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Tecnología

Silicon Valley construyó la IA, pero la carrera por utilizarla se está ganando a miles de kilómetros. El mapa de 147 economías que revela dónde ya se ha vuelto una herramienta común

Emiratos Árabes Unidos y Singapur han convertido la inteligencia artificial en algo mucho más cotidiano que Estados Unidos. Los datos también muestran una frontera menos visible: estas herramientas avanzan primero allí donde internet, electricidad, idiomas y habilidades digitales ya dejaron de ser un problema.
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La inteligencia artificial parece tener dos capitales. En una se entrenan los modelos, se levantan enormes centros de datos y se anuncian productos capaces de razonar, programar o generar imágenes. En la otra, bastante menos visible, la gente empieza a incorporar esas herramientas a su trabajo, sus estudios y sus tareas diarias.

Ambas capitales no están en el mismo lugar. Estados Unidos concentra algunas de las compañías más poderosas del sector, desde OpenAI y Anthropic hasta Google y Microsoft. Sin embargo, cuando se observa qué proporción de la población utiliza realmente herramientas de IA generativa, el país cae hasta el puesto 21. Por delante aparecen pequeños estados del Golfo, varias economías europeas y países que rara vez protagonizan los titulares sobre la carrera tecnológica.

Esa es la anomalía que muestra el último Global AI Diffusion Report, elaborado por el AI Economy Institute de Microsoft. Durante el primer trimestre de 2026, el uso mundial de IA generativa pasó del 16,3% al 17,8% de la población en edad laboral. Dicho de otra forma, aproximadamente una de cada seis personas de entre 15 y 64 años ya aparece dentro del radar del estudio.

El país que domina la IA no fabrica ChatGPT ni Gemini

Silicon Valley construyó la IA, pero la carrera por utilizarla se está ganando a miles de kilómetros. El mapa de 147 economías que revela dónde ya se ha vuelto una herramienta común
© AI Economy Institute / Microsoft.

Emiratos Árabes Unidos ocupa el primer puesto con una adopción estimada del 70,1%. Singapur aparece inmediatamente después, con un 63,4%. La distancia respecto al resto es enorme: Noruega alcanza el 48,6%, Irlanda el 48,4% y Francia el 47,8%.

España aparece en una posición especialmente llamativa. Con un 44,2% de adopción, ocupa el sexto puesto mundial, por delante de Nueva Zelanda, Reino Unido, Países Bajos y Catar. Estados Unidos, mientras tanto, se queda en el 31,3%, aunque avanzó tres posiciones respecto al periodo anterior.

La clasificación rompe con una idea bastante extendida: fabricar la tecnología no garantiza que una sociedad sea la primera en incorporarla. Estados Unidos posee los laboratorios, el capital y buena parte de la infraestructura que sostiene la industria, pero también debe desplegar esas herramientas sobre una población enorme, un mercado laboral fragmentado y territorios con niveles de digitalización muy diferentes.

Emiratos y Singapur juegan otra partida. Son economías pequeñas, altamente conectadas y capaces de coordinar con rapidez proyectos públicos, formación e infraestructura. No necesitan inventar el mejor modelo para obtener una ventaja; les basta con integrar antes los que ya existen.

Europa también desafía su fama de continente inmovilizado por la regulación. Seis de las diez primeras posiciones pertenecen a países europeos. Eso no convierte al continente en líder del desarrollo de modelos fundacionales, pero sí demuestra que innovación y adopción son carreras distintas.

La IA está heredando todas las desigualdades de internet

El mapa de Microsoft se parece demasiado a otros mapas que ya conocemos: acceso a electricidad, cobertura de internet, renta por habitante y alfabetización digital.

En el Norte Global, el 27,5% de la población en edad laboral utiliza IA generativa. En el Sur Global, la cifra desciende al 15,4%. La brecha pasó de 9,8 puntos a comienzos de 2025 a 12,1 puntos en el primer trimestre de 2026. En lugar de cerrarse a medida que las herramientas se popularizan, está creciendo.

No es difícil entender por qué. Antes de pedirle a una IA que resuma un documento, traduzca una conversación o analice una hoja de cálculo, hace falta disponer de un dispositivo, electricidad estable y una conexión asequible. Después vienen las habilidades necesarias para saber qué pedir, detectar errores y convertir la respuesta en algo útil.

El estudio técnico que sustenta el informe encontró una fuerte relación entre adopción y riqueza nacional. También observó que, en algunos países con poca conectividad, el uso entre quienes sí tienen acceso a internet es comparable o incluso superior al de economías más desarrolladas. La demanda, por tanto, podría estar ahí; lo que falta es la puerta de entrada.

El idioma es otra frontera. Microsoft atribuye parte del crecimiento reciente de Corea del Sur, Tailandia y Japón a la mejora de los modelos en lenguas asiáticas. Una IA que responde con torpeza, pierde matices o funciona mucho mejor en inglés no es la misma herramienta para todos, aunque técnicamente esté disponible en todo el planeta.

El mapa es revelador, aunque no puede ver toda la IA

Ese 17,8% necesita una aclaración importante: no significa que una de cada seis personas utilice un chatbot todos los días. La estimación procede principalmente de telemetría agregada y anonimizada de dispositivos Windows. El sistema puede reconocer visitas a servicios como ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek, Perplexity y Copilot, por lo que no se limita exclusivamente a productos de Microsoft. Después, los investigadores ajustan los resultados según la penetración de ordenadores, el acceso a internet y la relación estimada entre uso móvil y de escritorio.

Ese método permite comparar 147 economías sin depender de encuestas, pero introduce incertidumbres. Parte de la población desactiva la telemetría, el comportamiento móvil debe extrapolarse y en mercados como China, Rusia o Irán la cobertura es incompleta. Los propios autores reconocen que el perfil de los usuarios de Microsoft no representa necesariamente a toda la población digital.

El mapa no debe leerse, por tanto, como un censo perfecto. Es una fotografía aproximada de algo que cambia a enorme velocidad. Y esa fotografía deja una conclusión incómoda. La gran división de la inteligencia artificial quizá no termine separando a quienes tienen acceso a un modelo de quienes no. Podría separar a las sociedades capaces de convertirlo en una herramienta normal de aquellas que, pese a tenerlo disponible, nunca recibieron la infraestructura, el idioma o la formación necesarios para aprovecharlo.

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