La historia evolutiva de los patos no comenzó necesariamente con un animal nadando mientras filtraba pequeños organismos del agua. Mucho antes de que aparecieran esas habilidades, una extraña ave de patas largas ya caminaba por la Antártida con un pico que empezaba a parecerse al de los anseriformes modernos.
Su nombre era Conflicto antarcticus y vivió hace aproximadamente 66 millones de años, en los comienzos del Paleoceno, cuando el planeta todavía se recuperaba de la extinción que había eliminado a los dinosaurios no avianos. Aunque su aspecto externo ya resultaba desconcertante, la mayor sorpresa se encontraba dentro de su cráneo.
Un equipo encabezado por especialistas del Centro de Investigaciones en Ciencias de la Tierra (CICTERRA, dependiente del CONICET y la Universidad Nacional de Córdoba) logró reconstruir por primera vez su neuroanatomía. Según explica el CONICET Córdoba, los investigadores utilizaron tomografías computadas e imágenes de alta resolución para crear modelos tridimensionales del cerebro y del oído interno del animal.
No encontraron un cerebro fosilizado. Lo que hicieron fue estudiar el espacio interior del cráneo y generar un molde digital de las estructuras que lo ocuparon en vida. Ese procedimiento permitió recuperar información que había permanecido encerrada en la roca durante decenas de millones de años.
Un cerebro grande al que todavía le faltaba una pieza moderna

El resultado no encaja del todo con lo que cabría esperar de un antepasado de patos, gansos, cisnes y chajáes. Conflicto antarcticus tenía un cerebro relativamente grande, pero su organización interna conservaba características que hoy se consideran ancestrales.
De acuerdo con el estudio publicado en la revista Royal Society Open Science, el animal presentaba una evolución cerebral en mosaico: algunas regiones mostraban rasgos comparables con los de aves más modernas, mientras que otras mantenían una configuración mucho más primitiva. No era simplemente una versión rudimentaria de un pato actual, sino una combinación de soluciones evolutivas antiguas y novedosas.
Una de las diferencias más llamativas era la ausencia del Wulst, una prominencia del cerebro anterior que participa en el procesamiento de información visual y sensorial y que se encuentra en numerosos grupos de aves modernas.
La falta de esta estructura no significa que Conflicto tuviera una visión deficiente. Indica, más bien, que su cerebro procesaba parte de la información sensorial de una forma diferente. El animal ya había desarrollado un cerebro voluminoso, pero todavía no contaba con todos los componentes neurológicos que posteriormente se volverían habituales entre las aves actuales.
Ese detalle es importante porque muestra que el aumento del tamaño cerebral y la aparición de estructuras especializadas no tuvieron por qué suceder al mismo tiempo. La evolución no recibió un plano terminado del pato moderno. Fue ensayando sus piezas por separado.
El olfato ocupaba un lugar mucho más importante
La reconstrucción también reveló unos bulbos olfatorios considerablemente desarrollados. Según señala el CONICET Córdoba al presentar los resultados, esta característica sugiere que el olfato tenía un papel mucho más relevante para Conflicto antarcticus que para buena parte de las aves acuáticas actuales.
El animal pudo utilizarlo para encontrar alimento, orientarse o reconocer determinadas condiciones de su entorno. Es difícil reconstruir con precisión el comportamiento de una especie desaparecida hace tantos millones de años, pero las proporciones de su cerebro permiten saber qué sentidos recibían una mayor inversión neurológica.
En los patos modernos, el pico puede funcionar como una herramienta sensorial extremadamente sofisticada. Numerosas especies detectan movimientos y pequeñas variaciones de presión al introducirlo en el agua o el barro. Conflicto, sin embargo, parece representar una etapa anterior, cuando el linaje todavía no había desarrollado completamente esas capacidades.
Los investigadores también analizaron su oído interno, una estructura relacionada con el equilibrio, la postura y la percepción del movimiento. Al combinar esos datos con la forma del cráneo y el resto del esqueleto, pudieron acercarse no solo a cómo era el animal, sino también a cómo interactuaba con su ambiente.
Tenía pico de pato, pero todavía no comía como un pato

La forma del pico de Conflicto antarcticus ya había llamado la atención cuando la especie fue descrita científicamente en 2019. Aquel trabajo lo identificó como un anseriforme troncal de unos dos kilos, capaz de volar y equipado con unas patas mucho más largas que las de los patos actuales. También concluyó que la anatomía básica del pico similar al de un pato había aparecido muy pronto en la evolución del grupo.
La nueva reconstrucción permite añadir una pieza decisiva: tener aquel pico no implicaba que el animal supiera utilizarlo como lo hacen muchos de sus parientes modernos.
Según explica Federico Javier Degrange, investigador del CICTERRA y primer autor del nuevo trabajo, el fósil permite estudiar las primeras etapas evolutivas de la alimentación de las aves acuáticas y comprender cómo aparecieron las adaptaciones relacionadas con el filtrado.
Patos, gansos y cisnes actuales pueden separar alimento del agua mediante movimientos precisos del pico y estructuras especializadas de su interior. En Conflicto, sin embargo, las adaptaciones neurológicas asociadas con ese mecanismo todavía no se encontraban plenamente desarrolladas.
El animal probablemente capturaba pequeños organismos o consumía vegetación en tierra firme, en las orillas o en masas de agua poco profundas. Su pico ya anticipaba una forma que millones de años después se volvería inconfundible, pero el sistema sensorial y cerebral necesario para convertirlo en una herramienta de filtrado aún estaba en construcción.
Los patos modernos no aparecieron de una sola vez
El fósil de Conflicto antarcticus pertenece a un momento especialmente importante. La gran extinción del final del Cretácico acababa de transformar los ecosistemas y las aves modernas comenzaban a ocupar espacios que habían quedado vacíos.
Tal como determinó su descripción original, Conflicto constituye uno de los registros más completos de un ave no marina del Paleoceno temprano en el hemisferio sur. Su presencia en la Antártida también respalda la idea de que los grandes linajes de aves modernas ya se estaban diversificando en una etapa muy temprana después de la extinción.
La nueva investigación, en la que participaron científicos del CICTERRA, la Universidad Nacional de Mar del Plata y la Universidad de Ohio, permite observar ese proceso desde una perspectiva poco habitual: el interior del cráneo. Conflicto antarcticus no era un pato mal terminado. Era un animal perfectamente adaptado a su propio mundo, con patas largas, capacidad de vuelo, un pico adelantado a su tiempo, un olfato potente y un cerebro que combinaba innovaciones con estructuras ancestrales.
Precisamente por eso resulta tan valioso. Su anatomía demuestra que los animales que hoy parecen formar conjuntos evolutivos perfectamente coordinados fueron ensamblándose poco a poco. Primero apareció el pico. Después cambiaron los sentidos, las regiones cerebrales y las estrategias de alimentación. El pato moderno, en definitiva, tardó millones de años en aprender a ser pato.