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Ciencia

Los científicos están probando algo que parece salido de la ciencia ficción. Usar redes de hongos como ordenadores vivos que procesan información

Las redes subterráneas de micelio podrían convertirse en la base de una nueva forma de computación biológica. Investigadores exploran cómo los hongos generan señales eléctricas capaces de almacenar información y reaccionar a estímulos, con aplicaciones en sensores inteligentes y dispositivos sostenibles.
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Los ordenadores modernos dependen de millones de transistores de silicio organizados en circuitos cada vez más pequeños. Sin embargo, un grupo creciente de investigadores está explorando una idea radicalmente distinta: utilizar organismos vivos como sustrato computacional. Entre ellos, los hongos se han convertido en uno de los candidatos más inesperados.

Bajo la superficie del suelo, las colonias de hongos forman redes extensas llamadas micelio, un entramado de filamentos microscópicos que conecta grandes áreas del terreno. Estas redes no solo transportan nutrientes, también generan señales eléctricas complejas que los científicos han empezado a estudiar como posibles formas de procesamiento de información.

Cuando los hongos se comportan como circuitos

Los científicos están probando algo que parece salido de la ciencia ficción. Usar redes de hongos como ordenadores vivos que procesan información
© Andrew Adamatzky.

El investigador Andrew Adamatzky, director del Laboratorio de Computación No Convencional de la Universidad del Oeste de Inglaterra, fue uno de los primeros en plantear seriamente esta posibilidad. Sus trabajos mostraron que ciertos hongos producen patrones eléctricos organizados que recuerdan, en cierto modo, a los potenciales de acción de las neuronas.

Para analizarlos, los científicos insertan electrodos en sustratos colonizados por micelio y registran su actividad eléctrica mientras controlan variables ambientales como la humedad o la temperatura. Los resultados han revelado que estas redes biológicas pueden adaptar su respuesta a estímulos repetidos, modificando la forma en que conducen la corriente.

Ese comportamiento, conocido como memristividad, significa que el material conserva una especie de memoria de las señales que ha recibido previamente. No es aprendizaje en sentido biológico estricto, pero sí una forma de respuesta eléctrica dependiente de experiencias anteriores.

Computación sostenible

Más allá de la curiosidad científica, la computación fúngica tiene un atractivo importante: su impacto ambiental potencialmente mucho menor que el de la electrónica tradicional.

Fabricar microchips requiere enormes cantidades de agua, energía y materiales raros. En cambio, los sistemas basados en micelio pueden cultivarse con recursos mínimos, incluso sobre residuos orgánicos.

Investigadores como John Larocco, de la Universidad Estatal de Ohio, han experimentado con micelio de shiitake, un hongo barato, comestible y fácil de cultivar. Sus pruebas han demostrado que estos sistemas pueden operar a frecuencias de varios miles de hercios, suficientes para determinadas aplicaciones electrónicas.

Sensores vivos y materiales inteligentes

Los científicos están probando algo que parece salido de la ciencia ficción. Usar redes de hongos como ordenadores vivos que procesan información
© John LaRocco.

Los hongos poseen además una ventaja natural: son sensores extremadamente sensibles. Detectan cambios en la luz, la humedad, el pH, la presencia de sustancias químicas o incluso fuerzas mecánicas.

Por eso algunos científicos imaginan futuros sistemas donde el micelio no funcione como un ordenador convencional, sino como parte de materiales inteligentes capaces de monitorizar su entorno. Podrían integrarse en suelos agrícolas, edificios o infraestructuras para detectar contaminantes, cambios ambientales o fallos estructurales.

Los desafíos de una computadora viva

Aun así, la computación fúngica se enfrenta a obstáculos importantes. Los sistemas basados en micelio son mucho más lentos que los circuitos de silicio y su comportamiento puede variar entre especies o incluso entre colonias del mismo hongo.

Además, mantener un organismo vivo dentro de un dispositivo requiere controlar cuidadosamente factores como la humedad, la temperatura y el suministro de nutrientes.

Por eso muchos investigadores creen que el futuro no será una sustitución del silicio, sino sistemas híbridos donde electrónica tradicional y redes miceliales trabajen juntas. Si esa idea prospera, los ordenadores del futuro quizá no se fabriquen únicamente en fábricas de chips. También podrían cultivarse.

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