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Ciencia

Liberaron menos de 100 peces para la pesca deportiva y el lago nunca se recuperó: medio siglo después, de 12 especies nativas solo volvieron a aparecer 3

En 1969 soltaron menos de 100 peces amazónicos en Panamá para la pesca deportiva. 45 años después, el lago sigue sin recuperar sus especies nativas
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Fue una decisión pensada para atraer pescadores. En 1969, entre 60 y 100 ejemplares de un depredador amazónico fueron trasladados desde Buga, en Colombia, hasta un estanque en Panamá. La idea era criar una especie codiciada por la pesca deportiva. Algunos escaparon. Ese pequeño descuido se convirtió en uno de los experimentos ecológicos involuntarios mejor documentados del planeta, y su resultado todavía es visible 45 años después.

El protagonista es el sargento, también conocido como tucunaré o pavón (Cichla monoculus), un cíclido de colores vistosos y mandíbula voraz originario de la cuenca del Amazonas. A comienzos de la década de 1970 ya había colonizado el lago Gatún, el enorme embalse artificial que forma parte del Canal de Panamá. Lo que vino después fue una reorganización completa del ecosistema.

Un depredador sin rivales en aguas ajenas

Tucunare
© LeoGM – Shutterstock

En su hábitat natural, el sargento convive con otros depredadores, parásitos y presas que evolucionaron junto a él durante millones de años. En Gatún no encontró nada de eso. Los peces nativos, pequeños en su mayoría, no tenían estrategias para evitar a un cazador de ese tamaño y agresividad, y el invasor se ubicó rápidamente en la cima de la cadena alimentaria.

El impacto se detectó casi de inmediato. Entre 1972 y 1973, los ecólogos Thomas Zaret y Robert Paine, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), compararon zonas del lago con y sin presencia del sargento. Sus resultados, publicados en la revista Science en 1973, mostraron que en los alrededores de la isla Barro Colorado el depredador había eliminado cuatro de las siete especies de peces que antes eran abundantes y había reducido drásticamente otras dos. El efecto, además, se propagaba a otros niveles de la red trófica, desde el zooplancton hasta las aves que se alimentan de peces.

Aquel trabajo se convirtió en un clásico de la ecología de invasiones. Pero dejó una pregunta abierta durante décadas: ¿el ecosistema se recuperaría con el tiempo, a medida que las especies nativas se adaptaran al nuevo vecino?

La prueba de los 45 años

Alajuela
© David Traña – Unsplash

Para responderla, un equipo liderado por Diana Sharpe y Mark Torchin, del STRI, junto a Luis Fernando De León y Rigoberto González, volvió a muestrear el lago con redes de enmalle y redes de playa en los mismos sectores estudiados originalmente. Capturaron 1.471 peces de 25 especies nativas de agua dulce y 10 especies tolerantes al agua salada. El trabajo, publicado en la revista Ecology, tiene un título que resume la conclusión: la comunidad de peces tropicales no se recupera 45 años después de la llegada del depredador.

En el brazo Trinidad del lago Gatún se habían registrado 12 especies nativas en 1972. En los nuevos muestreos, los investigadores solo lograron recapturar 3 de ellas. En otros puntos, como el sector de Cuipo, 10 de las 11 especies capturadas en 1972 no volvieron a aparecer en las redes. Entre los grandes perdedores figuran peces pequeños como sardinas del género Astyanax, Roeboides guatemalensis, Poecilia mexicana y Gambusia, cuyas capturas cayeron entre un 85% y un 100%.

Para descartar que el declive se debiera a otros factores, el equipo comparó Gatún con dos lagos panameños: Alajuela, también invadido por el sargento, y Bayano, donde la especie no está presente. La diferencia fue abismal. En Bayano la abundancia de peces nativos resultó muchísimo mayor, con capturas por unidad de esfuerzo que en algunos métodos superaban en dos o tres órdenes de magnitud a las de los lagos invadidos.

“Pese al atractivo del sargento como pez deportivo, los nuevos depredadores tope pueden tener impactos drásticos y duraderos en las comunidades nativas”, concluyeron los investigadores.

Un patrón que se repite en toda América Latina

Astyanax
© Diego Grandi – Shutterstock

El caso panameño no es una excepción. Distintas especies del género Cichla fueron introducidas para la pesca deportiva en embalses del sureste de Brasil, en la cuenca del Paraná, y también en Puerto Rico y Florida. En muchos de esos ambientes se asentaron con éxito y alteraron las comunidades locales de peces.

En la Patagonia argentina y chilena ocurrió algo parecido con otro grupo de peces deportivos. Las truchas y los salmones, sembrados desde principios del siglo XX, hoy dominan buena parte de lagos y ríos, y los estudios los señalan como una amenaza para especies nativas como los puyenes (Galaxias) y el peladilla (Aplochiton). A escala global, el ejemplo más dramático es la perca del Nilo, introducida en el lago Victoria en la década de 1950 y asociada a la desaparición de cientos de especies de cíclidos endémicos.

La lección del lago Gatún

Lo que hace valioso el caso panameño es la escala temporal. Pocas invasiones biológicas cuentan con un registro anterior y posterior tan claro, y con un seguimiento que abarca casi medio siglo. El mensaje es incómodo: una vez que un depredador tope se establece en un ecosistema cerrado, como un lago, la naturaleza no necesariamente vuelve a su estado original, ni siquiera tras décadas.

Erradicar al sargento de un embalse de más de 400 kilómetros cuadrados es, en la práctica, imposible. Por eso los especialistas insisten en que la herramienta más eficaz es la prevención: evaluar los riesgos antes de liberar cualquier especie exótica, por atractiva que resulte para la pesca o el turismo. En Gatún, un centenar de peces bastó para reescribir la historia de todo un lago.

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