Para muchas personas que trabajan en contacto con la fauna salvaje, hay momentos que marcan un antes y un después. Así lo ha vivido el fotógrafo submarino Jono Allen, acostumbrado a registrar encuentros cercanos con la vida marina. Sin embargo, ninguno de ellos se compara con lo que ocurrió durante una reciente inmersión, cuando una ballena jorobada adulta se le acercó y actuó de un modo completamente inusual.
Allen relató la experiencia en una entrevista con la revista People, describiendo cómo esta enorme criatura pareció interpretar que él podía estar en problemas, y se esforzó, de forma delicada, por ayudarle a salir a la superficie. «Pensó que algo andaba mal», explica el fotógrafo. Según cuenta, la ballena se acercó lentamente y comenzó a empujarle hacia arriba con sus movimientos, como si intentara facilitarle el acceso al aire.
Este comportamiento, que podría parecer anecdótico, guarda similitudes con las acciones que estas ballenas realizan con sus crías. Cuando nacen, los ballenatos no son capaces de nadar ni de orientarse, y son sus madres quienes los impulsan suavemente para que puedan respirar por primera vez a través del espiráculo, el orificio respiratorio que tienen en la parte superior del cuerpo. Lo sorprendente es que esta conducta maternal parece haber sido extrapolada por la ballena adulta hacia un humano.
Más allá del instinto: ¿empatía en los océanos?

Aunque Allen decidió no permitir que la ballena continuara levantándole —por seguridad mutua—, su experiencia ha reavivado el debate sobre la inteligencia emocional en mamíferos marinos. Numerosos estudios señalan que especies como las ballenas jorobadas poseen capacidades cognitivas y sociales mucho más avanzadas de lo que tradicionalmente se creía.
Las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) son conocidas tanto por su tamaño imponente —pueden medir hasta 18 metros y pesar cerca de 40 toneladas— como por su complejidad social. Uno de los aspectos más estudiados es su sistema de comunicación: los famosos cantos de las jorobadas, compuestos por secuencias acústicas que pueden durar horas y que se modifican con el tiempo, sugieren un lenguaje rudimentario o al menos, una forma elaborada de interacción social.
Investigadores de la Universidad de Queensland y otras instituciones han documentado comportamientos en estas ballenas que podrían considerarse altruistas. Se han registrado casos en los que un grupo colabora para alimentar a otros, o acude al rescate de individuos heridos o en riesgo. Este tipo de acciones no solo se producen dentro de la misma especie, sino también hacia otros animales, incluyendo focas y delfines, lo que apunta a una capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno, e incluso de intervenir.
Inteligencia social y estrategias cooperativas
El aparente gesto empático hacia Allen no es un caso aislado. Las ballenas jorobadas han demostrado también habilidades impresionantes para la caza cooperativa. Una de sus técnicas más notables es la «red de burbujas«, un método en el que un grupo de ballenas libera burbujas de aire para rodear y atrapar a bancos de peces, empujándolos hacia la superficie para alimentarse más fácilmente.
Este tipo de comportamiento requiere planificación, roles definidos dentro del grupo y una coordinación que rivaliza con la de algunas especies terrestres más estudiadas, como los lobos o los primates. Todo esto hace pensar que, detrás de su apariencia tranquila y sus movimientos pausados, estas criaturas esconden un mundo emocional y cognitivo muy sofisticado.
Aún queda mucho por descubrir sobre el alcance real de la empatía en animales marinos. Pero encuentros como el de Allen no solo nos dejan boquiabiertos, sino que también sirven como recordatorio de que el ser humano no es el único capaz de detectar señales de angustia y actuar en consecuencia. Tal vez el océano esté lleno de inteligencia… que aún no hemos aprendido a escuchar.