En 1935, apenas unos días después de crear la Ahnenerbe, Heinrich Himmler autorizó una expedición que, vista desde hoy, parece una combinación extraña de arqueología meticulosa y delirio pseudocientífico.
Un grupo alemán viajó hasta Escandinavia, colocó marcos sobre rocas grabadas durante la Edad del Bronce y empezó a fabricar copias de yeso prácticamente a escala real. No buscaban conservarlas.
Querían demostrar que aquellos barcos, círculos, huellas y figuras talladas miles de años antes escondían algo mucho más grandioso: las primeras formas de escritura de una supuesta civilización nórdica ancestral de la que descenderían los germanos.
El nuevo estudio del arqueólogo Mattias Legnér, de la Universidad de Uppsala, publicado en Antiquity, reconstruye aquellas expediciones y plantea una paradoja estupenda: si la Ahnenerbe estaba dispuesta a manipular el pasado, ¿por qué obsesionarse tanto con fabricar copias auténticas y extraordinariamente precisas?
Una Atlántida nórdica, la primera escritura del mundo y 221 pedazos de yeso

Detrás del proyecto estaba Herman Wirth, cofundador de la Ahnenerbe junto a Himmler y Richard Walther Darré.
Wirth estaba convencido de que una población nórdica primigenia había emigrado desde una Atlántida desaparecida hacia Escandinavia. Según su interpretación, los grabados rupestres conservados especialmente en Bohuslän, al oeste de Suecia, eran restos de su religión y de un sistema de símbolos anterior incluso a las grandes culturas mediterráneas.
La primera expedición produjo 113 moldes. En 1936 regresaron con más dinero y personal y ampliaron el recorrido hacia Dinamarca y Noruega. El balance de ambos viajes fue de 221 moldes, 172 de ellos realizados en Suecia y la mayoría concentrados en Bohuslän. Y no eran trabajos apresurados.
El equipo rodeaba cada grabado con madera y arcilla, aplicaba una solución jabonosa sobre la piedra, vertía yeso y lo reforzaba con arpillera y malla metálica. Si el resultado no era suficientemente preciso, Wirth ordenaba repetirlo. Luego llevaba los moldes al estudio y los iluminaba lateralmente para convertir las incisiones más diminutas en sombras perfectamente visibles.
Ahí aparece un detalle bastante menos inocente: ese método también permitía a Wirth controlar la interpretación, porque ciertos surcos difíciles de distinguir de grietas naturales solo podían examinarse en sus moldes y bajo las condiciones que él controlaba.
Para Himmler no bastaba con inventarse un pasado: había que poder tocarlo

Wirth tenía planes enormes. Quería reproducir los grabados en un museo alemán que recreara incluso el paisaje escandinavo y mostrara aquellas rocas como una especie de “escritura sagrada” de los pueblos indogermánicos. Uno de sus moldes favoritos, el llamado disco de Fossum, llegó a considerarlo tan importante que propuso regalarle una copia a Hitler por Navidad.
La ironía es que Himmler no aceptaba cualquier falsificación. Cuando Wirth empezó a preparar moldes a partir de fotografías y libros porque ya no podía viajar a Suecia, Himmler rechazó la idea. Para él, únicamente eran auténticos los moldes realizados durante las expediciones porque habían estado físicamente en contacto con las rocas originales.
Ese fetichismo por la autenticidad convivía con interpretaciones completamente pseudocientíficas. Wirth veía calendarios, cultos solares y antiguas runas donde otros arqueólogos veían simplemente arte rupestre de la Edad del Bronce. Incluso intentó vincular algunos símbolos con la runa odal, utilizada posteriormente por instituciones raciales de las SS. Sus colegas suecos rechazaron buena parte de aquellas conclusiones.
Al final, hasta Himmler se cansó. Wirth gastaba demasiado, generaba escándalos académicos y algunas de sus propias teorías chocaban con la ideología nazi. Fue apartado de la Ahnenerbe y en 1938 se ordenó incluso destruir los moldes que aún conservase personalmente. No obedeció.
El proyecto nazi fracasó. Los moldes terminaron teniendo una utilidad científica real

Y acá aparece el giro.
Buena parte de aquellas copias sobrevivió. En 2018, la mayoría fue transferida a la Universidad de Gotemburgo y hoy muchas se encuentran depositadas en el Västergötlands Museum. Algunas incluso han sido escaneadas en 3D.
La razón es completamente distinta de la imaginada por Wirth. Las superficies rupestres de Tanum (Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1994) están expuestas a lluvia, contaminación, erosión y modificaciones del entorno. Los moldes de los años 30 funcionan ahora como una instantánea física tridimensional del estado de las rocas hace aproximadamente 90 años, permitiendo comparar cuánto han cambiado desde entonces.
Wirth quería que aquellos 221 pedazos de yeso demostrasen que una civilización aria había inventado la escritura y se había extendido desde el norte de Europa.
No consiguió demostrar nada de eso. Pero su obsesión por copiar cada milímetro terminó dejando algo que sí tiene valor científico: un registro extraordinariamente preciso de un patrimonio que el tiempo lleva casi un siglo desgastando.