Durante la era de los dinosaurios, los océanos estaban repletos de animales capaces de convertir una inmersión en una pesadilla: mosasaurios de 18 metros, plesiosaurios de cuello interminable y enormes tiburones. A esa lista hay que añadir ahora un depredador que prácticamente había desaparecido del registro fósil.
Se trata de Nanaimoteuthis, un género extinto de pulpos con aletas que vivió entre hace 100 y 72 millones de años. Sus representantes más grandes pudieron alcanzar los 19 metros de longitud, una escala comparable a la de los mayores reptiles marinos del Cretácico. La estimación procede de un estudio publicado en Science que ha recuperado su historia a partir de la única parte que sobrevivió: las mandíbulas.
Sus cuerpos desaparecieron, pero las mordidas quedaron grabadas

Los pulpos plantean un problema desesperante para los paleontólogos. Al carecer de huesos y conchas externas, sus cuerpos se descomponen rápidamente y rara vez llegan a fosilizarse. El resultado es un enorme punto ciego: pueden haber desempeñado un papel importante en los ecosistemas antiguos sin dejar restos evidentes.
El equipo dirigido desde la Universidad de Hokkaido examinó 15 mandíbulas conocidas e identificó otras 12 dentro de rocas procedentes de Japón y la isla de Vancouver, en Canadá. Para encontrarlas y observarlas sin destruirlas utilizó tomografía de alta resolución y un modelo de inteligencia artificial capaz de procesar los enormes conjuntos de datos tridimensionales.
Las piezas pertenecían principalmente a dos especies. Nanaimoteuthis jeletzkyi habría medido entre tres y ocho metros. La posterior Nanaimoteuthis haggarti alcanzaría entre siete y 19 metros, lo suficiente para superar en longitud a un autobús urbano.
Las mandíbulas estaban astilladas, arañadas y parcialmente destruidas

El tamaño no fue la única sorpresa. Algunas mandíbulas adultas habían perdido por desgaste hasta el 10% de su longitud y mostraban grietas, arañazos y astillas. Los investigadores interpretan esas marcas como señales de impactos repetidos contra estructuras duras.
Estos pulpos no se habrían limitado a capturar presas blandas. Sus picos pudieron triturar conchas, caparazones y esqueletos de peces, crustáceos y otros cefalópodos. El patrón encaja con animales activos que ocupaban los niveles superiores de la cadena alimentaria, junto a mosasaurios, plesiosaurios y grandes tiburones.
Hay otro detalle todavía más extraño. Los picos no se desgastaron igual en ambos lados: una zona aparece sistemáticamente más dañada que la otra. Los autores plantean que podría tratarse de lateralización, una preferencia equivalente (con muchas cautelas) a ser diestro o zurdo. Ese comportamiento se relaciona con cierta complejidad neurológica, pero las marcas por sí solas no permiten medir la inteligencia de un animal desaparecido.
Los 19 metros son una estimación, no un cuerpo fosilizado
Nadie ha encontrado un pulpo completo de 19 metros. El equipo calculó sus dimensiones comparando el tamaño de las mandíbulas con las proporciones de pulpos actuales. La conservadora del Museo de Historia Natural de Londres Zoe Hughes considera razonables esas relaciones, siempre que Nanaimoteuthis no tuviera un cuerpo radicalmente distinto al de sus parientes modernos.
Otros especialistas piden mantener abierta la horquilla. El paleontólogo Christian Klug señala que el máximo de 19 metros es posible, pero algunos ejemplares pudieron no alcanzar siquiera los diez. Aun así, una criatura de siete metros con un pico capaz de triturar esqueletos seguiría siendo uno de los invertebrados depredadores más grandes conocidos.
El descubrimiento no demuestra que estos pulpos fueran los dueños absolutos del océano ni que cazaran mosasaurios. Revela algo quizá más importante: la historia de los mares prehistóricos está sesgada hacia los animales que dejaron huesos. Durante millones de años, algunos de sus rivales más formidables pudieron desaparecer sin dejar nada salvo la huella de sus mordidas.