En 1938 y 1944, dos grandes huracanes golpearon Long Island y dejaron graves inundaciones en la costa de Nueva York. Sin embargo, algunos testigos describieron un episodio extraño: cuando el viento ya había disminuido y parecía que la tormenta se alejaba, el nivel del mar volvió a subir repentinamente horas después.
Durante décadas, aquellas crecidas tardías fueron interpretadas como posibles tsunamis. Una investigación reciente del Stevens Institute of Technology ofrece ahora una explicación diferente. No fueron olas generadas por un movimiento del fondo marino, sino un fenómeno mucho menos conocido llamado seiche de plataforma continental.
Un huracán no provoca un tsunami convencional
Los tsunamis tradicionales aparecen cuando una gran cantidad de agua es desplazada súbitamente, normalmente por un terremoto submarino. También pueden producirse por erupciones volcánicas, deslizamientos bajo el mar o impactos capaces de alterar bruscamente el fondo oceánico.
Los huracanes no generan ese tipo de desplazamiento geológico. Sus efectos sobre el mar proceden del viento y de las variaciones de presión atmosférica. Por eso pueden causar marejadas ciclónicas, meteotsunamis y seiches, pero no un tsunami sísmico en sentido estricto.
Un meteotsunami es una serie de ondas progresivas originadas por alteraciones atmosféricas rápidas. Un seiche, en cambio, es una onda estacionaria que hace oscilar el agua de un lado a otro durante varias horas. Aunque ambos pueden estar relacionados con tormentas, se diferencian por su movimiento y duración.
El océano puede comportarse como una bañera gigante
El funcionamiento de un seiche puede compararse con el agua de una bañera. Cuando alguien empuja el agua hacia un extremo y después retira la fuerza, esta vuelve hacia el lado contrario y continúa rebotando hasta que pierde energía.
Durante un huracán, los fuertes vientos pueden acumular enormes volúmenes de agua contra la costa. Cuando el viento cambia de dirección, se debilita o la tormenta se aleja, esa masa de agua se libera y empieza a oscilar entre la costa y el borde de la plataforma continental.
En la ensenada de Nueva York, esa plataforma termina aproximadamente a 160 kilómetros de la costa. Allí comienza un océano mucho más profundo que actúa como una especie de pared: la onda llega hasta ese límite, rebota y regresa hacia tierra.
Did you know: Storms can generate tsunami-force waves with almost no warning?
🌊 Meteotsunamis – driven by storms and rapid pressure changes – are a serious and underrecognised coastal hazard, with waves reaching up to 10 metres.
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— UNDRR (@UNDRR) June 18, 2026
El agua puede volver cada siete u ocho horas
Los investigadores analizaron registros históricos y datos de 17 mareógrafos distribuidos por la costa del Atlántico medio entre 1860 y 2024. Descubrieron que la región de Nueva York presenta oscilaciones especialmente intensas y que estos episodios aparecieron después de aproximadamente el 26% de los ciclones tropicales estudiados.
El ciclo del seiche en el puerto de Nueva York dura alrededor de siete u ocho horas. Esto significa que el nivel del agua puede volver a elevarse mucho después de la marejada principal y repetirse durante varios ciclos de marea. En 2020, tras el paso del huracán Isaías, se registraron crecidas tardías más pequeñas en el puerto y sus alrededores.
El peligro aumenta cuando el regreso de la onda coincide con la marea alta. La combinación puede provocar nuevas inundaciones, fuertes corrientes en puertos y estuarios, daños en embarcaciones y problemas en calles, túneles o sistemas de transporte que ya habían comenzado las tareas de recuperación.
Un riesgo creciente con la subida del nivel del mar
El fenómeno no es necesariamente más frecuente por el aumento del nivel del mar, pero sí puede resultar más dañino. Al partir de un nivel de agua más elevado, una oscilación moderada tiene mayores posibilidades de superar defensas costeras y alcanzar infraestructuras que antes permanecían secas.
El principal problema es que puede atacar cuando la población cree que el peligro terminó. Las lluvias disminuyen, el viento amaina y los equipos de emergencia comienzan a trabajar, pero varias horas después el agua regresa. Comprender este “segundo golpe” será fundamental para mejorar las alertas y evitar que una aparente calma coloque a las comunidades costeras nuevamente en riesgo.