El 8 de mayo de 2026, el mar de Bismarck, al norte de Papúa Nueva Guinea, empezó a comportarse de forma inusual. Una serie de pequeños sismos precedió la aparición de enormes columnas de vapor, ceniza y agua que se elevaban sobre la superficie. Los sensores termales de varios satélites de la NASA detectaron cambios de temperatura que delataban la presencia de magma muy cerca de la superficie marina. El Observatorio Vulcanológico de Rabaul confirmó la actividad. Y los científicos se encontraron ante una situación curiosa: no podían decir con certeza qué volcán estaba haciendo erupción.
Esa incertidumbre no es falta de atención ni de tecnología. Es el resultado de un hecho que resulta difícil de interiorizar: el 75% de toda la actividad volcánica de la Tierra ocurre bajo el océano, en una zona que conocemos con menos detalle que la superficie de Marte.
Por qué no sabemos qué volcán está en erupción: el problema de cartografiar el fondo oceánico

La región del mar de Bismarck donde ocurrió la erupción carece de mapas detallados del fondo marino. La hipótesis más probable, según el informe del Global Volcanism Program del Smithsonian Institution del 2-8 de julio de 2026, es que la fuente sea una estructura volcánica sobre la Titan Ridge, una cordillera submarina conocida por su intensa actividad tectónica. Pero el relieve exacto de esa zona es mayormente desconocido.
El agua es un obstáculo casi insalvable para la mayoría de las técnicas de observación remota. Las ondas de radar y la luz visible penetran solo unos pocos metros en el océano antes de ser absorbidas o dispersadas, lo que hace imposible usar los mismos satélites que mapean con detalle Marte o la Luna para ver el fondo del mar. Para cartografiar el lecho oceánico con alta resolución es necesario navegar sobre él con barcos equipados con sonar multihaz, que envían pulsos de sonido hacia el fondo y miden el tiempo que tardan en regresar para reconstruir la topografía submarina. Es un proceso lento, costoso y que requiere cubrir físicamente cada kilómetro cuadrado.
El resultado es que, a 2026, más del 80% del fondo oceánico no está cartografiado con resolución suficiente para identificar estructuras volcánicas individuales. Conocemos la topografía de la Luna con una resolución de metros. El fondo del océano, en la mayoría de los casos, solo lo conocemos con resoluciones de kilómetros, suficiente para ver grandes cordilleras pero no para distinguir un volcán concreto de sus vecinos.
Cómo los satélites permiten seguir erupciones que no se pueden ver directamente
Aunque el fondo oceánico es invisible desde el espacio, sus erupciones dejan huellas en la superficie que los satélites pueden detectar. Las columnas de vapor, ceniza y gases que ascienden desde el fondo hacia la superficie y luego al aire son visibles en imágenes de luz visible. Los cambios de temperatura en la superficie del mar sobre una erupción activa son detectables por los sensores infrarrojos térmicos de satélites como el Aqua y Terra de la NASA, que pueden registrar diferencias de décimas de grado. Las imágenes del 15 de mayo del Observatorio de la Tierra de la NASA mostraron material volcánico flotante (piedra pómez), aguas de color verdoso por los minerales expulsados y la columna de vapor sobre el punto de erupción.
Esa capacidad de seguimiento casi en tiempo real desde el espacio es lo que convierte a eventos como este en oportunidades científicas. Aunque no se puede estudiar directamente el volcán con submarinos o sensores en el fondo (no los hay instalados en esa zona), el registro satelital permite reconstruir la evolución temporal de la erupción, estimar la cantidad de material expulsado y hacer modelos sobre la posible morfología de la estructura volcánica que la genera.
¿Se formará una nueva isla? El antecedente de Hunga Tonga y la respuesta actual

Cuando la actividad comenzó en mayo, la intensidad de las emisiones llevó a plantear la posibilidad de que el volcán pudiera emerger sobre el nivel del mar y formar una nueva isla. No es un escenario descabellado: en 2014-2015, una erupción submarina en el Pacífico Sur creó la isla Hunga Tonga-Hunga Ha’apai, que existió hasta que una erupción mucho más potente en enero de 2022 destruyó casi por completo el terreno emergido y generó un tsunami que afectó a todo el Pacífico.
El mecanismo por el que una erupción submarina puede crear una isla es simple en principio pero exigente en práctica: el material volcánico expulsado (lava, ceniza, escoria) se acumula sobre el fondo y va formando un cono que crece hacia la superficie. Cuando la acumulación supera la profundidad del agua en ese punto, el cono emerge. Para que eso ocurra hace falta que la erupción sea suficientemente intensa y prolongada, y que el agua sea relativamente poco profunda.
En el caso del mar de Bismarck, los reportes más recientes del Observatorio Vulcanológico de Rabaul muestran que la actividad disminuyó notablemente desde mediados de junio de 2026. Prácticamente no se registran sismos asociados al volcán y solo se observan emisiones muy débiles de vapor. Como documenta el informe del Global Volcanism Program, la posibilidad de formación de una nueva isla es actualmente menor que a principios del evento. Pero la erupción dejó algo valioso: un registro satelital detallado de un proceso que ocurre constantemente bajo nuestros océanos y que, en su mayor parte, sigue siendo invisible para nosotros.