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Ciencia

Los titulares dicen que ya se pueden grabar películas en ADN: lo que un equipo de Penn State construyó en realidad no guarda ni un solo dato en la secuencia genética

La idea suena directamente a ciencia ficción: comprimir toda tu colección de fotos y películas dentro de las letras A, C, G y T de una molécula de ADN. Un nuevo dispositivo generó titulares en esa dirección. El problema es que ese titular describe algo que el propio experimento no hace: acá el ADN no guarda ni un solo bit de información en su secuencia genética
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Un equipo liderado por Kavya S. Keremane, de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State), desarrolló un dispositivo experimental que combina ADN sintético, nanopartículas de plata y un material semiconductor llamado perovskita, para construir una memoria resistiva de bajo consumo. El trabajo se publicó en enero de 2026 en la revista Advanced Functional Materials. Conviene aclarar de entrada qué es exactamente lo que construyeron: un memristor, no un dispositivo de almacenamiento molecular clásico que codifique información dentro de la secuencia genética.

Qué es un memristor y por qué se lo confunde con ADN de almacenamiento

Un memristor (contracción de memory resistor, resistencia con memoria) es un componente electrónico de dos terminales cuya resistencia eléctrica cambia al aplicarle un pulso de voltaje o corriente, y conserva ese valor incluso después de cortar la alimentación, como un interruptor que recuerda en qué posición quedó. El concepto lo formuló el ingeniero Leon Chua en 1971 como el cuarto elemento básico de la electrónica, junto a la resistencia, el condensador y la bobina, aunque el primer dispositivo real recién se fabricó en 2008, en los laboratorios de HP.

El almacenamiento molecular clásico de datos, esa línea de investigación que sí codifica información directamente en la secuencia de nucleótidos para archivarla in vitro, es un campo real y en desarrollo, pero no tiene nada que ver con lo que hizo este equipo. Acá, el ADN sintético no funciona como archivo: es apenas un ladrillo estructural más dentro de la nanoelectrónica del dispositivo.

Cómo está armado el dispositivo por dentro

El prototipo se organiza como una estructura vertical en capas: un electrodo inferior de óxido de indio y estaño, una capa activa híbrida formada por una película de perovskita intercalada con fragmentos de ADN sintético de 22 bases, y un electrodo superior de plata que aporta los iones metálicos necesarios para la conmutación eléctrica.

Ese ADN de 22 bases no codifica absolutamente nada en su secuencia: actúa como un andamio molecular denso y regular que ayuda a controlar el transporte de carga eléctrica y confina el campo eléctrico dentro del dispositivo. La perovskita, por su parte, aporta el comportamiento semiconductor, aunque contiene plomo y yodo, un detalle relevante a la hora de pensar en su viabilidad ambiental futura.

Dónde vive realmente el dato: en la resistencia, no en la genética

La información en este dispositivo queda asociada a distintos estados de resistencia eléctrica, exactamente igual que en cualquier otra memoria resistiva (RRAM) experimental. Un pulso llamado SET conecta filamentos de plata entre los electrodos y hace caer la resistencia (equivalente a un 1 lógico); un pulso RESET rompe parcialmente esos puentes metálicos y dispara la resistencia (equivalente a un 0 lógico). Para leer el dato, basta aplicar un voltaje muy bajo que no altere esos caminos y medir cuánta corriente circula.

El propio diseño no tendría sentido si se intentara secuenciar la molécula para recuperar información: no hay ningún dato guardado en la cadena química de nucleótidos, solo en si el camino conductor de plata está abierto o cerrado en ese instante.

El otro malentendido: el famoso ‘100 veces menos consumo’

Buena parte de la confusión mediática alrededor de este trabajo pasa también por su cifra más citada: un supuesto ahorro de energía de 100 veces frente a la memoria convencional. En la condición de baja corriente, el memristor opera a 0,17 voltios y 100 microamperios, con una potencia de conmutación de aproximadamente 17 microvatios. Esa comparación de 100 veces se establece exclusivamente frente a otros memristores experimentales descritos en la literatura científica, no frente a un disco SSD comercial, una tarjeta de memoria flash o un módulo de RAM convencional que uses en tu computadora.

El propio comunicado de Penn State llega a usar formulaciones más prudentes en algunos pasajes, hablando de aproximadamente una décima parte de la potencia de tecnologías comparables, lo que sugiere tratar con cautela cualquier cifra multiplicativa repetida sin contexto.

Resultados de laboratorio, todavía lejos de cualquier producto real

El prototipo registró unos 1.000 ciclos de conmutación y una retención de datos de 4.000 segundos, poco más de una hora, cifras notables para una prueba de concepto en ciencia de materiales, pero muy alejadas de las exigencias de la electrónica de consumo. El equipo también reportó estabilidad durante seis semanas a temperatura ambiente y tolerancia térmica cercana a los 121 grados, aunque se trata de hitos de caracterización básica en laboratorio, no de una validación lista para fabricación industrial.

Antes de llegar a cualquier producto comercial, la tecnología todavía debe resolver al menos tres desafíos mayores: fabricar matrices de millones de celdas idénticas sin variaciones de rendimiento, compatibilizar la deposición de ADN y perovskitas con los procesos térmicos estándar de la industria de semiconductores, y sortear las restricciones normativas que genera el uso de plomo y yodo en dispositivos electrónicos, como la directiva europea RoHS.

Un avance real, pero de otro tipo

Nada de esto le resta mérito al trabajo: se trata de un desarrollo genuino dentro de los materiales híbridos aplicados a la computación neuromórfica y el procesamiento en memoria, un campo donde reducir el consumo energético es un objetivo central. El problema es exclusivamente de expectativas mal planteadas: no es un pendrive biológico capaz de archivar películas en su ADN, ni va a reemplazar la memoria de un teléfono en el corto plazo. Es, en cambio, un paso de ingeniería de materiales que usa el ADN por sus propiedades físicas, no por su capacidad de codificar información genética.

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