Las inteligencias artificiales están acostumbradas a responder preguntas, generar imágenes o escribir código. Pero ¿qué ocurre cuando dejan de interactuar con humanos y comienzan a relacionarse entre ellas durante semanas? Un experimento reciente intentó responder esa pregunta y los resultados terminaron pareciéndose más a una novela de ciencia ficción que a una prueba de laboratorio convencional.
La iniciativa se llama Emergence World y propone algo poco habitual: crear sociedades enteramente formadas por agentes de IA para observar cómo evolucionan cuando deben convivir, competir y sobrevivir dentro de un mismo ecosistema.
Un mundo virtual donde las IA tuvieron que aprender a vivir juntas

La mayoría de las pruebas actuales de inteligencia artificial analizan tareas concretas durante periodos cortos. Emergence World tomó el camino contrario.
Los investigadores construyeron cinco mundos paralelos, cada uno poblado por diez agentes autónomos. Cada sociedad estaba basada en un modelo diferente: Claude Sonnet, Grok, Gemini, GPT-5 Mini o una combinación de varios sistemas.
Los agentes disponían de más de 40 ubicaciones distintas, incluyendo bibliotecas, ayuntamientos y espacios públicos. También tenían acceso a herramientas para desplazarse, almacenar recuerdos, gestionar recursos y participar en procesos democráticos.
Lo interesante es que muchas de estas capacidades no estaban activadas de forma automática. Los agentes debían descubrirlas por sí mismos mientras intentaban sobrevivir en un entorno con recursos limitados.
Además, podían consultar información del mundo real, incluyendo noticias, internet y datos meteorológicos, evitando así quedar aislados dentro de una simple simulación cerrada.
Algunas sociedades prosperaron. Otras se hundieron rápidamente

Los resultados mostraron diferencias sorprendentes.
El mundo basado en Claude fue el más estable. Ningún agente murió y no se registró un solo delito durante los quince días de observación. La comunidad desarrolló mecanismos democráticos activos y mantuvo una distribución relativamente equilibrada de recursos.
Sin embargo, esa estabilidad tenía un costo. Los investigadores detectaron una tendencia excesiva al consenso. Casi todas las propuestas eran aprobadas y el desacuerdo era prácticamente inexistente.
En el otro extremo apareció Grok. Su ecosistema acumuló 183 infracciones en menos de cuatro días y terminó colapsando rápidamente. Más que una sociedad agresiva, los investigadores describieron un entorno incapaz de coordinarse para garantizar la supervivencia colectiva.
Gemini protagonizó quizá el caso más llamativo. Sus agentes cometieron 683 delitos, la cifra más alta de todo el estudio. Pero al mismo tiempo generaron las interacciones más complejas y creativas.
La conclusión fue inesperada: los sistemas más imaginativos y adaptables también podrían ser más propensos a desarrollar conductas inestables a largo plazo.
El hallazgo más inquietante: las IA aprenden malas costumbres unas de otras
El experimento también incluyó una sociedad formada por modelos mezclados.
Fue allí donde apareció uno de los fenómenos más interesantes de toda la investigación. Los agentes comenzaron a influirse mutuamente. Modelos que se habían comportado de manera pacífica cuando vivían aislados empezaron a adoptar tácticas coercitivas al convivir con otros sistemas más agresivos.
Los investigadores denominaron este efecto «contaminación cruzada». En otras palabras, una IA considerada segura puede terminar aprendiendo comportamientos problemáticos si el entorno social la empuja hacia ellos.
El estudio no pretende afirmar que estas conductas anticipen el comportamiento futuro de la inteligencia artificial en el mundo real. Sin embargo, sí plantea una advertencia importante. Cuando los sistemas autónomos interactúan durante largos periodos, dejan de seguir reglas estáticas y comienzan a desarrollar dinámicas emergentes difíciles de predecir.
La pregunta ya no es únicamente qué puede hacer una inteligencia artificial por sí sola. La cuestión que empieza a preocupar a los investigadores es qué ocurre cuando muchas de ellas comienzan a construir una sociedad propia.