Durante muchísimo tiempo, se ha pensado que la vida humana en altura era un fenómeno relativamente reciente. Las condiciones extremas, el frío y la falta de oxígeno parecían hacer imposible un asentamiento en montañas por encima de los 2.500 metros. Pero un hallazgo en Etiopía acaba de derrumbar esa idea: hace más de 30.000 años, ya había humanos viviendo a 3.300 metros.
Fincha Habera: un refugio inesperado

El yacimiento de Fincha Habera, en los montes Bale, es la evidencia más antigua de vida humana en alta montaña que conocemos. Allí, en plena Edad de Piedra, una comunidad encontró refugio frente al hielo de la glaciación. No se sabe si fue un asentamiento permanente, pero los restos muestran un uso intensivo de los recursos locales.
Agua, obsidiana y ratas topo
Lejos de ser un entorno que parece hostil, el lugar ofrecía abundante agua glaciar y grandes reservas de obsidiana volcánica, ideal para fabricar herramientas. Y, sobre todo, un recurso alimenticio insólito: las ratas topo gigantes que habitaban la zona. Su carne fue una fuente esencial de proteínas en un ecosistema extremo.
Una adaptación que reescribe la historia

El hallazgo sitúa la presencia humana en altura miles de años antes que los registros de la meseta tibetana o el altiplano andino. Demuestra que nuestra especie fue capaz de adaptarse a entornos extremos mucho antes de lo que se creía, aprovechando cada recurso disponible para sobrevivir.
La resiliencia como sello humano
Más allá de lo arqueológico, la historia de Fincha Habera muestra hasta qué punto la curiosidad y la resistencia forman parte de lo humano. Transformar un entorno inhóspito en refugio fue posible gracias a la creatividad y la capacidad de adaptación, rasgos que han acompañado a nuestra especie desde sus orígenes.