Una joven rubia, vestida con los colores de Brasil, baila descalza sobre un escenario mientras Flávio Bolsonaro participa en un acto político. Sonríe, posa para las cámaras y parece desenvolverse con absoluta naturalidad entre los seguidores del candidato presidencial. Las imágenes se multiplican en las redes sociales y, en cuestión de días, su popularidad alcanza cifras sorprendentes.
Todo parece formar parte de una campaña electoral en la que una nueva figura comienza a robarse la atención. Sin embargo, hay algo extraño en esas grabaciones. La protagonista aparece siempre en el lugar adecuado, sus movimientos parecen cuidadosamente calculados y su presencia despierta una curiosidad que va mucho más allá de la política.
Lo que inicialmente parecía una historia de popularidad espontánea terminó convirtiéndose en un ejemplo inquietante de cómo la inteligencia artificial puede transformar imágenes reales en escenas que nunca ocurrieron.
La misteriosa joven que apareció junto a Bolsonaro y acumuló millones de visualizaciones
La protagonista de esta historia fue presentada en Instagram y otras plataformas como Julia Berlli Cortez, aunque algunas publicaciones también la identificaban como Julia Cortez.
En los videos aparecía acompañando a Flávio Bolsonaro durante un acto celebrado en Salvador de Bahía. Vestía ropa corta con los colores de la bandera brasileña, bailaba sobre un trío eléctrico y protagonizaba escenas que sugerían una relación cercana con el candidato y su entorno.
El contenido tuvo una repercusión extraordinaria. Algunas publicaciones superaron los diez millones de visualizaciones y el perfil de Instagram asociado al personaje llegó a reunir aproximadamente medio millón de seguidores, según informaron medios brasileños.
Pero Julia no era una militante que hubiera participado en aquel evento.
La joven había sido creada mediante inteligencia artificial e incorporada digitalmente a grabaciones auténticas de actos políticos. Aunque los acontecimientos utilizados como escenario eran reales, su presencia había sido fabricada.
La estrategia aprovechaba una característica fundamental de los contenidos generados mediante IA: su capacidad para producir imágenes aparentemente espontáneas que resultan difíciles de distinguir de una grabación auténtica.
Y había otro detalle que convirtió el caso en algo todavía más controvertido.
La popularidad de la supuesta simpatizante no tenía únicamente una finalidad política. Su imagen también funcionaba como un mecanismo para atraer usuarios y dirigirlos hacia plataformas de contenido erótico de pago.
Así, una figura inexistente se convirtió simultáneamente en protagonista de propaganda electoral, fenómeno viral y herramienta de monetización digital.
Una investigación descubrió que no era un caso aislado
La controversia adquirió una dimensión mayor cuando BBC News Brasil investigó la proliferación de perfiles similares en redes sociales.
El medio identificó 37 cuentas de Instagram y TikTok que difundían fotografías y videos de mujeres generadas con inteligencia artificial para manifestar apoyo a diferentes candidatos presidenciales.
Estas publicaciones utilizaban una técnica cada vez más sofisticada: combinar personas creadas digitalmente con imágenes de acontecimientos auténticos.
El resultado no siempre consiste en fabricar una escena completamente falsa. En ocasiones, basta con introducir un personaje inexistente en una grabación real para modificar la percepción de lo sucedido.
Una multitud, un escenario y un candidato pueden haber estado efectivamente allí. Sin embargo, la presencia de una persona artificial cambia el significado de las imágenes y puede transmitir una sensación de respaldo político que nunca existió.
La investigación también abrió interrogantes sobre los recursos económicos relacionados con estas tecnologías.
Según una publicación, la campaña de Flávio Bolsonaro habría pagado 600.000 reales a una empresa vinculada con herramientas de inteligencia artificial utilizadas en operaciones de influencia política.
Ese desembolso, sin embargo, no demuestra por sí mismo que la campaña haya financiado la creación de Julia Cortez o administrado los perfiles investigados.
La cuestión central es hasta qué punto las herramientas de generación de contenido pueden convertirse en instrumentos de influencia electoral y qué responsabilidades corresponden a quienes las utilizan.
Cientos de publicaciones manipuladas y un problema que Brasil todavía intenta controlar
El episodio se produjo en medio de una expansión más amplia de los contenidos políticos creados mediante inteligencia artificial durante las elecciones brasileñas de 2026.
Un relevamiento del proyecto VigIA, desarrollado por la agencia de verificación Lupa junto con el laboratorio Recod.ai de la Universidad Estadual de Campinas, analizó 920 publicaciones políticas con uso confirmado de IA entre el 16 de agosto y el 28 de septiembre.
Los resultados mostraron la magnitud del fenómeno.
De las 920 publicaciones examinadas, 554 contenían imágenes o videos clasificados como deepfakes, mientras que apenas 371 estaban correctamente identificadas como contenido generado o modificado mediante inteligencia artificial.
Las otras 549 publicaciones no incluían la advertencia correspondiente.
Esto significa que cerca del 60 % de los materiales analizados circulaban sin una identificación adecuada, dificultando que los usuarios reconocieran su origen artificial.
Brasil cuenta con normas electorales que restringen el uso de deepfakes y establecen obligaciones de identificación para determinados contenidos producidos o alterados mediante IA.
Sin embargo, controlar su circulación representa un desafío considerable.
Muchas publicaciones proceden de cuentas anónimas, perfiles aparentemente personales o usuarios que no mantienen una vinculación pública con las campañas políticas. Esa dispersión dificulta identificar responsables y aplicar posibles sanciones.
El fenómeno conocido en redes como Bolsonaro Bombshell dejó al descubierto algo que trasciende la historia de una modelo inexistente: la posibilidad de construir figuras públicas artificiales capaces de reunir seguidores, influir en conversaciones políticas y generar ingresos económicos.
La pregunta que queda abierta ya no es solamente cuántas imágenes falsas circulan por internet, sino cuántas personas están dispuestas a confiar en ellas sin saber que aquello que observan nunca ocurrió.