Durante décadas, varios países europeos depositaron residuos nucleares en el lecho marino del Atlántico Norte, una práctica que hoy genera una gran preocupación ambiental. La Fosa Atlántica, situada a unos 600 kilómetros de Galicia, fue el destino final de más de 220.000 bidones radiactivos arrojados entre 1949 y 1982 por países como Francia, Reino Unido, Alemania o Bélgica.
Según datos de Greenpeace, esto equivale a unas 142.000 toneladas de desechos. En aquel entonces, ante la falta de soluciones definitivas para la gestión de estos residuos, las potencias optaron por enterrarlos bajo el mar, lejos de la vista y del escrutinio público. Sin embargo, las consecuencias están empezando a emerger, literalmente.
Este verano, el buque francés L’Atalante inició una expedición para estudiar la zona. En su primer informe, se han localizado más de 3.000 bidones, lo que representa apenas el 1,3 % del total estimado. El hallazgo no solo reabre el debate sobre la energía nuclear, sino también sobre la capacidad actual para gestionar de forma segura los residuos del pasado.
Un legado oculto bajo el mar

La Fosa Atlántica fue utilizada como vertedero durante casi cuarenta años. En ese periodo, países europeos vertieron materiales radiactivos con escasa o nula supervisión internacional. A pesar de que el Protocolo de Londres de 1996 prohibió definitivamente esta práctica, el daño ya estaba hecho.
Organizaciones como Greenpeace advierten que la degradación de los bidones con el tiempo podría liberar contaminantes al medio marino. “Esto va a peor, el contenido va a ir degradándose, provocando una mayor contaminación”, advierte Francisco del Pozo, portavoz de Greenpeace España.
La preocupación no es infundada. Ya en los años ochenta, pescadores gallegos y activistas consiguieron visibilizar el problema al interceptar un barco neerlandés que estaba desechando bidones en el mar. Esta acción marcó el inicio del fin de esta práctica en Europa, culminando con la firma de convenios internacionales.
¿Qué se puede hacer con los residuos ya detectados?

La nueva expedición oceanográfica tiene como objetivo principal evaluar con precisión el estado de los residuos. Para ello, se están recogiendo muestras de agua, sedimentos y organismos del fondo marino. Se emplean además radares y sonares para mapear zonas de acumulación de bidones.
El Consejo de Seguridad Nuclear español sostiene que no se han detectado niveles significativos de radiación cerca de Galicia. Sin embargo, voces críticas reclaman estudios más exhaustivos y una respuesta coordinada desde Bruselas.
Para Greenpeace, la prioridad es clara: realizar un inventario completo y considerar el problema como de primer nivel. Francisco del Pozo lo resume así: “Hay que cartografiar toda esa zona y hacer un inventario. No sabría decirte si tenemos una solución. Sacarlos podría ser aún más peligroso”.
La paradoja del presente: residuos del pasado sin salida clara
Mientras se debate qué hacer con los residuos sumergidos, la energía nuclear vive un nuevo auge en Europa como alternativa a los combustibles fósiles. Pero el problema de los residuos sigue sin resolverse. Actualmente, el material radiactivo se almacena en piscinas junto a las centrales, sin una solución definitiva a la vista.
Javier Escartín, director de la expedición a bordo del L’Atalante, intenta aportar algo de calma: “La zona de vertidos se encuentra en aguas internacionales, a más de 4.000 metros de profundidad”, declaró a National Geographic. No obstante, advirtió que los resultados definitivos de las muestras no estarán disponibles hasta dentro de varios meses.
El futuro del Atlántico sigue, por ahora, lleno de incógnitas. Lo que parece claro es que este legado radiactivo, enterrado durante décadas, ha vuelto a la superficie del debate europeo.