A simple vista, el fósil parecía contar una historia ya conocida. Un pequeño esqueleto de unos 50 centímetros, atrapado desde hace 125 millones de años en una losa de caliza, descubierto hace más de un siglo y guardado en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona. Pero algunas rocas no terminan de hablar hasta que se las ilumina de la forma correcta.
Eso es lo que acaba de ocurrir con Montsecosuchus depereti, un cocodrilomorfo del Cretácico inferior hallado en la Pedrera de Meià, en Lleida. Un estudio publicado en Zoological Journal of the Linnean Society y liderado por el Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont describe por primera vez tejidos blandos preservados en este animal: escamas epidérmicas, estructuras cartilaginosas y posibles señales de coloración en la cola.
La clave fue la luz ultravioleta. Durante la elaboración de una base de datos sobre fósiles de las calizas litográficas del Montsec, los investigadores Óscar Castillo-Visa y Jesús Serrano observaron que el holotipo MGB-512 mostraba estructuras invisibles bajo luz normal. Al exponerlo a radiación UV, los tejidos fosilizados destacaban de forma diferente respecto a la roca que los rodeaba.
Un cocodrilo primitivo que no era exactamente como los actuales

La palabra “cocodrilo” ayuda a imaginarlo, pero conviene ser precisos: Montsecosuchus depereti era un cocodrilomorfo, es decir, un pariente antiguo del linaje que incluye a los cocodrilos actuales. Vivió durante el Barremiense, en el Cretácico inferior, en un paisaje muy distinto al de los Pirineos modernos. La zona donde apareció formaba parte de una cuenca lacustre próxima a la costa, en un lago kárstico donde los sedimentos finos favorecieron una conservación excepcional.
La Pedrera de Meià es considerada un Konservat-Lagerstätte, un yacimiento de preservación extraordinaria donde no solo aparecen huesos, sino también partes blandas que normalmente desaparecen. Según Phys.org, allí se han recuperado más de 8.000 fósiles, incluyendo peces, anfibios, reptiles, insectos, crustáceos y plantas.
En ese contexto, el fósil de Montsecosuchus resultó ser mucho más que un esqueleto. El artículo científico señala que conserva una de las pieles más completas y antiguas conocidas entre los crocodylomorfos, con una arquitectura de escamas que cambia a lo largo del cuerpo.
La piel reveló detalles que no encajan del todo con los cocodrilos modernos
El análisis con luz ultravioleta permitió documentar escamas de distintos tamaños y formas distribuidas por varias regiones del cuerpo. En términos generales, el tegumento recuerda al de los cocodrilos actuales, pero también presenta diferencias importantes. El estudio destaca, por ejemplo, la ausencia de una aleta caudal profunda y de escamas muy aquilladas en las extremidades, rasgos característicos de los cocodrilos modernos.
Ese dato es interesante porque muestra que algunas adaptaciones externas de los cocodrilos actuales no estaban presentes, o no tenían la misma forma, en este pariente del Cretácico. La piel, por tanto, no es solo un detalle estético: es una pista evolutiva sobre cómo se fueron construyendo los cuerpos de estos animales semiaquáticos.
El estudio también identifica posibles órganos sensoriales integumentarios en algunas escamas, sobre todo en zonas periféricas del cuerpo como el cuello, las extremidades, los márgenes laterales del tronco y la cola. En los cocodrilos actuales, estructuras comparables funcionan como sensores de tacto, presión del agua, estímulos térmicos y señales químicas.
Una pista sobre cómo evolucionaron los sensores de la piel
La posible distribución de esos órganos sensoriales es una de las partes más sugerentes del trabajo. En Montsecosuchus, no parecen estar extendidos por toda la superficie corporal, sino restringidos a escamas pequeñas y periféricas. Para los autores, eso podría indicar que estos órganos aparecieron primero como escamas especializadas localizadas antes de extenderse más ampliamente en linajes posteriores.
Dicho de otra manera: el fósil podría estar capturando una fase temprana en la evolución del sistema sensorial de la piel de los crocodylomorfos. No es una prueba definitiva de todo el proceso, pero sí una ventana rara a un momento intermedio que normalmente no queda registrado.
La luz ultravioleta también mostró una caja torácica más sofisticada
El fósil no solo conservó piel. La luz ultravioleta también reveló tejidos cartilaginosos en la región torácica, incluyendo posibles procesos uncinados y costillas cartilaginosas. Según el artículo publicado en Zoological Journal of the Linnean Society, estas estructuras apuntan a adaptaciones relacionadas con una mayor eficiencia respiratoria.
Esto es importante porque sugiere que, incluso en una etapa temprana de la evolución del grupo, algunos cocodrilomorfos ya tenían una anatomía torácica bastante sofisticada. Óscar Castillo-Visa lo resume en la cobertura del ICP recogida por Phys.org: pese a ser un animal primitivo, Montsecosuchus ya estaba bien adaptado a un estilo de vida semiaquático.
La sorpresa final estaba en la cola: posibles bandas de color

El detalle más visual del hallazgo apareció en la zona caudal. En algunas escamas de la cola, la luz ultravioleta mostró bandas claras y oscuras dispuestas transversalmente. Los investigadores interpretan ese patrón como una posible evidencia de coloración original del animal.
La cautela es necesaria: el estudio no permite decir de qué color exacto era la cola. Albert G. Sellés, coautor del trabajo, explica que por ahora no se puede asegurar el tono, aunque sería esperable que no fuera muy distinto de patrones observados en especies actuales. Lo que sí resulta especialmente interesante es la posibilidad de que esas bandas sirvieran como camuflaje disruptivo, ayudando a romper visualmente la silueta del cuerpo.
Si esa interpretación se confirma, Montsecosuchus podría convertirse en el miembro más antiguo de los crocodylomorfos con coloración preservada. No sería solo un fósil con piel: sería un fósil capaz de insinuar cómo se veía por fuera un animal de hace 125 millones de años.
Un fósil antiguo, una técnica moderna y una historia nueva
La historia de Montsecosuchus depereti tiene algo especialmente bonito: el fósil no era nuevo. Llevaba décadas en colecciones científicas, ya había sido estudiado y formaba parte del patrimonio paleontológico catalán. Lo nuevo fue la pregunta y la herramienta.
La luz ultravioleta permitió extraer información que había permanecido escondida en la roca durante más de un siglo. Y esa información cambia la forma de entender la evolución temprana de la piel, la respiración y la biología externa de los parientes antiguos de los cocodrilos.
A veces, la paleontología avanza encontrando un esqueleto espectacular en un acantilado remoto. Otras veces, avanza volviendo a mirar un fósil conocido con una luz distinta. En este caso, literalmente.