La palabra peste sigue teniendo algo de medieval. Evoca ciudades del siglo XIV, ratas, pulgas y millones de muertos durante la Peste Negra. Pero la bacteria responsable de aquella catástrofe, Yersinia pestis, nunca desapareció.
Continúa circulando entre pequeños mamíferos y sus pulgas en distintas regiones del planeta y, ocasionalmente, sigue infectando a seres humanos. La diferencia es que hoy conocemos mucho mejor a su responsable y disponemos de antibióticos capaces de detenerlo.
Sin embargo, hay una variante que sigue preocupando especialmente a los epidemiólogos. No es la clásica peste bubónica de los ganglios inflamados. Es la peste neumónica, una infección capaz de instalarse directamente en los pulmones y cambiar por completo la manera en la que la enfermedad puede propagarse.
La misma bacteria, pero unas reglas completamente diferentes

La peste bubónica suele comenzar con la picadura de una pulga infectada. Y. pestis penetra en el organismo, viaja hasta los ganglios linfáticos y comienza a multiplicarse. Allí aparecen los característicos bubones, inflamaciones dolorosas que dieron nombre a esta forma de la enfermedad.
La neumónica puede surgir si una infección bubónica o septicémica avanza hasta los pulmones. Pero también existe una segunda vía mucho más inquietante: inhalar partículas respiratorias que contengan la bacteria. Eso la convierte en la única forma de peste capaz de transmitirse directamente de una persona a otra.
No significa que Yersinia pestis se comporte como un virus respiratorio extremadamente contagioso. La transmisión requiere exposición a partículas respiratorias de un enfermo, normalmente en situaciones de contacto cercano. Pero esa capacidad permite que aparezcan cadenas de contagio que simplemente no existen de la misma manera con la peste bubónica.
El mayor problema no es solo cómo se contagia: es la velocidad

Después de una infección por peste neumónica, prácticamente todo puede ocurrir muy deprisa. El periodo de incubación puede ser de apenas 24 horas. Los primeros síntomas incluyen fiebre, dolor de cabeza y debilidad, pero rápidamente puede aparecer una neumonía grave acompañada de dificultad para respirar, dolor torácico y tos. Algunos pacientes producen además esputo sanguinolento o acuoso. Y ahí empieza la verdadera carrera.
La OMS advierte que, sin tratamiento, la peste neumónica puede resultar mortal entre 18 y 24 horas después de comenzar la enfermedad. La organización la considera la forma más virulenta de la peste. La buena noticia es que esa velocidad tiene una contrapartida enorme respecto de las pandemias medievales: hoy puede tratarse.
Los antibióticos funcionan contra Yersinia pestis. Los CDC utilizan, entre otras opciones, gentamicina y fluoroquinolonas, y recomiendan comenzar el tratamiento en cuanto exista una sospecha clínica suficiente, sin esperar necesariamente a que las pruebas de laboratorio terminen de confirmar la infección. El tratamiento suele prolongarse entre 10 y 14 días. De hecho, cuando la peste neumónica se reconoce y trata durante las primeras 24 horas desde la aparición de los síntomas, las probabilidades de recuperación son altas.
La Peste Negra terminó. La peste, no
Quizá esa sea la parte más extraña de toda la historia. Una bacteria asociada a algunas de las peores pandemias conocidas continúa formando parte de ecosistemas modernos. La OMS señala que la peste humana permanece endémica en varios países y que, entre 2019 y 2025, la mayoría de los casos notificados se registraron en Madagascar y República Democrática del Congo.
Incluso Estados Unidos continúa detectándola. Los CDC calculan una media de alrededor de siete casos humanos anuales, principalmente en zonas rurales del oeste del país, aunque más del 80% corresponden a peste bubónica.
Tampoco existe una vacuna de uso general que haya hecho desaparecer el problema. La OMS no recomienda la vacunación rutinaria y la reserva para circunstancias de alto riesgo, como determinadas exposiciones profesionales. Así que Yersinia pestis sigue siendo básicamente la misma bacteria que aterrorizó al mundo siglos atrás.
Lo radicalmente distinto es todo lo que hay alrededor: diagnóstico, aislamiento, vigilancia epidemiológica y antibióticos capaces de convertir una infección históricamente devastadora en una enfermedad tratable, siempre que se llegue antes de que ese reloj de 24 horas se agote.