Investigadores del yacimiento de Los Villares, en Ruidera (Ciudad Real), reexaminaron un fragmento craneal humano de especie todavía indeterminada, catalogado como Homo sp., y aplicaron paleoproteómica sobre un molar asociado, identificado como RV’23-350. El trabajo, publicado en la revista Quaternary International, determinó que el fósil perteneció a un individuo de sexo masculino, a partir del análisis de proteínas conservadas en el esmalte dental.
El yacimiento de Los Villares, ubicado en el entorno del Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, corresponde a la Submeseta Sur ibérica, una región históricamente poco representada en el registro paleontológico frente al mayor protagonismo del norte peninsular. Las campañas de excavación, dirigidas por equipos vinculados a la Universidad Complutense de Madrid, ya recuperaron más de 900 fósiles solo en su primera campaña, y superan hoy el millar en el conjunto total del sitio.
Por qué el fósil se llama Homo sp. y no tiene una especie asignada
La etiqueta Homo sp. indica una atribución al género humano sin poder precisar todavía la especie: el sp. señala que faltan rasgos diagnósticos suficientes para una asignación fiable. Un único fragmento craneal, como un hueso parietal, rara vez conserva la combinación completa de características necesarias para determinar la especie con seguridad, así que nombrar únicamente el género es, para los propios investigadores, una decisión metodológica propia de la paleoantropología más rigurosa, antes que una limitación a ocultar.
Cómo se determina el sexo de un fósil sin ADN
Para superar la fragmentación del hallazgo, el equipo recurrió a la paleoproteómica, el análisis de proteínas antiguas todavía conservadas en tejidos duros como el esmalte dental, mucho más resistentes al paso del tiempo que el ADN. Al estudiar marcadores de la amelogenina, una proteína del esmalte con variantes ligadas a los cromosomas sexuales (AMELX y AMELY), el equipo pudo inferir que el individuo al que perteneció el molar RV’23-350 era masculino, sin depender en ningún momento de material genético degradado.
Por qué el carbono-14 no sirve para datar este fósil
Uno de los métodos de datación más conocidos, el carbono-14, resulta inútil para fósiles de esta antigüedad: su alcance se agota alrededor de los 50.000 años, muy por debajo de la edad estimada para Ruidera. Para fósiles de cientos de miles de años, los especialistas recurren en cambio a un enfoque combinado de series de uranio-torio y resonancia de espín electrónico, técnicas capaces de fechar materiales mucho más antiguos con un margen de error explícito, en lugar de una cifra cerrada.
Según la cronología más respaldada por las fuentes disponibles, el yacimiento de Ruidera se ubica entre 300.000 y 400.000 años de antigüedad, con estimaciones puntuales cercanas a los 350.000 años para el material humano en particular, un rango que corresponde de lleno al Pleistoceno Medio europeo.
El mismo yacimiento, distintos fósiles, distintas fechas: por qué no es contradictorio
No es lo mismo la edad del nivel geológico que la edad de un fósil concreto: datar la capa sedimentaria que envuelve un hueso ofrece un marco temporal general, pero un resto puntual puede haberse depositado en otro momento o proceder de un nivel alterado. Esa distinción explica por qué, dentro de un mismo yacimiento, conviven niveles estratigráficos distintos, revisiones sucesivas de datación y ciertos márgenes de incertidumbre metodológica según la técnica aplicada a cada fósil en particular.
Un mosaico de poblaciones, no una línea recta hacia los neandertales
El Pleistoceno Medio europeo se entiende cada vez menos como una progresión lineal hacia los neandertales, y cada vez más como un escenario de coexistencia o alternancia regional entre poblaciones humanas con combinaciones distintas de rasgos anatómicos. Yacimientos de referencia como la Sima de los Huesos, en Atapuerca, ya muestran poblaciones de ese mismo intervalo con caracteres orientados hacia el linaje neandertal, pero esa fotografía no necesariamente se repite de forma uniforme en el resto de la Península Ibérica ni de Europa.
Frente a la idea de linajes distintos coexistiendo, los propios investigadores dejan abiertos otros escenarios posibles: variación regional dentro de una misma población amplia, hibridación entre grupos (un fenómeno frecuente en la evolución humana), o directamente sesgos del propio registro fósil, con muestreos desiguales y procesos tafonómicos que distorsionan lo que finalmente llega a manos de los científicos.
Qué falta para ponerle nombre de especie a este homínido
Pasar de la prudente etiqueta Homo sp. a una atribución de especie concreta exigiría más fragmentos diagnósticos, un contexto estratigráfico mejor delimitado, nuevas dataciones que estrechen el rango actual, y comparaciones métricas y tridimensionales con otros fósiles del Pleistoceno Medio, además de más análisis de biomoléculas como el ya aplicado al molar RV’23-350. Mantener la nomenclatura abierta, para el propio equipo, responde al rigor que exige el método científico: es preferible una respuesta incompleta y honesta que una certeza prematura.