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Ciencia

España introdujo más de 6.000 cangrejos americanos para crear un negocio. Medio siglo después, ya no puede deshacerse de ellos

En 1974, miles de cangrejos rojos procedentes de Luisiana llegaron a las marismas del Guadalquivir para impulsar una nueva industria. La especie escapó al control humano, colonizó ríos y humedales y se convirtió en una invasora tan extendida que eliminarla por completo ya no resulta realista.
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En 1974, más de 6.000 cangrejos rojos americanos procedentes de Luisiana fueron introducidos en las marismas del Bajo Guadalquivir. La idea era aprovechar su rápido crecimiento y su resistencia para desarrollar una nueva actividad acuícola capaz de generar riqueza en el sur de España.

Parecía una apuesta comercial prometedora. Terminó convirtiéndose en una de las invasiones biológicas más importantes de Europa.

La operación no fue la primera. Un año antes ya se habían liberado 500 ejemplares —250 machos y 250 hembras— cerca de Badajoz. Los análisis genéticos indican que ambas introducciones, promovidas por el aristócrata Andrés Salvador de Habsburgo-Lorena, originaron buena parte de las poblaciones que hoy se extienden por Europa.

Una especie preparada para sobrevivir casi en cualquier lugar

El cangrejo rojo americano, cuyo nombre científico es Procambarus clarkii, reunía exactamente las características que buscaba la industria: crece rápido, se reproduce con facilidad y tolera condiciones ambientales extremas.

El problema es que esas mismas cualidades lo convirtieron en un invasor formidable.

Puede desplazarse fuera del agua, excavar galerías profundas y resistir periodos de sequía refugiándose en el barro. También soporta aguas cálidas, contaminadas o con poco oxígeno, lo que le permite instalarse en ambientes donde otros crustáceos difícilmente sobrevivirían.

Tras su llegada, las liberaciones y los traslados realizados por humanos aceleraron su expansión. En pocas décadas colonizó canales de riego, arrozales, lagunas, embalses y ríos de gran parte de la península ibérica. Actualmente figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras.

España introdujo más de 6.000 cangrejos americanos para crear un negocio. Medio siglo después, ya no puede deshacerse de ellos
© Magnific

El invasor que transformó los humedales

Su avance provocó consecuencias mucho más profundas que la simple aparición de una nueva especie.

El cangrejo rojo consume plantas acuáticas, invertebrados, pequeños peces y huevos y larvas de anfibios. Al destruir la vegetación, reduce los refugios disponibles para otros animales y altera la calidad del agua. Su actividad excavadora también degrada las orillas, remueve los sedimentos y aumenta la turbidez de lagunas y humedales.

Además, actúa como portador del microorganismo responsable de la peste del cangrejo. Aunque las especies norteamericanas pueden tolerarlo, la infección ha resultado devastadora para distintas poblaciones europeas de cangrejos autóctonos.

En espacios como Doñana, su presencia modificó incluso las relaciones alimentarias. Garzas, cigüeñas, nutrias y otros depredadores comenzaron a incorporarlo a su dieta, creando una paradoja: el invasor daña el ecosistema, pero algunos animales ya lo utilizan como una fuente habitual de alimento.

De amenaza ambiental a motor económico

Mientras se extendía por los humedales, el cangrejo también empezó a sostener una industria basada en su pesca, procesado y exportación. En municipios próximos a las marismas del Guadalquivir, muchas familias pasaron a depender de un animal que oficialmente debía ser controlado.

Esa transformación complica todavía más su gestión. Investigadores de la Estación Biológica de Doñana advierten que convertir una especie invasora en un producto valioso puede generar incentivos para conservar sus poblaciones, en lugar de reducirlas. Cuando un problema ambiental se convierte en negocio, los objetivos económicos y ecológicos pueden entrar en conflicto.

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© Magnific

Medio siglo después, la erradicación ya no es una opción realista

Eliminar poblaciones pequeñas y aisladas todavía puede ser posible. Hacerlo en toda la cuenca del Guadalquivir, donde el cangrejo lleva décadas reproduciéndose y ocupa una enorme red de humedales y canales, es otra historia.

La especie está demasiado extendida, se reproduce con rapidez y puede permanecer escondida en galerías donde las trampas no llegan. La retirada total exigiría una intervención gigantesca y podría afectar también al resto del ecosistema.

Por eso, las medidas actuales se centran principalmente en controlar poblaciones concretas, proteger hábitats vulnerables y evitar nuevas introducciones. La historia del cangrejo rojo demuestra que una decisión económica tomada en pocos meses puede modificar un territorio durante generaciones: España necesitó miles de ejemplares para iniciar el negocio, pero medio siglo no ha sido suficiente para recuperar el ecosistema anterior.

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