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Ciencia

Se sembró como forraje para el ganado y acabó siendo una de las malezas más temidas del campo. Hoy el sorgo de Alepo incluso resiste al glifosato

Argentina lo declaró plaga en 1930 y en EE. UU. es nocivo en 19 estados. Su secreto está bajo tierra: tallos que rebrotan aunque se los corte
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Durante el siglo XIX y comienzos del XX, en varios países de América se recomendaba sembrar una gramínea que parecía ideal para alimentar al ganado: crecía rápido, producía mucho forraje, resistía la sequía y volvía a brotar después del invierno. Décadas más tarde, esa misma planta se había convertido en uno de los mayores problemas de la agricultura. Su nombre científico es Sorghum halepense, y en Argentina se la conoce como sorgo de Alepo.

De pastura prometedora a plaga

Sorghum Halepense
© W van Dijk – Shutterstock

El sorgo de Alepo es originario de las regiones cálidas del Viejo Mundo; su nombre hace referencia a la ciudad siria de Alepo, aunque algunos estudios ubican su origen en otras zonas de Asia y África. En Estados Unidos, se lo conoce como hierba de Johnson, en referencia a William Johnson, un coronel que lo plantó en su granja de Alabama en la década de 1840. Hoy está presente en casi todos los estados del país, se considera una maleza nociva en 19 de ellos y es una de las más comunes en una treintena de cultivos, entre ellos el maíz, el algodón y la soja.

En Argentina, la planta se difundió a comienzos del siglo XX como forraje. Pero se expandió tan rápido que en 1930 el Estado la declaró plaga de la agricultura, y en 1951 prohibió su siembra y propagación en todo el territorio nacional. Hoy coloniza la región pampeana, el noreste, el noroeste, Cuyo y varios valles de riego.

El secreto está bajo tierra

Lo que hace tan difícil de controlar al sorgo de Alepo es su doble forma de reproducirse. Por un lado, produce semillas que se dispersan con el viento, el agua de riego, los animales y la maquinaria agrícola. Por otro, desarrolla rizomas: tallos subterráneos horizontales capaces de generar nuevos brotes. Pocas gramíneas similares tienen esta capacidad.

Los rizomas empiezan a formarse apenas unas semanas después de que la planta brota y acumulan reservas de energía. Si un agricultor ara el campo, puede cortarlos en fragmentos y, sin quererlo, multiplicar la maleza: cada trozo puede convertirse en una planta nueva. Una vez establecido, el sorgo de Alepo compite con los cultivos por el agua, la luz y los nutrientes, y puede reducir mucho los rendimientos.

Un riesgo para el propio ganado

Ganado
© Phil Hearing – Unsplash

Paradójicamente, la planta que se promovió para alimentar animales también puede ser peligrosa para ellos. Cuando el sorgo de Alepo vuelve a crecer después de una sequía o una helada, puede acumular compuestos que liberan ácido cianhídrico, también llamado ácido prúsico, una sustancia tóxica que puede ser mortal para el ganado en concentraciones altas. También puede acumular nitratos. Por eso, los especialistas recomiendan analizar el forraje antes de usarlo en esas condiciones.

Resistente al herbicida más usado del mundo

El capítulo más reciente de esta historia tiene que ver con el glifosato, el herbicida más utilizado en la agricultura mundial. En el norte de Argentina, en zonas donde se cultiva soja transgénica resistente a ese producto y se lo aplicó durante años de forma intensiva, aparecieron poblaciones de sorgo de Alepo que también lo resisten. Un estudio de investigadores de la Universidad de Buenos Aires, publicado en 2012 en la revista Pest Management Science y basado en plantas de la provincia de Salta, mostró que las plantas resistentes trasladan mucho menos herbicida hacia sus raíces y su corona: retenían alrededor del 63% en la hoja tratada, frente al 27% de las plantas sensibles. Así, la parte subterránea sobrevive y la planta puede rebrotar.

Es un ejemplo clásico de evolución en tiempo real: cuando se usa siempre el mismo herbicida, se seleccionan las plantas capaces de sobrevivirlo, y con el tiempo estas se vuelven dominantes.

Cómo se combate

No existe una solución única. Los especialistas recomiendan combinar estrategias: vigilar los campos de forma constante, rotar cultivos y herbicidas, aplicar tratamientos localizados, limpiar la maquinaria para no trasladar semillas y rizomas de un campo a otro, y eliminar los focos nuevos lo antes posible. La historia del sorgo de Alepo es, en el fondo, una advertencia que se repite con muchas especies: introducir una planta por sus beneficios sin conocer bien su comportamiento puede tener consecuencias durante más de un siglo.

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