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Ciencia

Reescriben la historia humana. Hace dos millones de años, nuestros antepasados eligieron vivir donde nadie esperaba

Un análisis global de yacimientos arqueológicos sugiere que la evolución humana no se forjó en terrenos cómodos, sino en paisajes complejos que moldearon nuestra dieta, nuestra cultura y hasta nuestra mente.
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La imagen clásica de los primeros humanos caminando por grandes llanuras abiertas podría estar incompleta. Un nuevo estudio internacional acaba de añadir un giro inesperado a ese relato: nuestros antepasados no solo sobrevivieron en zonas montañosas, sino que las eligieron deliberadamente como hogar.

La investigación, publicada en Science Advances, analizó más de 2.700 yacimientos arqueológicos repartidos por África y Eurasia, combinando datos climáticos, modelos de vegetación y registros fósiles de los últimos tres millones de años. El patrón que emergió fue claro: a medida que avanzaba la evolución humana, las poblaciones tendían a instalarse en paisajes con relieve.

Las montañas ofrecían algo que las llanuras no

Reescriben la historia humana. Hace dos millones de años, nuestros antepasados eligieron vivir donde nadie esperaba
© James Ives.

El motivo no era la altura en sí, sino la diversidad. Las pendientes y los cambios de altitud generaban una sorprendente variedad de ecosistemas concentrados en pocos kilómetros. En un solo día de desplazamiento, un grupo humano podía acceder a bosques, praderas, matorrales y fuentes de agua.

Para comunidades cazadoras-recolectoras, eso equivalía a una despensa natural permanente. Si una fuente de alimento fallaba, había alternativas cerca. Esa estabilidad resultaba más valiosa que la comodidad de un terreno plano.

El estudio sugiere que esta diversidad ecológica fue un factor clave en la supervivencia de especies tempranas como Homo habilis y Homo ergaster, que comenzaron a frecuentar estos entornos hace unos dos millones de años.

El precio físico de vivir cuesta arriba

Moverse en terrenos irregulares implicaba un coste energético mayor. Caminar, cazar o transportar alimento requería más esfuerzo y planificación. También significaba enfrentarse a climas más variables y a rutas menos previsibles.

Aun así, el balance parecía favorable. Los beneficios superaban los riesgos, y con el tiempo las especies humanas se adaptaron física y socialmente. Cambió la anatomía, se amplió la dieta y surgieron nuevas estrategias de cooperación.

Ese proceso no fue continuo. Hace aproximadamente un millón de años, coincidiendo con fuertes cambios climáticos globales, esta preferencia por los entornos montañosos se interrumpió. Los investigadores relacionan el fenómeno con la llamada Transición del Pleistoceno Medio, un periodo de inestabilidad que obligó a las poblaciones humanas a reorganizarse.

El regreso a la pendiente

Reescriben la historia humana. Hace dos millones de años, nuestros antepasados eligieron vivir donde nadie esperaba
© Instituto Max Planck.

A partir de hace unos 800.000 años, el patrón reaparece con fuerza. Especies como Homo heidelbergensis, los neandertales y, más tarde, Homo sapiens volvieron a ocupar zonas elevadas, esta vez con nuevas ventajas: control del fuego, mejor adaptación al frío y una cultura material mucho más compleja.

Las montañas pudieron funcionar como auténticos laboratorios evolutivos. Sobrevivir en esos paisajes exigía cooperación, comunicación y planificación. Cazar en laderas, explotar cuevas o desplazarse entre valles reforzaba los vínculos sociales y aceleraba la innovación tecnológica.

Ni demasiado alto ni completamente plano

El estudio revela además un detalle clave: los humanos no buscaban terrenos extremos. Preferían pendientes moderadas, entre el 2 % y el 10 %, suficientes para generar biodiversidad sin convertir el entorno en una trampa mortal.

La elección del hábitat no fue azarosa. Fue estratégica.

Más que una simple curiosidad arqueológica, este hallazgo cambia la forma de entender nuestra historia. La evolución humana no ocurrió solo en el tiempo, sino también en el relieve. Y quizá muchas de las capacidades que hoy nos definen —la cooperación, la tecnología, la adaptación— comenzaron a moldearse cuando nuestros antepasados decidieron hacer algo poco intuitivo: dejar la llanura y subir la pendiente.

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