Una lamprea marina se adhirió recientemente a la mano de un congresista estadounidense. No fue un ataque imprevisto ni una escena de una película de terror. El animal había sido llevado deliberadamente al Capitolio para que los políticos pudieran conocer de cerca al invasor que Estados Unidos y Canadá llevan intentando contener desde hace siete décadas.
Su boca circular, llena de dientes y diseñada como una ventosa, resume bastante bien el problema. La lamprea se fija a peces como las truchas, los salmones o los corégonos, abre una herida con la lengua y se alimenta de su sangre y fluidos corporales. Cada individuo puede matar hasta 18 kilogramos de peces durante su fase parasitaria, mientras que una sola hembra es capaz de producir alrededor de 100.000 huevos.
El programa creado para detenerla se considera uno de los mayores éxitos en la lucha contra una especie invasora. Sin embargo, la pandemia obligó a reducir temporalmente sus operaciones y terminó provocando algo que los responsables bautizaron como “el experimento prohibido”: comprobar qué sucedería si dejaban de combatirla, explica CNN en Español.
Un invasor que convirtió los Grandes Lagos en un enorme comedero

La lamprea marina es nativa del Atlántico. Las cataratas del Niágara actuaron durante mucho tiempo como una barrera natural que impedía su avance más allá del lago Ontario, pero las sucesivas modificaciones del canal Welland le permitieron alcanzar el resto de los Grandes Lagos durante las primeras décadas del siglo XX. En 1938 ya había llegado al lago Superior.
Allí encontró abundantes presas, excelentes lugares para reproducirse y prácticamente ningún depredador preparado para detenerla. La captura de trucha de lago en los Grandes Lagos superiores pasó de unos 6,8 millones de kilogramos anuales antes de la invasión a poco más de 136.000 kilogramos a comienzos de la década de 1960.
Estados Unidos y Canadá reaccionaron creando la Comisión de Pesca de los Grandes Lagos. Los científicos comenzaron a probar miles de sustancias hasta encontrar una capaz de matar a las larvas de lamprea sin destruir a la mayoría de las especies nativas.
La respuesta fue el TFM, abreviatura de 3-trifluorometil-4-nitrofenol. Aplicado cuidadosamente en los ríos donde las lampreas pasan varios años enterradas como larvas, el compuesto interrumpe su producción de energía antes de que puedan transformarse, entrar en los lagos y comenzar a alimentarse.
El programa, acompañado por barreras, trampas y otras técnicas, ha reducido la población de lampreas alrededor de un 90% en buena parte de la cuenca. El éxito es tan constante que resulta fácil olvidar que no se trata de una erradicación: millones de ejemplares deben seguir siendo eliminados cada año para evitar que todo el sistema vuelva atrás.
La pandemia realizó el experimento que nadie se atrevía a intentar

En 2020 y 2021, las restricciones sanitarias y la necesidad de mantener distancias entre los equipos impidieron ejecutar el programa completo. Aquel paréntesis no parecía demasiado largo, pero encajaba perfectamente con el ciclo vital de la especie.
Las larvas que sobrevivieron a los tratamientos cancelados terminaron convirtiéndose en adultos. Cuando aparecieron en los lagos, las poblaciones habían aumentado hasta un 300% en algunas áreas, aunque el impacto fue desigual entre unas regiones y otras. La reducción del control también habría ocasionado pérdidas próximas a los 2.000 millones de dólares para la actividad pesquera y su economía asociada.
La situación confirmó aquello que los responsables sospechaban desde hacía años: el aparente equilibrio de los Grandes Lagos no era natural. Dependía de una intervención humana continuada y extremadamente precisa.
Tras recuperar los tratamientos habituales, las cifras comenzaron a descender. En 2025 se capturaron unos 37.800 adultos, ligeramente por debajo del promedio registrado antes de la pandemia. Cuatro de los cinco lagos mostraron una caída respecto al año anterior, aunque la abundancia continuó siendo elevada en el lago Superior.
Una presa que pretende reconocer a cada pez antes de dejarlo pasar

El TFM continúa siendo la principal herramienta, pero los investigadores no quieren depender indefinidamente de un único compuesto. También trabajan con feromonas, señales de alarma, barreras eléctricas, luz, sonido y corrientes de agua capaces de guiar o rechazar a determinadas especies.
El experimento más ambicioso es FishPass, una instalación que está sustituyendo a la antigua presa de Union Street, en el río Boardman-Ottaway de Michigan. Su objetivo parece sencillo hasta que se intenta llevarlo a la práctica: permitir el paso de peces nativos y bloquear automáticamente a los invasores.
El sistema podrá probar tecnologías como reconocimiento de formas mediante vídeo, diferencias en la capacidad de natación, estímulos luminosos y señales químicas. En vez de mantener el río completamente cerrado, funcionará como un control fronterizo para peces.
El proyecto entró en su última fase de construcción en junio de 2026. Las obras dentro del río se acercan a su finalización, mientras que las instalaciones públicas, educativas y de investigación deberían quedar terminadas en 2027.
El segundo gran proyecto es todavía más difícil
Las lampreas no son los únicos visitantes indeseados. Más de 180 especies no nativas se han establecido en los Grandes Lagos, aunque solo una parte provoca daños ecológicos graves. Entre las más destructivas se encuentran los mejillones cebra y quagga, introducidos probablemente mediante el agua de lastre de embarcaciones durante la década de 1980.
Estos animales filtran enormes cantidades de agua y retiran de ella el fitoplancton y otros nutrientes. El agua puede parecer más limpia, pero esa transparencia es engañosa: la comida ha sido trasladada desde la columna de agua hasta el fondo, alterando la red alimentaria de la que dependen los peces jóvenes y especies comercialmente importantes como el corégono.
A diferencia de la lamprea, todavía no existe una herramienta que permita controlar los mejillones a escala de los cinco lagos sin causar daños inaceptables a otros organismos. Por eso, legisladores de ambos partidos presentaron la Save the Great Lakes Fish Act, que autorizaría 500 millones de dólares durante diez años para coordinar la búsqueda de una solución.
El proyecto, presentado en noviembre de 2025, seguía pendiente en julio de 2026. El comité asesor estadounidense-canadiense de la Comisión aprobó por unanimidad una resolución para reclamar al Congreso su aprobación y convertir la lucha contra los mejillones en el segundo gran “moonshot” científico de los Grandes Lagos.
La primera hazaña necesitó probar miles de sustancias en frascos hasta descubrir cómo matar una lamprea sin acabar con los demás peces. La segunda quizá requiera la misma obstinación, pero con un enemigo diminuto, inmóvil y extendido por una superficie de agua comparable a la de un país. El “experimento prohibido” dejó una lección incómoda. Cuando una invasión alcanza semejante escala, ganar no significa eliminar al enemigo para siempre. A veces significa no dejar de combatirlo ni un solo año.