Un fósil puede conservar la forma de un pie durante millones de años, pero hay algo que nunca guarda: cómo se movía. Esta limitación ha complicado uno de los mayores misterios de la evolución humana. Entre seis y siete millones de años atrás, humanos y chimpancés comenzaron a recorrer caminos separados, pero seguimos sin saber si su último antepasado común trepaba como un gran simio o se desplazaba por los árboles como un mono.
Ahora, un grupo de mangabeyes fuliginosos (Cercocebus atys) observado en los bosques de Costa de Marfil ha introducido una posibilidad inesperada. Estos primates tienen pies anatómicamente diferentes a los de los chimpancés, pero consiguen doblarlos casi exactamente el mismo ángulo cuando necesitan subir por un tronco.
El chimpancé utiliza el tobillo. El mangabey dobla el centro del pie

Luke Fannin, Carmen Pape y W. Scott McGraw estudiaron mangabeyes salvajes habituados a la presencia humana en el Parque Nacional de Taï. Los investigadores grabaron sus ascensos a 30 fotogramas por segundo y analizaron el movimiento del tobillo y del mediopié en 21 registros.
La diferencia fue enorme. El tobillo alcanzó una dorsiflexión media máxima de 23,3 grados. La zona central del pie, en cambio, llegó a 45,7 grados. Ese segundo valor es prácticamente idéntico a los 45,5 grados que puede alcanzar el tobillo de un chimpancé durante una escalada vertical. También supera ligeramente los 40,7 grados registrados en cazadores-recolectores Twa expertos en trepar. Los resultados fueron publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences.
El objetivo biomecánico es el mismo. Doblar el pie permite acercar el cuerpo al árbol, reducir la fuerza que empuja al animal hacia atrás y ganar seguridad durante el ascenso. Chimpancés y mangabeyes llegan a una solución casi idéntica utilizando regiones anatómicas diferentes.
Eso es convergencia: la evolución se enfrenta al mismo problema y termina produciendo resultados parecidos sin seguir necesariamente el mismo camino.
Los huesos pueden parecer de mono y esconder movimientos de simio

Hasta ahora, buena parte del debate sobre el último antepasado común partía de una división aparentemente sencilla. Un pie similar al de los grandes simios sugería capacidad para trepar verticalmente; uno más parecido al de los cercopitécidos (el grupo que incluye macacos, babuinos y mangabeyes) apuntaba hacia un animal más especializado en caminar sobre las ramas.
Los mangabeyes de Taï acaban de complicar esa ecuación. Como explicó Fannin en el comunicado de la Universidad Estatal de Ohio, ya no se puede descartar la escalada vertical únicamente porque un fósil no presente un pie parecido al del chimpancé.
La anatomía sigue importando, pero no cuenta toda la historia. Articulaciones, ligamentos, músculos y distribución del movimiento pueden compensar una estructura ósea que, observada de manera aislada, parecería poco adecuada para trepar.
El descubrimiento no reconstruye al antepasado, pero elimina una vieja barrera
El trabajo no demuestra que nuestro último antepasado común tuviera pies de mangabey. Tampoco revela si pasaba más tiempo en el suelo, sobre ramas horizontales o escalando troncos. Los propios autores reconocen que harán falta más fósiles para resolver cuál de las anatomías propuestas se acerca más a la realidad.
Lo que sí cambia es el límite de lo posible. Incluso si aquel primate tenía un pie más parecido al de un mono que al de un chimpancé, la escalada vertical pudo seguir formando parte importante de su vida. Así lo resume el artículo de PNAS: la forma general del pie no basta para excluir un comportamiento arbóreo.
La paradoja es que un puñado de monos vivos puede contar algo que ningún esqueleto fosilizado consigue preservar. Los huesos muestran la estructura; el bosque todavía conserva el movimiento.