La abeja gigante de la resina (Megachile sculpturalis), originaria de Asia y capaz de alcanzar los dos centímetros de longitud, es la primera especie de abeja invasora documentada en Europa: se detectó por primera vez en el sudeste de Francia en 2008 y llegó a la península ibérica, concretamente a Cataluña, en 2018. Es una especie solitaria (no forma colonias, pero cada hembra funda su propio nido) que suele instalarse en cavidades de infraestructuras públicas, jardines privados o árboles, generando molestias por su actividad de anidación. Lo que intrigaba al grupo de investigación Wildlife Pollinators de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) era otra cosa: por qué esta abeja se concentraba tanto en las ciudades, cuando en los ecosistemas naturales podría encontrar recursos florales más abundantes y diversos.
El sospechoso: un árbol de jardín

La respuesta apareció al analizar el polen que consume el insecto: la abeja depende casi exclusivamente de las flores de árboles ornamentales, en particular de la sófora o falsa acacia del Japón (Styphnolobium japonicum), una especie exótica muy utilizada en la vegetación urbana, con miles de ejemplares solo en ciudades catalanas como Barcelona o Viladecans. La sófora florece en verano, justo cuando la abeja gigante de la resina está activa, y como también es originaria de Asia, forma parte de su dieta natural en su región de origen. El problema es que, en Europa, es el único árbol abundante que esta abeja consume.
Cómo lo comprobaron
Para confirmar la relación, el equipo liderado por Daniel Echeandía recopiló 150 registros de presencia de la abeja y 21.383 registros de presencia de la sófora en todo el territorio catalán, y construyó modelos estadísticos para determinar si la distribución del insecto dependía más de la disponibilidad del árbol o de condiciones climáticas similares a las de su área de distribución nativa. El resultado, publicado en la revista Oikos, fue contundente: la disponibilidad de sófora resultó al menos tan importante como la idoneidad climática a la hora de explicar dónde se establece la abeja, con una tendencia a que el propio efecto del clima dependiera de que el árbol ya estuviera presente en la zona.
Un fenómeno con nombre: colapso de invasión

Los investigadores describen esta dinámica como un «colapso de invasión» (invasional meltdown, en inglés): el fenómeno por el cual una especie no nativa facilita la propagación de otra especie no nativa en el mismo territorio, aumentando sus probabilidades de supervivencia o su impacto ecológico. En este caso, el frente de invasión de la abeja, ubicado en el oeste de Cataluña, parece avanzar justamente de la mano de la sófora, mientras que la ruta de introducción original de la especie explicaría su mayor presencia en el sector este del territorio estudiado.
Qué pueden hacer las ciudades
El hallazgo plantea una pregunta incómoda sobre cómo se diseña la vegetación urbana. Desde la UAB señalan que, a la vista de estos resultados, las ciudades deben ser conscientes del riesgo que implica la vegetación ornamental exótica, y recomiendan eliminar las especies que favorecen este tipo de invasiones, como la sófora, priorizando en su lugar especies autóctonas. Esa elección no es solo estética: se vincula directamente con los objetivos de restauración ecológica urbana fijados por la Unión Europea, y exige inversión pública en investigación de silvicultura y ecología urbana, además de una colaboración más estrecha entre científicos y los equipos municipales de jardinería y paisajismo.