El lenguaje humano suele presentarse como una frontera clara entre nuestra especie y el resto del reino animal. Sin embargo, algunos experimentos están empezando a cuestionar hasta qué punto esa frontera es tan rígida. Un nuevo estudio con pollitos recién nacidos sugiere que ciertas asociaciones entre sonidos y formas —consideradas durante mucho tiempo parte del funcionamiento del lenguaje— podrían surgir incluso en cerebros que jamás han escuchado una palabra.
El extraño fenómeno Bouba-Kiki

Desde hace décadas, psicólogos y lingüistas conocen un fenómeno curioso llamado efecto Bouba-Kiki. Cuando a las personas se les muestran dos figuras —una redondeada y otra llena de picos— y se les pide que asignen a cada una los nombres inventados “bouba” y “kiki”, la mayoría elige la misma combinación: “bouba” para la forma redonda y “kiki” para la puntiaguda.
Lo sorprendente es que esta asociación aparece de manera consistente en diferentes culturas y lenguas. Incluso niños muy pequeños tienden a realizar la misma correspondencia. Esta regularidad llevó a los investigadores a preguntarse si el cerebro humano podría estar predispuesto a vincular ciertos sonidos con determinadas características visuales.
La cuestión sigue abierta. Algunos científicos sostienen que estas asociaciones se aprenden muy temprano a partir de patrones del entorno. Otros sospechan que podrían reflejar una organización perceptiva más profunda, presente incluso antes de que aparezca el lenguaje.
Por qué los científicos recurrieron a pollitos

Resolver esa duda en humanos resulta complicado. Incluso los bebés acumulan rápidamente experiencia sensorial que podría influir en sus respuestas. Por esa razón, un equipo de investigadores de la Universidad de Padua decidió estudiar el fenómeno en una especie muy distinta: pollitos domésticos recién nacidos.
Las crías de gallina presentan una ventaja experimental importante. Son animales precociales, lo que significa que nacen con sistemas sensoriales bastante desarrollados. Esto permite evaluar su comportamiento casi inmediatamente después de salir del huevo, en condiciones cuidadosamente controladas.
En el experimento, los huevos se incubaron en laboratorio y los pollitos crecieron sin exposición previa a los estímulos utilizados en la prueba. Los investigadores querían asegurarse de que cualquier preferencia observada no pudiera explicarse por aprendizaje previo.
Un experimento simple con resultados sorprendentes
El procedimiento tenía dos etapas. Primero, los pollitos aprendieron a rodear un panel para obtener comida. En esta fase inicial el panel mostraba una figura ambigua, con bordes tanto curvos como puntiagudos.
Una vez completado el entrenamiento, comenzaba la prueba real. Los animales se enfrentaban a dos paneles distintos: uno con una figura claramente redondeada y otro con una figura claramente angular. Al mismo tiempo, los investigadores reproducían repetidamente uno de dos sonidos artificiales: “bouba” o “kiki”.
El resultado fue sorprendentemente claro. Cuando sonaba “kiki”, los pollitos tendían a dirigirse hacia la figura puntiaguda. Cuando escuchaban “bouba”, preferían la figura redondeada. Es exactamente el mismo patrón que aparece en humanos.
Lo que esto podría decir sobre el cerebro

El hallazgo es significativo porque los pollitos nunca habían experimentado ese tipo de asociación antes del experimento. Aun así, mostraron una preferencia sistemática que coincide con la observada en nuestra especie.
Para los investigadores, esto sugiere que las asociaciones entre sonido y forma podrían surgir de mecanismos perceptivos básicos, no necesariamente del aprendizaje lingüístico. En otras palabras, el cerebro podría organizar la información sensorial siguiendo ciertas correspondencias naturales.
La idea encaja con observaciones presentes en el mundo físico. Los objetos pequeños tienden a producir sonidos más agudos, mientras que los grandes generan tonos más graves. Detectar estas regularidades podría ayudar a los animales a interpretar su entorno con rapidez.
Una pista evolutiva sobre el origen del lenguaje
El aspecto más intrigante del estudio es su dimensión evolutiva. Humanos y aves están separados por más de 300 millones de años de evolución, pero el experimento sugiere que ambos comparten una tendencia similar a vincular sonidos y formas.
Eso no significa que los pollitos posean lenguaje ni que comprendan palabras. Lo que indica es que ciertas bases perceptivas sobre las que el lenguaje se apoya podrían ser mucho más antiguas de lo que imaginábamos.
Si estas predisposiciones existían antes de la aparición del lenguaje humano, es posible que hayan servido como una especie de andamiaje cognitivo. Un sistema que ayudó a nuestros ancestros a organizar sonidos, objetos y significados de manera coherente.
En ese sentido, el experimento no demuestra que los pollitos “entiendan” palabras. Lo que revela es algo quizá más interesante: que algunos de los principios que utilizamos para construir el lenguaje podrían estar profundamente arraigados en la arquitectura del cerebro animal.
Y si eso es cierto, la historia del lenguaje humano podría empezar mucho antes de lo que pensábamos. Mucho antes incluso de que existieran las palabras.