Los perros llevan miles de años conviviendo con seres humanos y escuchando nuestras voces de manera cotidiana. Esa exposición constante parece haber dejado una huella más profunda de lo que se pensaba. Un nuevo estudio realizado en Hungría encontró que sus cerebros son capaces de detectar patrones dentro del habla continua y utilizar las consonantes para identificar posibles límites entre palabras.
El fenómeno resulta especialmente interesante porque esta preferencia, conocida como sesgo consonántico, había sido observada hasta ahora principalmente en humanos. El hallazgo plantea que algunas características del procesamiento del habla podrían surgir por aprendizaje y exposición, sin necesidad de poseer capacidades lingüísticas comparables con las nuestras.
Las consonantes ayudan al cerebro a encontrar palabras
Cuando hablamos, no dejamos pausas perfectamente definidas entre todas las palabras. El cerebro debe identificar patrones dentro de una corriente continua de sonidos para determinar dónde empieza y termina cada término.
Las consonantes desempeñan un papel importante en ese proceso. Aunque las vocales suelen ser más intensas acústicamente, las consonantes proporcionan buena parte de la estructura que diferencia unas palabras de otras.
Para comprobar si los perros utilizaban una estrategia similar, investigadores del Grupo de Investigación en Neuroetología compararon las respuestas cerebrales de 20 personas y 20 perros de compañía.
Los participantes escucharon secuencias continuas en las que consonantes y vocales se alternaban sin pausas claras.

El experimento escondía diferentes patrones dentro del habla
Los científicos prepararon tres clases de secuencias.
En una de ellas, las consonantes se repetían siguiendo patrones que formaban estructuras similares a palabras de tres sílabas, mientras las vocales podían variar. En otra, ocurría lo contrario: eran las vocales las que repetían el patrón.
Una tercera secuencia funcionaba como control y no contenía ninguna regularidad reconocible.
Mientras humanos y perros escuchaban, los investigadores registraron su actividad cerebral mediante electroencefalografía no invasiva. La clave estaba en observar la sincronización neuronal, un fenómeno por el cual la actividad eléctrica del cerebro puede ajustarse al ritmo presente en los sonidos.
Los perros siguieron el ritmo de las palabras construidas con consonantes
Los resultados mostraron una similitud sorprendente.
Cuando las consonantes definían la estructura de las palabras, tanto los cerebros humanos como los caninos se sincronizaban con mayor intensidad con ese ritmo. La respuesta era más débil cuando las palabras estaban organizadas mediante vocales o cuando no existía ningún patrón.
Además, aproximadamente 400 milisegundos después del comienzo de cada palabra, humanos y perros mostraron un cambio característico en la actividad cerebral, pero únicamente cuando la estructura estaba determinada por consonantes.
Ese intervalo temporal está relacionado con procesos utilizados para segmentar el habla continua en unidades independientes.

No parece depender únicamente de la infancia
Los investigadores encontraron otro dato importante: el mismo patrón apareció en perros que habían pasado sus primeros meses viviendo en hogares y en animales que durante ese periodo habían permanecido en la calle o en refugios.
Esto sugiere que el sesgo consonántico no necesita desarrollarse durante una ventana extremadamente temprana de aprendizaje.
La exposición habitual al habla durante la vida podría ser suficiente para modificar progresivamente la manera en que el cerebro procesa esos sonidos.
Los perros no procesan el habla exactamente como nosotros
Las diferencias entre especies también fueron claras.
Los humanos consiguieron detectar, aunque con menor eficacia, palabras organizadas mediante patrones de vocales. Los perros no mostraron esa capacidad. Además, ambos cerebros siguieron el ritmo de las sílabas, pero únicamente los humanos sincronizaron su actividad con cada sonido individual del habla.
Para nosotros, cada fonema puede funcionar como una unidad diferenciada. En los perros, en cambio, la sílaba parece representar la unidad mínima de procesamiento.
El hallazgo no significa que los perros comprendan el lenguaje como las personas. Lo que demuestra es algo diferente: escuchar repetidamente el habla humana puede transformar la forma en que su cerebro organiza los sonidos, hasta generar mecanismos que se parecen en algunos aspectos a los utilizados por nuestra propia especie.