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Ciencia

Europa tiene una primera abeja invasora y un árbol ornamental le está allanando el camino. Solo en Barcelona se han encontrado unos 11.000 ejemplares y la preocupación es alta

La abeja gigante de la resina llegó desde Asia y sigue extendiéndose por Europa. Un estudio en Cataluña ha descubierto que un árbol ornamental asiático puede ser tan importante para su avance como el propio clima.
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Las ciudades llevan siglos importando árboles de otros continentes para llenar calles, plazas y jardines. El problema es que, al mover una especie, podemos estar preparando sin saberlo el terreno para que llegue otra. Eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo en Cataluña.

Un equipo encabezado por investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) ha estudiado la expansión de Megachile sculpturalis, conocida como abeja gigante de la resina y considerada la primera abeja invasora documentada en Europa. El trabajo, publicado en Oikos, apunta hacia un aliado inesperado: Styphnolobium japonicum, la sófora o falsa acacia del Japón, un árbol asiático que lleva generaciones plantándose como ornamental en las ciudades europeas.

Dos especies asiáticas volvieron a encontrarse en Europa

Europa tiene una primera abeja invasora y un árbol ornamental le está allanando el camino. Solo en Barcelona se han encontrado unos 11.000 ejemplares y la preocupación es alta
© Tom Murray,

La abeja gigante de la resina procede de Asia oriental, puede alcanzar unos dos centímetros de longitud y, pese a su tamaño, no forma grandes colonias como las abejas sociales. Cada hembra construye y abastece sus propios nidos, normalmente aprovechando cavidades disponibles.

Desde que fue detectada en Europa, la especie ha llamado especialmente la atención por su afinidad con los entornos urbanos. Los investigadores llevan años preguntándose por qué. Una ciudad no parece, en principio, un lugar mejor para una abeja que un ecosistema con una diversidad mucho mayor de plantas. Sin embargo, los análisis de polen ofrecían una pista repetida: fuera de Asia, M. sculpturalis se alimentaba de manera desproporcionada de las flores de la sófora.

La coincidencia temporal es casi perfecta. El árbol florece durante el verano, exactamente cuando la abeja se encuentra activa. Y las ciudades le han proporcionado cantidades enormes de ese alimento.

Solo Barcelona cuenta con unos 11.000 ejemplares de sófora, mientras que Viladecans tiene alrededor de un millar. En Asia, esta planta es simplemente una de las muchas que forman parte de la dieta de la abeja. En Europa, en cambio, se ha convertido en uno de sus recursos abundantes más importantes dentro de las ciudades.

El árbol pesa tanto como el clima

Europa tiene una primera abeja invasora y un árbol ornamental le está allanando el camino. Solo en Barcelona se han encontrado unos 11.000 ejemplares y la preocupación es alta
© UAB.

Para comprobar hasta qué punto aquella coincidencia estaba influyendo realmente en la invasión, el equipo reunió 150 registros de la abeja y 21.383 registros del árbol en Cataluña. Después comparó su distribución con variables como las condiciones climáticas y la posición geográfica.

El resultado fue bastante claro: la disponibilidad de Styphnolobium japonicum resultó al menos tan importante como la idoneidad climática para explicar dónde aparecía la abeja. Además, el modelo sugirió que las condiciones climáticas favorables adquieren especial importancia precisamente allí donde también existe sófora.

Los autores describen este fenómeno como un posible “invasional meltdown”, una situación en la que una especie introducida facilita el establecimiento o expansión de otra y ambas terminan reforzando un proceso de invasión biológica.

En este caso hay además una consecuencia geográfica concreta. Los resultados apuntan a que la presencia del árbol estaría ayudando a M. sculpturalis a avanzar por el frente occidental de su expansión en Cataluña.

El problema puede estar en lo que plantamos en las ciudades

Eso no significa que retirar mañana todas las sóforas vaya a hacer desaparecer a la abeja. La expansión de una especie introducida depende de múltiples factores y, una vez establecida durante años, puede adaptarse a nuevos recursos.

El hallazgo apunta a una cuestión diferente: la vegetación urbana no es ecológicamente neutral. Durante décadas, los árboles ornamentales se han seleccionado por características como su resistencia, sombra, apariencia o facilidad de mantenimiento. Sin embargo, introducir miles de ejemplares de una especie extranjera también crea una enorme concentración de alimento y hábitat que otros organismos pueden aprovechar.

Los investigadores sostienen por eso que el diseño futuro de las ciudades debería tener más en cuenta estas interacciones y priorizar, cuando sea posible, especies autóctonas. La cuestión cobra además importancia ante los planes europeos para aumentar los espacios verdes y la cobertura vegetal urbana durante esta década.

La abeja gigante de la resina no llegó a Europa porque alguien plantara una sófora. Pero después de llegar encontró algo muy parecido a una autopista ecológica que llevábamos siglos construyéndole sin saberlo.

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