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Ciencia

Lo que la falta de elogios en la infancia puede hacerle a tu autoestima en la adultez, según la psicología

La ausencia de reconocimiento durante la infancia puede dejar heridas invisibles, pero también moldear una forma de resiliencia que no depende de los aplausos ajenos.
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Hay personas que parecen incómodas cuando alguien las felicita. Restan importancia a sus logros, cambian de tema o responden con una sonrisa incómoda. Desde afuera puede parecer modestia, pero a veces hay algo mucho más profundo detrás. La psicología lleva años observando cómo la falta de elogios en la infancia puede dejar marcas complejas: dificultades emocionales, sí, pero también una capacidad inesperada para sostenerse sin validación constante.

Por qué algunas personas no saben recibir un elogio

No todas las personas reaccionan igual ante una felicitación. Mientras algunas disfrutan el reconocimiento, otras parecen resistirse a él. Responden con frases como “no fue para tanto”, “cualquiera lo hubiera hecho” o “solo tuve suerte”. En muchos casos, esta incomodidad tiene raíces mucho más antiguas de lo que parece.

Cuando alguien crece en un entorno donde los elogios eran escasos, o directamente inexistentes, puede desarrollar una relación extraña con el reconocimiento. No es necesariamente que no quiera escuchar algo positivo, sino que nunca aprendió a sentirlo como algo natural.

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© Shutterstock / Bricolage.

La infancia cumple un rol fundamental en cómo una persona construye su autoestima. Las palabras de apoyo, el reconocimiento del esfuerzo y los pequeños gestos de validación ayudan a formar una imagen interna más estable. Cuando eso falta, muchas personas aprenden a evaluarse desde un lugar mucho más severo.

Por eso, un elogio puede sentirse exagerado o incluso sospechoso. En lugar de generar satisfacción, puede despertar incomodidad. Algunas personas llegan a pensar: “Lo dice por compromiso”, “No conoce realmente mis errores” o “Está exagerando”.

Investigaciones sobre autoestima sugieren que quienes tienen una imagen personal más frágil suelen responder con cierta resistencia al reconocimiento, especialmente cuando sienten que el elogio crea expectativas demasiado altas. Lo que para otros es un gesto amable, para ellos puede sentirse como presión.

El problema de los elogios mal dados

Pero la psicología también advierte algo importante: no cualquier elogio tiene efectos positivos. A veces, incluso los comentarios bien intencionados pueden generar el efecto contrario.

Un estudio liderado por el investigador Eddie Brummelman encontró algo llamativo al analizar cómo reaccionan algunos niños ante el reconocimiento. Según sus hallazgos, los elogios exagerados (aquellos que presentan al niño como “perfecto”, “genial” o “extraordinario”) pueden terminar aumentando el miedo al fracaso, especialmente en quienes ya tienen baja autoestima.

La lógica es sencilla, aunque incómoda: cuando alguien siente que debe estar siempre a la altura de una imagen demasiado idealizada, puede empezar a evitar desafíos por temor a decepcionar.

Por eso, muchos especialistas consideran más saludable un reconocimiento enfocado en el proceso y no en etiquetas absolutas. Valorar la constancia, el esfuerzo o una decisión concreta suele tener un impacto más positivo que definir a alguien como “especial” o “brillante”.

No se trata de llenar de halagos vacíos ni de evitar cualquier crítica. El punto parece estar en construir una validación realista, que ayude a la persona a desarrollar confianza sin cargarla con expectativas imposibles.

La validación interna: la habilidad que nace cuando faltan aplausos

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© goffkein.pro – shutterstock

Aun así, crecer sin elogios no siempre conduce al mismo destino. Algunas personas convierten esa carencia en una forma particular de fortaleza emocional.

La psicología llama “validación interna” a la capacidad de reconocer el propio valor sin depender completamente de la aprobación ajena. No significa vivir aislado ni dejar de necesitar afecto, sino poder seguir adelante incluso cuando nadie está mirando o reconociendo el esfuerzo.

La teoría de la autodeterminación, desarrollada por dos reconocidos expertos en psicología, explica que las personas suelen encontrar motivación profunda cuando logran combinar autonomía, competencia y vínculos saludables. En ese equilibrio, aprender a confiar en el propio criterio ocupa un lugar central.

Quienes crecieron sin demasiados elogios a veces desarrollan esta habilidad casi por necesidad. Aprenden a exigirse, a sostener rutinas y a medir sus avances sin esperar constantemente que alguien los felicite. Construyen disciplina donde antes hubo ausencia.

Pero esa fortaleza también puede tener un lado menos visible.

Cuando la autosuficiencia se vuelve demasiado pesada

La independencia emocional puede transformarse, con el tiempo, en una armadura difícil de quitar. Algunas personas llegan a convencerse de que no necesitan reconocimiento porque aprendieron a sobrevivir sin él. El problema aparece cuando esa lógica empieza a impedir el descanso, la ayuda o incluso la posibilidad de disfrutar los logros.

Frases como “yo sé si hice las cosas bien” pueden reflejar seguridad, pero también esconder agotamiento o aislamiento emocional.

La autonomía saludable no implica rechazar el afecto ni ignorar los elogios. Tampoco significa vivir dependiendo de ellos. El equilibrio parece estar en otro lugar: poder aceptar el reconocimiento sin convertirlo en el centro de la propia autoestima.

Por eso, para muchas personas, aprender a recibir un cumplido puede convertirse en una tarea adulta inesperadamente difícil. No hace falta justificarlo, minimizarlo ni responder de inmediato con otro elogio. A veces, algo tan simple como decir “gracias” ya es un paso enorme.

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