Lo que antes crecía en la sombra de los árboles ahora podría iluminar el futuro de la computación. Un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Ohio ha conseguido transformar hongos shiitake en chips vivos, capaces de almacenar información, procesar señales eléctricas y repararse por sí mismos. La hazaña no solo abre una nueva frontera tecnológica: también plantea una alternativa sostenible a la industria del silicio, una de las más contaminantes del planeta.
De la cocina al laboratorio
Los shiitake (Lentinula edodes) son hongos conocidos por su sabor intenso y su uso en la gastronomía asiática. Pero bajo su superficie carnosa, esconden un tejido fascinante: el micelio, una red de filamentos microscópicos que crece, se ramifica y se comunica. Este micelio, que en la naturaleza actúa como una red neuronal del suelo, se ha convertido en el nuevo material base de la electrónica verde.
El equipo estadounidense deshidrató cuidadosamente las estructuras de micelio y las integró en un circuito. El resultado fue un biochip funcional que puede comportarse como un memristor, un componente electrónico que recuerda la cantidad de corriente que ha pasado por él. En otras palabras, un chip con memoria eléctrica orgánica.
Un rendimiento que sorprende incluso a la física

Cuando los investigadores probaron los biochips, descubrieron que podían procesar hasta 5.850 señales por segundo, con una precisión del 90 %, que aumentaba hasta el 95 % a bajas frecuencias. Todo ello, sin generar calor ni residuos, y funcionando a temperatura ambiente.
Los memristores tradicionales requieren metales pesados y óxidos complejos, materiales que implican minería y contaminación. Los hongos, en cambio, crecen en residuos orgánicos, se descomponen sin dejar huella y no necesitan energía extrema para su fabricación. Y lo más sorprendente: su red viva mantiene cierta capacidad de auto-reparación y adaptación, como si el material mismo entendiera cómo volver a conectarse.
Micelio: el nuevo lenguaje de la electrónica natural
El micelio no es un simple soporte físico. Es una red biológica que responde a impulsos eléctricos, reacciona al entorno y puede regenerarse. En la práctica, actúa como una sinapsis primitiva, transmitiendo señales al igual que un sistema nervioso vegetal.
Esto convierte a los biochips de micelio en un puente entre la biología y la computación. Los científicos ya imaginan sensores ambientales vivos, baterías biodegradables o redes de inteligencia orgánica capaces de aprender y adaptarse sin depender de metales raros ni de algoritmos complejos.
“Estos circuitos crecen solos, se reparan solos y, cuando su vida útil termina, vuelven al suelo del que salieron”, explican los autores del estudio. “Es la primera vez que la naturaleza y la ingeniería se entienden tan bien en un mismo idioma.”
Un futuro que se cultiva
Mientras los chips de silicio envejecen y contaminan, los hongos ofrecen otra narrativa: la de una tecnología que no destruye, sino que regenera. En un planeta saturado de basura electrónica —más de 59 millones de toneladas en 2024, según la ONU—, cultivar tecnología en lugar de fabricarla podría marcar un antes y un después.
El micelio no solo puede cambiar cómo diseñamos los circuitos, sino cómo pensamos la tecnología misma. Menos obsolescencia, más resiliencia. Menos desechos, más vida. Quizá la próxima gran revolución digital no venga del silicio, sino del bosque.