En la costa atlántica del Sahara, unos 130 kilómetros al norte de la ciudad de Dajla, el paisaje es arena, viento y océano. Allí, en la zona de Bir Anzarane, Marruecos está terminando una de las obras hídricas más ambiciosas de la región: una planta que toma agua del mar, le quita la sal y la envía a un perímetro agrícola de unas 5.200 hectáreas, el equivalente a más de 7.000 canchas de fútbol.
La región, conocida oficialmente como Dajla-Oued Ed-Dahab, forma parte del territorio del Sahara Occidental, administrado por Marruecos y cuyo estatus sigue siendo objeto de disputa internacional. El proyecto, de hecho, ha recibido críticas del Frente Polisario, que reclama la independencia del territorio.
Cómo funciona la planta

La desalinizadora usa ósmosis inversa: el agua de mar se bombea a presión a través de membranas que dejan pasar el agua y retienen la sal. Según la información difundida por las autoridades marroquíes, producirá unos 37 millones de metros cúbicos de agua al año, alrededor de 100.000 por día.
De ese total, unos 30 millones de metros cúbicos se destinarán al riego, y cerca de 7 millones al agua potable de Dajla y del nuevo puerto atlántico que se construye en la zona. La infraestructura incluye tomas marinas, sistemas de filtración, estaciones de remineralización, un embalse de riego de 87.000 metros cúbicos y un depósito de agua potable de 2.500 metros cúbicos.
La alternativa era el agua subterránea, pero los estudios técnicos recomendaban limitar su uso a unas 1.500 hectáreas para no agotar los acuíferos. El mar permite multiplicar por más de tres esa superficie.
Agua del mar, energía del viento

El gran problema de la desalinización es su consumo de energía: empujar agua a alta presión a través de membranas requiere mucha electricidad. Por eso el agua desalada suele usarse para consumo humano o industrial, y rara vez para la agricultura, donde los márgenes son más ajustados.
Para reducir ese costo, el proyecto se alimenta de un parque eólico propio. La costa de Dajla tiene vientos constantes del Atlántico, uno de los recursos eólicos más regulares del norte de África. Las cifras de potencia varían según la fuente: algunos documentos oficiales hablan de 40 megavatios y otros de 60, pero coinciden en que el componente energético ya está terminado.
Tomates, cebollas y arándanos en el desierto
El perímetro agrícola se reparte a través de licitaciones públicas. La primera, en 2022, abarcó 219 proyectos sobre las 5.196 hectáreas previstas. Le siguieron otra en septiembre de 2024, con 79 proyectos en 1.778 hectáreas, y una tercera en junio de 2026, con 35 proyectos en unas 1.090 hectáreas.
Alrededor del 70% de la superficie se destinará a hortalizas básicas, como tomates redondos y cebollas. En la zona ya se cultivan tomates, melones y arándanos, en gran parte para exportación. Las autoridades proyectan una producción de entre 400.000 y 500.000 toneladas anuales cuando el perímetro esté en pleno funcionamiento.
Una apuesta que otros ya hicieron
Marruecos no es el primero en regar con agua de mar. En el sur de España, los invernaderos de Almería y Murcia usan desde hace años agua desalada para complementar sus recursos, y en Israel una parte importante del agua de uso agrícola proviene de la desalinización y la reutilización. Pero hacerlo a esta escala en pleno desierto, con energía eólica dedicada, es una prueba de fuego para un país que atraviesa años de sequía.
La obra estaba prevista para entrar en funcionamiento a fines de 2025 o comienzos de 2026. Si cumple sus promesas, el Sahara atlántico podría convertirse en un ejemplo de cómo producir alimentos donde no llueve. Si no, será un recordatorio de lo caro que resulta pelear contra la geografía.