Imaginemos el final de una comida hace decenas de miles de años. Un grupo de neandertales ha procesado una presa, ha consumido su carne y fracturado algunos huesos para aprovechar sus recursos. Lo lógico sería pensar que los fragmentos restantes terminaban convertidos en basura.
En la cueva de Valdegoba, en Huérmeces, Burgos, algunos tenían una segunda vida.
Un nuevo estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports ha revisado más de 12.000 fragmentos óseos mayores de dos centímetros, procedentes principalmente de excavaciones realizadas entre 1987 y 1991 y de una campaña posterior en 2006. Entre ellos, los investigadores identificaron 38 piezas utilizadas como retocadores, herramientas de hueso empleadas para golpear y modificar los filos de instrumentos de piedra.
Lo interesante no es simplemente que los neandertales utilizaran huesos. Eso ya se conocía en otros yacimientos paleolíticos. Lo interesante es cómo los elegían.
No servía cualquier hueso que estuviera tirado en la cueva

Los retocadores presentan pequeñas depresiones, estrías y desconchados producidos al golpear repetidamente contra los bordes de una herramienta lítica. El hueso ofrecía una superficie suficientemente resistente pero con cierta elasticidad, útil para controlar mejor ese retoque.
Cuando el equipo comparó las piezas apareció un patrón.
Los neandertales favorecían fragmentos con formas y dimensiones adecuadas para sujetarlos y golpearlos cómodamente, especialmente piezas alargadas. Es decir, no parece que levantaran simplemente el primer resto de animal que encontraban a sus pies.
Incluso apareció un ejemplar de apenas 42 milímetros, mucho menor que los demás. Los investigadores plantean que probablemente comenzó siendo una herramienta mayor, se fracturó durante su utilización y continuó aprovechándose después. Ahí aparece una idea sorprendentemente moderna: usar, romper y volver a usar.
Un hueso servía para fabricar una herramienta que después fabricaría otra cosa

Esta especie de reciclaje tecnológico nos permite mirar una actividad cotidiana que rara vez deja una escena completa en el registro arqueológico. Valdegoba ha proporcionado más de 2.500 artefactos de piedra, principalmente de sílex y cuarcita, incluidos raspadores, denticulados, puntas y numerosas lascas. Los retocadores óseos eran parte de esa cadena de producción: servían para modificar o mantener los filos de las piezas líticas.
El hueso, por tanto, podía empezar siendo parte de un animal cazado y terminar convertido en una pieza del utillaje.
El nuevo trabajo considera que la selección repetida de determinadas dimensiones y formas apunta a una gestión planificada de esos restos animales, no únicamente a usos ocasionales. Eso importa porque durante mucho tiempo la tecnología neandertal se presentó como relativamente simple y oportunista. Cada nueva evidencia de selección, reutilización y repetición de procedimientos hace que esa imagen resulte más difícil de sostener.
Doce mil huesos han terminado funcionando como una fotografía de una rutina

Valdegoba ya era un yacimiento especialmente importante para entender a los neandertales del interior de la península ibérica. Investigaciones recientes han situado algunas de sus principales ocupaciones entre aproximadamente 140.000 y 120.000 años atrás, además de documentar industria musteriense, restos humanos y una fauna diversa.
El nuevo estudio añade algo diferente: no otro gran objeto excepcional, sino una rutina. Elegir un hueso. Sujetarlo. Golpear una piedra. Revisar el filo. Volver a utilizarlo mientras siga sirviendo. Y precisamente por repetirse tantas veces, esa pequeña rutina puede resultar más reveladora que una herramienta espectacular. No demuestra por sí sola cómo enseñaban los neandertales a los más jóvenes ni qué palabras utilizaban para explicar una técnica.
Pero sí deja una señal difícil de ignorar: cuando necesitaban fabricar buenas herramientas de piedra, tampoco dejaban al azar la herramienta con la que iban a fabricarlas.