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Ciencia

España necesita que llueva tras un verano extremo. El problema es que no sirve cualquier lluvia

El verano de 2026 ha sido el más cálido registrado en España y también uno de los más secos. Tras meses de calor y pocas precipitaciones, recuperar embalses, acuíferos y suelos exige que vuelva a llover. Pero si el agua llega de golpe, puede provocar más escorrentía y erosión que alivio
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Después de un verano marcado por temperaturas récord y muy pocas precipitaciones, España necesita lluvia. Mucha. Pero no de cualquier manera.

Según la AEMET, el verano de 2026 ha sido el más cálido de toda la serie histórica española, iniciada en 1961. Entre junio y agosto, la temperatura media alcanzó los 24,5 ºC, unos 2,5 grados por encima del promedio y 0,3 ºC más que el anterior récord, registrado apenas un año antes.

El calor llegó acompañado de falta de agua. Junio acumuló solo 12,4 mm de precipitación, aproximadamente el 39% de lo habitual, mientras que julio cayó hasta apenas 4,6 mm.

Los embalses han perdido una enorme cantidad de agua

Las reservas hídricas comenzaron el verano en una posición relativamente favorable gracias a un invierno y una primavera muy lluviosos.

A finales de mayo, los embalses peninsulares almacenaban alrededor de 46.593 hm³, aproximadamente el 83% de su capacidad. Tres meses después, esa cifra había descendido hasta unos 35.875 hm³, cerca del 64%.

La caída no es extraña durante el verano, cuando aumenta el consumo y disminuyen las precipitaciones. Pero el calor extremo acelera también la evaporación y agrava el déficit hídrico.

Además, el problema no afecta únicamente a los embalses. Los periodos prolongados sin lluvia reducen los caudales de los ríos y limitan progresivamente la recarga de los acuíferos.

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© Magnific

El problema más inmediato está bajo nuestros pies

Uno de los efectos menos visibles de la sequía se produce en el suelo.

Cuando llueve, parte del agua se infiltra y queda almacenada temporalmente entre sus poros. Esa humedad es la que utilizan las plantas durante los periodos secos. Sin embargo, cuando las temperaturas son muy elevadas, la evapotranspiración aumenta y el suelo pierde agua mucho más deprisa.

Si el periodo seco continúa, se puede alcanzar el llamado punto de marchitamiento: todavía existe cierta humedad, pero las raíces ya no consiguen extraerla.

La vegetación comienza entonces a secarse, aumenta la cantidad de biomasa combustible y el propio suelo pierde parte de su capacidad para regular la temperatura. El resultado es un escenario especialmente favorable para los incendios forestales.

Después de meses secos, una tormenta puede empeorar las cosas

Aquí aparece una paradoja. Aunque el suelo necesita agua, una lluvia torrencial después de una sequía prolongada no siempre consigue hidratarlo adecuadamente.

La pérdida de materia orgánica, la compactación y los cambios en la estructura del terreno pueden reducir su capacidad para absorber agua. Si llueve demasiado rápido, una gran parte circula por la superficie en forma de escorrentía antes de poder infiltrarse.

Eso aumenta el riesgo de inundaciones y erosión, arrastrando además suelo fértil.

Por eso, después de un verano extremadamente seco, resultan mucho más beneficiosas las precipitaciones moderadas y prolongadas que una tormenta que descargue grandes cantidades de agua en pocos minutos.

España necesita lluvia, pero necesita que caiga bien

Las previsiones estacionales de la AEMET apuntan a una mayor probabilidad de que el otoño sea más lluvioso de lo habitual en algunas zonas del norte, este peninsular y Baleares.

Sin embargo, existe otro factor preocupante. Las temperaturas anormalmente altas registradas en el Mediterráneo y otras zonas del Atlántico europeo aumentan la cantidad de vapor de agua disponible en la atmósfera.

Un mar más caliente no genera por sí solo una tormenta, pero puede aportar más energía y humedad cuando se dan las condiciones adecuadas, favoreciendo episodios de precipitación intensa.

Después del verano más cálido registrado en España, la llegada de la lluvia sería una excelente noticia. Lo ideal, sin embargo, no es que caiga toda de golpe: los suelos, los acuíferos y los embalses necesitan agua lenta, persistente y capaz de infiltrarse antes de terminar corriendo hacia el mar.

 

 

Fuente: The Conversation.

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