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Ciencia

Un equipo de la NOAA bajó un robot a 1500 metros en el Golfo de México esperando encontrar un naufragio: se topó con heladeras, lavarropas y un freezer

El sonar del barco había detectado exactamente lo que parecía: una estructura grande rodeada de objetos más pequeños, la firma clásica de un naufragio en el fondo del mar. Todo el equipo científico contuvo la respiración mientras el vehículo submarino se acercaba. Lo que las cámaras mostraron, a 1500 metros de profundidad, no fueron restos de un barco del siglo XIX: fue un contenedor de carga reventado, con heladeras, freezers y lavarropas esparcidos alrededor
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El hallazgo ocurrió en 2017, durante una expedición del buque Okeanos Explorer de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), dedicada a mapear y relevar zonas del Golfo de México poco o nada exploradas hasta entonces. La misión, liderada por la bióloga marina Diva Amon y el especialista en equinodermos Charles Messing, usó un vehículo operado a control remoto (ROV) para investigar un objetivo que el sonar del barco había marcado como probable naufragio, a casi 1,5 kilómetros bajo la superficie.

En total, la expedición completó 17 inmersiones a lo largo de 23 días en el mar, con hallazgos que incluyeron corales y jardines de esponjas de aguas profundas, paredes de carbonato cubiertas de vida, manantiales fríos con comunidades quimiosintéticas y, efectivamente, un naufragio real de los siglos XVIII o XIX en otro punto del recorrido. Pero la inmersión que buscaba ese naufragio en particular encontró algo completamente distinto.

Un contenedor de 40 pies convertido en basural submarino

Restos De Naufragio
© Anoof Junaid – Unsplash

Lo que el ROV encontró fue un contenedor de carga de unos 12 metros de largo, roto y desparramando su contenido: heladeras, freezers, lavarropas y otros electrodomésticos domésticos, además de una placa con instrucciones de lavado todavía legible entre los restos. “No creo que el centrifugado vaya a funcionar en esta”, bromeó, según se registró en la transmisión de la expedición, uno de los tripulantes al ver el lavarropas.

Diva Amon describió después el momento con menos humor: “No nos tomó mucho tiempo darnos cuenta de que no era un naufragio, sino un contenedor de carga de 40 pies que había sido desgarrado, derramando freezers, lavarropas, heladeras y otros electrodomésticos. Fue un momento increíblemente triste, conducir el ROV a través de esta zona inexplorada del océano que ya estaba llena de nuestra basura”.

La basura llega antes que la exploración científica

Naufragio
© hestid – Shutterstock

El episodio funciona como una ilustración bastante literal de un problema que la oceanografía viene documentando desde hace años: la actividad humana ya alcanzó rincones del planeta que los propios científicos todavía no habían explorado. En este caso, un tramo del fondo marino que ningún ser humano había fotografiado ni estudiado antes ya tenía, esperándolos, un cargamento de electrodomésticos perdido en algún momento indeterminado del pasado.

Según remarcó el equipo en el momento, los contenedores de carga perdidos en el mar y los objetos que transportan pueden tardar cientos de años, o más, en degradarse a esas profundidades, donde las temperaturas bajas y la ausencia casi total de luz solar ralentizan drásticamente cualquier proceso de descomposición. Mientras tanto, la vida marina no esperó: corales e hidrozoos ya habían empezado a colonizar la estructura metálica, y algunos peces usaban los huecos del contenedor como refugio, en una suerte de arrecife artificial involuntario.

Cuántos contenedores se pierden en el mar cada año

El caso del Golfo de México está lejos de ser un hecho aislado. La industria naviera pierde, según distintas estimaciones del sector, entre varios cientos y unos pocos miles de contenedores por año en todo el mundo, ya sea por tormentas, fallas de estiba o accidentes durante la travesía. La inmensa mayoría de esa carga nunca se recupera: se hunde a profundidades donde ni siquiera resulta económicamente viable intentar rescatarla, y queda ahí, a la espera de que alguna futura expedición científica la redescubra por accidente, como ocurrió en este caso.

Es un recordatorio incómodo sobre la escala real de la huella humana en el océano: no hace falta que una zona esté cerca de la costa, ni que reciba tráfico marítimo constante, para que termine funcionando, sin que nadie lo planee, como depósito de basura industrial a gran escala.

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