Un nuevo estudio arqueogenético está revolucionando lo que sabíamos sobre la convivencia entre humanos y depredadores en la antigüedad. Investigadores de Suecia y el Reino Unido hallaron restos de lobos grises en la isla de Stora Karlsö, un territorio del mar Báltico donde jamás existieron mamíferos terrestres de forma natural. ¿La explicación? Fueron llevados allí por humanos hace entre 3.000 y 5.000 años.
El hallazgo, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), abre una nueva ventana sobre cómo las sociedades prehistóricas se relacionaban con animales salvajes, y sugiere un vínculo más cercano y complejo de lo que se pensaba.
Una isla sin mamíferos… pero con lobos
Stora Karlsö, una isla pequeña y rocosa frente a la costa de Suecia, funcionó durante milenios como refugio para cazadores de focas y pescadores. Allí, en la cueva de Stora Förvar, los arqueólogos encontraron huesos de lobo junto a restos humanos, herramientas y materiales orgánicos.
La clave: ningún mamífero terrestre puede llegar por sí mismo a la isla. Cada animal hallado tuvo que ser transportado intencionalmente por personas.
“Este hecho por sí solo ya cambia todo el escenario”, explican los científicos. No se trató de visitas casuales: los lobos llegaron porque alguien los llevó.

¿Domesticados, útiles o simplemente tolerados?
Los restos hallados plantean varias preguntas:
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¿Eran lobos mantenidos como animales útiles?
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¿Estaban parcialmente domesticados?
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¿Vivían cerca de los humanos como carroñeros tolerados por la comunidad?
El estudio no demuestra domesticación plena, pero sí una convivencia prolongada. Además, los investigadores determinaron que los lobos y los humanos compartían la misma dieta: pescado y focas.
Los lobos no cazaban por su cuenta. Dependían de la comida proporcionada directa o indirectamente por los habitantes de la isla.
Un lobo herido que sobrevivió: la pista más reveladora
Entre los restos, un individuo presentaba una fractura grave en la pata que habría hecho imposible su supervivencia en libertad.
Sin embargo, vivió el tiempo suficiente para sanar parcialmente.
Para los investigadores, esto implica una cosa:
recibió cuidado humano.
Sumado al hecho de que no podía abandonar la isla, el escenario más probable es el de una comunidad que alimentaba, toleraba o incluso protegía a estos animales.
Genética que habla: sin mezcla con perros, pero con señales de aislamiento
Los análisis genéticos confirmaron que los restos pertenecían a lobos grises puros, sin cruces con perros domésticos.
Sin embargo, uno de ellos mostraba baja diversidad genética, un indicador típico de:
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poblaciones pequeñas,
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aislamiento prolongado,
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o animales mantenidos bajo cierto control humano.
Esto refuerza la hipótesis de que los lobos permanecieron en la isla durante generaciones bajo la supervisión —directa o indirecta— de los habitantes.

Una relación mucho más antigua de lo que se creía
Hasta ahora, se pensaba que el vínculo cercano entre humanos y lobos ocurría solo en el marco de la domesticación que dio origen al perro.
Pero Stora Karlsö muestra otra historia:
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humanos y lobos compartiendo espacio,
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consumiendo la misma dieta,
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y permitiendo la supervivencia de individuos heridos.
Un tipo de convivencia híbrida, que no es domesticación completa pero tampoco simple coexistencia.
Preguntas que reescriben la prehistoria
Este hallazgo abre nuevas líneas de investigación:
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¿Existieron otras islas donde humanos llevaron carnívoros deliberadamente?
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¿Para qué querían lobos en comunidades costeras?
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¿Eran guardianes, compañeros, herramientas de caza o parte de ceremonias?
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¿Qué papel tuvo esta convivencia en el origen del perro moderno?
Lo que sí está claro es que la relación entre humanos y lobos fue más variada, extensa y compleja de lo que imaginábamos.
Fuente: Infobae.