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No entiendo por qué La isla de las tentaciones sigue funcionando: el morbo de Telecinco ya es rutina

No veo La isla de las tentaciones. O no voluntariamente. Como mucha gente, lo he sufrido de fondo: en casas ajenas, en reuniones, en fiestas donde los gritos, los lloros y el reggaetón se cuelan aunque no quieras. Hay quien defiende que, nueve años después, el formato sigue sorprendiendo. Yo, sinceramente, creo que se agotó en su primera edición, la del ya histórico “¡Estefanía!”, y desde entonces vive instalado en un bucle cada vez más perezoso.
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La isla de los cuernos eternos

Quizá sea cinismo o haber aprendido demasiado viendo UnReal, pero me cuesta creer la mayoría de situaciones que se ven en pantalla. Todo parece responder a un manual invisible: tira la tablet al fuego, corre hacia la playa, grita, llora, desgárrate la camisa, lanza una frase grandilocuente y repite. Nueve ediciones en cinco años con la misma coreografía emocional.

No todo es falso, claro. Hay miradas y quiebres que no se actúan, y es ahí —en esos segundos de humanidad real— donde el programa encuentra su única virtud. El problema es que esos momentos se diluyen entre toneladas de fórmula repetida. Visto un destrozo emocional, vistos todos.

Fama como único premio

A diferencia de otros realities, aquí no hay un gran premio final. La recompensa es otra: seguidores, bolos, portadas y, con suerte, un salto a Supervivientes u otro formato de la casa. Participar ya es ganar. Por eso resulta difícil comprar el discurso de la ingenuidad: si te apuntas hoy a este programa, sabes perfectamente a lo que vas.

No entiendo por qué La isla de las tentaciones sigue funcionando: el morbo de Telecinco ya es rutina
© devon_sandra – X

“Venimos a probarnos”, temporada tras temporada

Cada edición recicla las mismas frases huecas: “Hemos venido a ponernos a prueba”, “Es mi prototipo”, “Lo tuyo es conexión”, “Ya no es mi pareja, Sandra”. Dichas por personas distintas, producen siempre el mismo resultado. Y desde el punto de vista de Telecinco, tiene sentido: mientras superen el millón de espectadores, ¿para qué cambiar?

Lo desconcertante no es que la cadena insista, sino que el público siga respondiendo igual.

Del impacto al agotamiento

La primera edición funcionó porque era inédita, una versión extrema de Confianza ciega adaptada a la era del reality sin filtros. El morbo movió a unos tres millones de espectadores semanales. Pero cuando la dinámica se convierte en una fotocopia eterna, la pregunta es inevitable: ¿qué incentivo hay para tragarse más de 25 episodios que podrían resumirse en uno?

No entiendo por qué La isla de las tentaciones sigue funcionando: el morbo de Telecinco ya es rutina
© islatentaciones – X

Entiendo el atractivo del schadenfreude, ese placer incómodo al ver sufrir a otros. Entiendo incluso que, en un mundo agotador, alguien encuentre descanso mental en un reality de infidelidades. Lo que me cuesta comprender es la resistencia infinita de un formato que ya no sorprende ni siquiera cuando sube el volumen del escándalo.

Más ruido, menos ideas

El problema ya no es moral —hipersexualización, humillación pública, intimidades vendidas— sino creativo. Un programa que solo sabe sobrevivir yendo “más fuerte, más alto, más ruidoso”. Este año ha habido incluso una embarazada. Dentro de unos años, probablemente alguien dará a luz en la isla. Todo por mantener una audiencia cautiva.

Al final, La isla de las tentaciones no se sostiene por su frescura, sino por inercia. Y eso, más que indignante, empieza a ser profundamente aburrido.

Fuente: Espinof.

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