La idea de encontrar sangre de dinosaurio suele llevar directamente a Jurassic Park. Por eso, los autores de un nuevo estudio se apuraron a aclararlo: no hay ningún frasco con sangre de dinosaurio. Lo que encontraron es algo más sutil, pero científicamente muy valioso: lo que su autora principal describe como un eco mineral y molecular de la biología antigua.
El trabajo, publicado el 2 de noviembre en la revista PNAS, fue liderado por la geoquímica orgánica Kliti Grice, de la Universidad de Curtin, en Australia, con la participación del paleontólogo brasileño Alexander Kellner, del Museo Nacional de Brasil. Según los investigadores, se trata de la evidencia más sólida hasta la fecha de glóbulos rojos preservados en un fósil de dinosaurio.
Un dinosaurio nacido del fuego
El fósil pertenece a Aratasaurus museunacionali, un dinosaurio carnívoro bípedo que vivió hace unos 115 millones de años, durante el Cretácico, en lo que hoy es el noreste de Brasil. Sus restos, que incluyen parte de un fémur, una tibia y el pie derecho, fueron hallados en 2008 en una mina de yeso del estado de Ceará y descritos como una especie nueva en 2020.
El ejemplar medía unos tres metros de largo y tenía alrededor de cuatro años cuando murió, por lo que probablemente era un juvenil o un adulto joven. Su nombre tiene una historia especial: combina palabras del tupí que significan nacido del fuego, en homenaje al Museo Nacional de Brasil, cuyo edificio fue devastado por un incendio en 2018. El fósil estaba guardado en una zona del museo que no resultó afectada.
Qué encontraron dentro del hueso
El equipo analizó el interior del hueso con técnicas de imagen microscópica y análisis químicos realizados directamente sobre la muestra, sin extraer el material. Se concentraron en los canales vasculares, los pequeños conductos por donde circulaban los vasos sanguíneos en el animal vivo.
Allí encontraron numerosas estructuras microscópicas con forma y tamaño compatibles con glóbulos rojos fosilizados. Pero la forma sola no alcanza: muchas estructuras minerales pueden parecerse a células sin serlo. Por eso, los investigadores combinaron varias líneas de evidencia. Las estructuras estaban justamente dentro del sistema vascular, mostraban un patrón de mineralización coherente y, sobre todo, aparecieron señales químicas del hemo, la molécula que contiene hierro y forma parte de la hemoglobina, la proteína que transporta el oxígeno en la sangre. También detectaron aminoácidos relacionados con el colágeno, la principal proteína del hueso.
Lo que no significa
Los propios autores ponen límites claros. El hallazgo no implica que haya sobrevivido ADN de dinosaurio. El ADN se degrada con relativa rapidez, y el más antiguo conocido, recuperado de sedimentos en Groenlandia, tiene unos 2 millones de años, muy lejos de los 115 millones de este fósil. Los aminoácidos detectados tampoco equivalen a recuperar proteínas intactas ni información genética.
Lo que sí muestran es que ciertos componentes de la sangre pueden dejar una huella química y estructural capaz de resistir decenas de millones de años, si las condiciones de fosilización son las adecuadas.
Una búsqueda de dos décadas
La posibilidad de que los fósiles conserven restos de tejidos blandos genera debate desde hace años. En 2005, la paleontóloga Mary Schweitzer sorprendió al mundo al describir estructuras flexibles parecidas a vasos sanguíneos en un hueso de Tyrannosaurus rex. En 2015, un equipo del Imperial College de Londres reportó estructuras similares a glóbulos rojos en huesos de dinosaurios de unos 75 millones de años. Y otro equipo de la Universidad de Curtin identificó estructuras parecidas a células sanguíneas en un ictiosaurio, un reptil marino del Jurásico de unos 183 millones de años.
Muchos de esos hallazgos fueron recibidos con escepticismo, porque es difícil descartar la contaminación moderna, la acción de bacterias o la formación de estructuras minerales que imitan células. Por eso el nuevo estudio pone el énfasis en combinar varias pruebas independientes. Si se confirma, abre la puerta a estudiar aspectos de la fisiología de los dinosaurios que hasta ahora parecían imposibles de conocer, como el tamaño de sus glóbulos rojos o pistas sobre su metabolismo.