular estándar para peces marinos, los investigadores estimaron que ambas especies se separaron hace aproximadamente 18,3 millones de años, a principios del Mioceno. No son parientes cercanos que se diferenciaron recientemente: llevan casi 20 millones de años evolucionando por separado. El análisis filogenético, además, ubica a S. snuffleupagus como el linaje más antiguo dentro del género Solenostomus.

Una sorpresa dentro de la sorpresa: come peces

Al examinar el contenido estomacal del ejemplar hembra mediante micro-CT, los investigadores encontraron algo que no esperaban: restos parcialmente digeridos del esqueleto y la aleta caudal de un pequeño pez de entre 8 y 10 milímetros de longitud. Es la primera vez que se documenta piscivoría en cualquier especie del género Solenostomus.

Hasta ahora se creía que los peces pipa fantasma se alimentaban exclusivamente de pequeños crustáceos como mísidos, camarones y zooplancton. Este hallazgo sugiere que al menos esta especie puede complementar su dieta con peces larvales o juveniles, aprovechando su estrategia de caza al acecho. En términos relativos, la presa encontrada en el estómago era casi tan grande como el propio depredador.

Los colores que confunden todavía más

La coloración predominante del S. snuffleupagus en su entorno natural es anaranjada o rojiza, imitando el tono de las algas rojas filamentosas entre las que se oculta. Pero los registros fotográficos recopilados a lo largo de los años muestran una variabilidad notable. En la Gran Barrera de Coral se fotografió un ejemplar de color verde, único hasta la fecha. En Papúa Nueva Guinea se han documentado parejas de color púrpura.

Los investigadores interpretan ese polimorfismo como plasticidad fenotípica: la capacidad del animal de ajustar su coloración para coincidir con las comunidades de algas predominantes en cada microhábitat. Lo que funciona como camuflaje en un arrecife puede no funcionar en otro, y el pez parecería adaptarse a esa diferencia. En los ejemplares preservados en alcohol, toda esa variedad cromática desaparece: el color se desvanece hasta un amarillo pálido uniforme, lo que explica en parte por qué la distinción pasó desapercibida en las colecciones de museos durante tanto tiempo.

Ciencia ciudadana como herramienta taxonómica

Uno de los aspectos más llamativos del estudio es el rol que jugaron los buceadores aficionados en el descubrimiento. Desde 2005, la especie había sido registrada con regularidad en los arrecifes Saxon y Norman de la Gran Barrera de Coral, principalmente a través de fotografías compartidas en grupos de Facebook e iNaturalist. Una foto tomada en Papúa Nueva Guinea en 2003 por David Harasti, uno de los autores del estudio, podría ser la primera documentación fotográfica de la especie, anterior a cualquier registro verificable.

A pesar de esas décadas de observaciones, solo existen dos ejemplares preservados en colecciones científicas en el mundo: el holotipo, una hembra depositada en el Museo Australiano de Sídney, y un paratipo, un macho conservado en el Museo y Galería de Arte del Territorio del Norte. La escasez no se debe a la rareza en la naturaleza, sino a la dificultad de capturar un animal de 34 milímetros que se confunde visualmente con el sustrato donde vive.

Con esta descripción, el número de especies reconocidas de peces pipa fantasma asciende a siete. Y el hallazgo llega con una advertencia implícita: si una especie que llevaba décadas siendo fotografiada por buceadores en uno de los ecosistemas más estudiados del planeta recién ahora recibe nombre científico, ¿cuántas otras siguen esperando en algún rincón del Triángulo de Coral?

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