La relación entre la luz y el magnetismo siempre pareció estar bien delimitada. Desde los experimentos pioneros de Michael Faraday en el siglo XIX, la física asumió que la luz interactuaba con la materia principalmente a través de su campo eléctrico, mientras que su componente magnética tenía un papel casi anecdótico. Esa idea acaba de recibir un golpe inesperado.
Un estudio publicado en Scientific Reports por los físicos Benjamin Assouline y Amir Capua, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, revela que la luz puede ejercer un efecto magnético directo y significativo sobre la materia. No se trata de una corrección menor: en determinadas condiciones, esa influencia magnética puede ser comparable —o incluso dominante— frente a la eléctrica.
Una vieja intuición de Faraday, revisitada
En el año 1845, Faraday observó algo desconcertante. Al hacer pasar luz polarizada a través de un material sometido a un campo magnético, detectó un leve pero inconfundible cambio en la luz transmitida. Aquello demostró por primera vez que el magnetismo podía afectar a la luz, sentando las bases del llamado efecto Faraday.
Desde entonces, la interpretación fue clara: el campo magnético externo altera el comportamiento óptico del material. Lo que no se esperaba es que la propia luz, por sí misma, pudiera comportarse como un agente magnético activo.
Cuando la luz “retuerce” los espines

Assouline y Capua abordaron el problema desde un ángulo poco habitual. Utilizaron la ecuación de Landau-Lifshitz-Gilbert, una herramienta clásica para describir la dinámica del espín en materiales magnéticos, y la aplicaron a la interacción entre luz y materia.
El resultado fue sorprendente. La componente magnética de la luz genera un par magnético capaz de interactuar con los espines atómicos, de forma muy similar a un campo magnético estático. En el caso del granate de galio y terbio (TGG) —un material ampliamente usado para estudiar el efecto Faraday—, esta contribución representó alrededor del 17% del efecto observado en el espectro visible. En el infrarrojo, el valor escaló hasta un llamativo 75%.
“Lo que hemos descubierto es que la parte magnética de la luz tiene un efecto de primer orden; sorprendentemente, es muy activa en este proceso”, explicó Capua.
Un cambio de perspectiva con consecuencias prácticas
Este gran hallazgo no es solo conceptual. Según el físico Igor Rozhansky, de la Universidad de Mánchester, esta reevaluación podría abrir nuevas vías para manipular espines atómicos con luz, una capacidad clave para tecnologías emergentes como sensores ultrafinos, almacenamiento magnético avanzado o dispositivos espintrónicos.
Aún queda por determinar en qué materiales este efecto será realmente explotable, pero el mensaje de fondo es claro: incluso fenómenos que creíamos bien comprendidos pueden esconder capas ignoradas durante generaciones.
Casi 180 años después de Faraday, la luz vuelve a sorprender. Y lo hace recordando algo incómodo para la ciencia: incluso las teorías más consolidadas siguen siendo provisionales.