Entre los oasis de Kharga y Dakhla, a unos 650 kilómetros de El Cairo, el paisaje parece llevar una eternidad sin conocer el agua. La meseta de Abu-Tartur está formada por arena, roca y grandes depósitos de fosfato explotados para fabricar fertilizantes. Sin embargo, en una de sus capas negras y amarillentas comenzaron a aparecer dientes.
No pertenecían a animales terrestres. Eran piezas largas, triangulares, curvadas o cubiertas de pequeños bordes cortantes. Catorce dientes fosilizados que habían sobrevivido desde una época en la que aquel rincón del desierto occidental de Egipto estaba sumergido bajo un mar tropical.
Un equipo dirigido por Tarek Yassin, de la Universidad de El Cairo, ha identificado en ellos cinco especies extintas de tiburón nunca documentadas anteriormente en Abu-Tartur. Sumadas a otras dos encontradas en investigaciones previas, elevan hasta siete la diversidad conocida en el yacimiento.
El estudio publicado en Cretaceous Research convierte un puñado de dientes en una ventana hacia un Egipto que existió decenas de millones de años antes que las pirámides.
Los dientes sobrevivieron cuando el resto de los tiburones desapareció

Reconstruir un tiburón prehistórico resulta especialmente complicado. Su esqueleto está formado principalmente por cartílago, un tejido que se descompone con facilidad y rara vez llega a fosilizar.
Los dientes son diferentes. Están fuertemente mineralizados y los tiburones los reemplazan durante toda su vida, por lo que cada ejemplar puede producir miles. El cuerpo desaparece, pero algunas de esas piezas quedan enterradas y sobreviven durante millones de años.
Su forma también permite conocer cómo cazaban. Los dientes largos y estrechos estaban preparados para sujetar peces escurridizos; los más anchos y dentados podían cortar carne y atacar presas de mayor tamaño.
Las diferencias permitieron identificar ejemplares de Cretalamna, Scapanorhynchus, Serratolamna y dos especies de Squalicorax. Dos de ellas nunca habían sido registradas en Egipto. Otra, Scapanorhynchus cf. raphiodon, podría representar su primera aparición conocida en África y el registro más reciente de la especie en todo el mundo, aunque serán necesarios más fósiles para confirmarlo.
El actual desierto era un mar cálido conectado con el océano de Tetis

Los dientes quedaron depositados durante el Campaniense, una etapa del Cretácico superior situada aproximadamente entre 84 y 72 millones de años atrás.
El planeta era entonces mucho más cálido. El nivel del mar se encontraba elevado y grandes porciones de los continentes permanecían bajo aguas poco profundas. El norte de África formaba parte del margen meridional de Tetis, el enorme océano que separaba las masas continentales septentrionales de los antiguos territorios de Gondwana.
Abu-Tartur habría sido una plataforma marina tropical extraordinariamente productiva. Las corrientes profundas transportaban fósforo y otros nutrientes hacia la superficie, alimentando primero al plancton y después a peces, tortugas, reptiles marinos y grandes depredadores.
La variedad de dientes indica que aquellos tiburones no cazaban exactamente de la misma manera. Algunos frecuentaban zonas costeras; otros se movían por aguas abiertas o regiones más profundas. Una comunidad tan diversa solamente podía mantenerse sobre una red alimentaria abundante.
El “cementerio” no fue una matanza de tiburones

El título del trabajo define Abu-Tartur como un cementerio, pero allí no apareció una montaña de esqueletos ni existen pruebas de una muerte colectiva.
Los catorce dientes fueron recogidos en una capa de fosfato formada muy lentamente. Ese pequeño espesor de roca puede condensar un periodo prolongado, durante el cual las corrientes desplazaron y concentraron restos procedentes de momentos y hábitats diferentes. Las siete especies no tuvieron necesariamente que nadar juntas.
El hallazgo cuenta una historia todavía más grande que una catástrofe. El océano terminó retirándose, sus sedimentos se elevaron y el fondo marino se transformó en uno de los paisajes más áridos del planeta.
Los faraones, las pirámides y la propia civilización egipcia todavía estaban inimaginablemente lejos. Pero bajo sus futuros territorios ya quedaba enterrado otro mundo: un mar exuberante cuyos últimos grandes depredadores regresan ahora a la superficie convertidos en catorce pequeños dientes.